El día 10 de abril de 2019 me encontraba cenando en el salón de mi casa con mis padres. Justo hacía unas pocas horas que acababa de salir en la televisión un pequeño fragmento del juicio de otra víctima más de “El Chicle”, conocido por ser el asesino de Diana Quer. Pues bien, comenzamos a oír unos gritos desesperantes de terror que pedían auxilio. Salimos a la ventana y vimos cómo un chico corría acelerado tras esta chica mientras ella pedía socorro. Nosotros, gritamos -¡policía, policía!-

En cuanto ese individuo escuchó esa palabra, salió corriendo como si no hubiera un mañana. No pudimos ver su cara, pero yo sí que pude sentir cómo esa chica se encontró de un momento a otro sola, indefensa y su única esperanza era la de gritar y desear que alguien la escuchara y escapar de allí lo antes posible. Cuando por fin se acabó esa situación de terror, me fui a mi cuarto y lloré.

 Lloré por mí y por todas mis compañeras que no pudieron sobrevivir para contarlo. Lloré por esa chica, y por toda su familia. Lloré por todas las veces que he salido de noche y he tenido la “suerte” de que no me persiguiera nadie hasta matarme. Estoy harta de llorar de pena. Quiero llorar de alegría y pensar que voy a poder salir de mi casa sin que nadie pueda estar esperándome para violarme. Quiero llorar de alegría pensando en que nadie más va a tener que vivir la situación que viví yo. Y menos la que vivió aquella chica. Cuando llore de alegría, será porque hemos conseguido educar a las personas desde el respeto y no desde la violencia. 

Valle Rivera, escritora.