Los aficionados a la crónica negra y truculenta habrán degustado con placer el episodio reciente de la mujer que, al parecer, asesinó a su compañero y tras unos meses le hizo llegar a una amiga su cabeza en una caja. Es que hay mujeres que no se lo toman nada bien cuando el hombre quiere dejarlas y se revelan, literalmente, mujeres de armas tomar.

Naturalmente no habrá ningún minuto de silencio por el asesinado y decapitado por parte de nuestras mediocres administraciones con perspectiva de género. Nunca lo hay en estos casos, como nunca lo ha habido ni lo habrá por los niños asesinados por mujeres. 

Pero sí que ha habido una tertulia televisiva donde se hablaba del caso de la cabeza en la caja, de manera ligera, cómica, casi simpática, ironizando. Parecía que estaban comentando alguna película de bajo presupuesto de esas que uno ve con los amigos para desternillarse de risa por lo mal que están hechas.

Que no se me entienda mal. No tengo nada en contra del humor negro; el humor auténtico es cruel, puede y debe ser ofensivo; el humor negro en particular ha acompañado siempre a la humanidad. Pero la crueldad debe ser para todos. Porque como es casi banal observar, si la decapitada hubiera sido ella maldita la gracia que le habría hecho a nadie; no sólo se habrían convocado minutos de silencio con perspectiva de género sino que las instrucciones dadas a los contertulios habrían sido de signo opuesto: cargar las tintas sobre la crueldad y la maldad de los hombres, en vez de banalizar el suceso, como les han ordenado en este caso siendo la cortadora de cabezas una mujer.

Los participantes en esa tertulia televisiva ni siquiera tienen una especial malignidad ni expresan un nivel de infamia fuera de lo común; encarnan sólo la horrible mediocridad conformista de la sociedad actual y no son ni mejores ni peores que el resto de la chusma televisiva, la chusma mediática y la chusma política. Simplemente han expresado una verdad social de nuestro tiempo: que el varón no vale lo mismo que la mujer, que está permitido reírse del hombre y sus males mientras, muy al contrario, cualquier cosa que moleste a una fémina es un delito de lesa majestad.

Esta es la soberana mierda de sociedad en que vivimos y éste es el repugnante doble rasero actualmente vigente. Por todo ello es un deber cívico y una obligación moral boicotear sistemáticamente cualquier minuto de silencio, cualquier manifestación de repulsa y cualquier iniciativa que tenga que ver con esa emergencia inventada llamada “violencia de género” porque detrás de ello se esconde, siempre, la guerra contra la masculinidad y la persecución del varón.

¿Hasta cuándo? ¿Cuándo empezaremos a respirar aire puro desaparecerá este doble rasero? Nunca mientras dure esta sociedad de castrados mentales, pusilánimes, mediocres y perras de paja.

¿Perras de paja? Sí porque esto es el poder femenino y la sociedad hembrista: un dominio de perras de paja cuyo poder se basa exclusivamente en haber anulado al hombre, convirtiéndole en un pelele patético, un borrego conformista, un guiñapo mental, intelectual y moral. Las perras de paja no tienen nada que proponer, ningún contenido de civilización, son capaces sólo de dominar sobre un mundo de peleles.

Las mujeres que tomen la posición que mejor consideren. Pero para los varones, la situación ya no admite medias tintas ni neutralidades: se es un pelele o se es un hombre. Y el criterio para distinguir unos de otros es perfectamente claro, de una pureza casi apolínea: es pelele quien acepta los criterios y las vigencias actuales, es hombre quien reconoce que vivimos en una tiranía feminista que odia la masculinidad; naturalmente con la obligación implícita de luchar contra ella y derribarla