Willkommen, bienvenue, welcome Fremde, étranger, stranger. Glücklich zu sehen, je suis enchanté, happy to see you. Bleibe, reste, stay. Disfruten, pasen y vean. Transiten una noche estrambótica y desaforada en La Estupenda, frisando Callao, San Roque, 14. Divanes rojos de añeja piel, baldosas blancas y rojas, paredes amaderadas, botes de kétchup y mostaza gobernando las mesas. Pululando, mientras, camareras ataviadas con vestido azul celeste, pura inspiración yanqui. Aguardan nuestra llegada. La eximia y desasosegante Twin Peaks del gran David Lynch humedece todo el local. Al igual que la obra que allí se representa, Cabaret Carmesí. Todos los viernes a las nueve de la noche.

 

Tormento y flor

 

Depuradísima quintaesencia del cabaret clásico, reverberaciones del primigenio y esencial Cabaret Voltaire, Hugo Ball y Emmy Hennings en nuestro perenne recuerdo. Mixtura policroma, con un atormentado humor como hilo-guía, en Cabaret Carmesí se emulsionan danza, títeres de cachiporra, clown, performance y teatro clásico. Se amalgaman influjos disímiles. Los más eminentes atraviesan al egregio director estadounidense recién citado, vadeando a Shakespeare, con su Ricardo III siempre en lontananza, el gatopardiano Visconti, el simpático y lúbrico Tinto Brass o nuestro laberíntico y surreal(ista) compatriota de Calanda, Buñuel, sin dejar de vagabundear en escena, incesantemente, la sobresaliente estampa de Pasolini, vivaqueando frondoso el fantasma de su soberbia Petróleo, esa acusación descomunal.

 

Sórdidas connivencias

 

El espíritu del director italiano envenena, como los sueños cernudianos, toda la obra. Muy pocos se atrevieron a denunciar todos los repugnantes contubernios entre la Democracia Cristiana, los representantes del ENI (Ente Nacional de Hidrocarburos), la mafia y el neofascismo, que habían favorecido los atentados (de falsa bandera) que partieron Italia durante los enlutadísimos años setenta. Siempre, obvio, en colaboración con la CIA, Vincenzo Vinciguerra, perejil de todas las salsas. Esa  independencia de espíritu y valía moral de Pasolini se contagia refulgente a los dos coautores de la obra: Roberto Paini y Sonia Deluis.

 

Psicopatía de las élites

 

Desgarradísima obra total, sutilmente wagneriana, lírica, biliosa y macabra a la vez, desprejuiciado ajuste de cuentas con nuestras psicópatas élites mandarinas, Cabaret Carmesí se fracciona, caracolera, en tres actos, aparentemente, atropellándose entretanto una fascinante y fascinadora sucesión de sketches que nos remiten, rima desoladora, a la gran reflexión planteada por Roberto/Sonia: el poder. Y sus apetitos vampíricos, literal y metafóricamente. Y los sistemáticamente jodidos por él, Estado o Gran Capital mediante.

 

En la más noble tradición anarcodadaísta, el más fúlgido y lacerante erotismo (qué decir de la Saló pasoliniana) vertebra todo el espectáculo. Canto a la vida. Y consiguiente denuncia de aquellos que se conjuran para amargárnosla. Y elogio de la justicia. La rossiniana Gazza ladra revolotea por el escenario. Ninetta es culpada y enchironada. Es juzgada, tasada culpable, pero se libra de la muerte en el último momento cuando se descubre que la verdadera ladronzuela es una urraca. Restituido el honor del justo, como la bíblica Susana (Dn 13). Una postrera esperanza. En definitiva, demencia poética-soñadora, engolfándose y engarzándose con su anterior y fecundo disparate, Onírica, en Cabaret Carmesí se quiebra el parapeto del teatro “a la italiana”, brindando al ojiplático auditorio una concienzuda (y revulsiva y libérrima) denuncia de cuando deviene injusticia desbordante y desbordada. Indomeñables tipos, en Cabaret Carmesí se representa sobre las tablas una incómoda y desasosegante descripción sobre la intrínseca corrupción del poder, bosquejando al fin y a la postre la gran pregunta, el abismal interrogante, la recóndita adivinanza, la más embarazosa de todas. ¿Por qué nuestras élites son tan psicópatas?

 

Sexo y poder

 

Cabaret Carmesí exhibe una pétrea doble línea dramática para ofrecer al espectador una inolvidable purga liberadora, una acongojada catarsis, a través de la irrisión y burla sistemáticas de los lugares comunes más magreados. Nos hallamos ante una obra poderosa y rotunda, lejos de la almibarada estética de The hole. Bella oda al (crepuscular) teatro, muy divertida por momentos, se nos muestra el sexo en toda su descarnada realidad. Y luminosidad. El sexo, esencialmente, como instrumento de poder. El sexo, tan trivializado hoy en nuestras pornocracias, como imputación a un mundo, deviene ineficaz. Pero, también, los cuerpos desnudos y los sentimientos más carnales se erigen vehículos inexcusables para aprehender aquellos fragmentos más recónditos de la realidad, supurando una animalidad que vincula todo ello con el amor, el tiempo y la muerte, los tres grandes asuntos humanos.

 

Grandioso Apellido Obligatorio

 

Vayan, vayan. Disfrutarán con la historia. Les incomodará. Les iluminará. Les aterrará. Quien nos debe proteger o, al menos, respetar, se encarga de triturar nuestras existencias. Y verán, sobre todo, detalle ineludible, un epifánico y mayúsculo acontecer del teatro nacional. Apellido Obligatorio. Admirado y grácil youtuber, se revela en Cabaret Carmesí como un actor sencillamente prodigioso, único e inconfundible en su estirpe. Gracias J/M. Por todo. En fin.