Llega a las pantallas españolas, en Madrid en el cine Verdi, un testamento cinéfilo/cinéfago entrañable. Allí, Agnes Varda se planta espléndida y señorial en el escenario de un teatro, aposentada en la silla de directora durante los rodajes, para ofrecernos una postrera clase magistral, sencillamente indeleble.

Acopio sereno y cronológico de su filmografía,  relato iniciático, en Varda por Agnès, la recientemente fallecida directora francesa va engarzando, irónica y tierna, inocente y cáustica, conmovedora y juguetona, multitud de jugosos chascarrillos, simpatiquísimas anécdotas y entrevistas disímiles. Para Varda nada, absolutamente nada, es banal. Filmando el detalle cotidiano se (re)crea el mundo. Cada plano, para ella, no tan solo una decisión moral. Es un abismo indescifrable.

 

Experimentando

En el presente documental se nos presenta a la cineasta rememorando instantes reveladores de su obra, descubriendo filiaciones sobre su proceso creativo y, a la vez, indagando sobre sus hontanares inspiradores, al tiempo que va (re)produciendo fragmentos de sus obras clave como Cleo de 5 a 7 (1962), Sin techo ni ley (1985), Los espigadores y la espigadora (2000) y Caras y lugares (2018).  A caballo entre dos siglos, XX y XXI, con Varda nos acercamos al tránsito creativo de una personalísima y maciza autora, de fotógrafa y directora a artista multimedia, de analógica a digital, siempre experimentadora, conjuntando en su plácida efigie, con su inconfundible cabello bicolor (vehemente juventud, aquietada sabiduría), esas precisas y justas dosis de amor hacia la parte más dañada de la humanidad, argamasado con un rigor profesional que se remonta al modo en que la exploración documental entró en la forma narrativa de La Pointe Courte (1955), el hondo propósito de los travellings laterales de Sin techo ni ley (1985), la palpitación entre lo pedagógico y la circunspecta emoción contenida en Jacquot de Nantes (1991) –película dedicada a su gran amor Jacques Demy-  o el condensado desparpajo con que se afronta el fiasco de Las cien y una noches (1995).

 

Espejeando

La autora reflexiona sobre un arte clásico/vanguardista siempre (muy) cercano a los derrotados de este perro mundo, cincelando el fluir de los desamparados, la cara oscura de la luna, haciendo visible lo invisible. En cierto momento de la película, Agnès Varda puntea que sus películas no son para ella, sino para el público. Al fin y a la postre, como pionera que siempre fue, nueva vuelta de tuerca, este postrímero adeudo suyo parece más para ella que para el público. Como amante de los espejos, Varda, al modo de Velázquez en Las meninas, realiza un burlesco guiño allá donde se encuentre, obviamente mejor que aquí, para recordarnos, como una Alicia traviesa, que  no se trata tanto de atravesar un lado y otro del espejo, alegoría, metáfora y símbolo, sino que su propósito último es despedazar cualquier reflejo especular, adentrándose para ello en las brumas de sus queridas playas. Tierra. Mar. Cielo. En fin.