Tres púberes yanquis, blancas como la leche, allá por Navidad, denuncian a un trío de maromos afganos por violación en Murcia. Poderosos y vigorosos indicios de la presunta comisión de tres agresiones sexuales, una de ellas bosquejada, las otras dos consumadas. El hecho de que fueran extranjeros cebaba el grotesco racismo de parte de la derecha española (y, de paso, henchía de sollozos a la buenista zurda nacional). El asunto de la Arandina, alucinación de frenopático. Obvio. Cuando son negros o moteados, verosímil. Patético y endeble argumento racista. El Sistema tritura a los hombres, ese es el categórico meollo.

Hedor

Desde el principio el asunto olía francamente. En su declaración, las chicas se hundieron en flagrantes e incesantes contradicciones. Por ejemplo, en las pruebas forenses no se apreciaba el más mínimo vestigio de agresión de ningún tipo. Además, se supo pronto que los chicos, en principio después de la "salvaje" agresión, acompañaron a las mozas a la estación de autobuses al día siguiente, donde se despidieron "con cordialidad, amabilidad y normalidad, como si no hubiera pasado nada", como aseveró en su momento el abogado defensor de los chavales. Curioso.

Luego, prestando un poco de atención al asunto, la versión oficial de los Malditos Bulos que nos amargan se iba destejiendo por todas sus partes. Un botón de muestra. Si uno de los hechos presuntamente delictivos había transcurrido en el piso en el que moraba una de las chicas, donde habría sido víctima de la agresión sexual por parte de uno de ellos, y los otros dos en el piso en el que vivían los denunciados, al encontrarse las tres hermanas, poco después, no realizaron el menor comentario entre ellas sobre el particular. Tampoco solicitaron ayuda alguna. Curioso.

Non olet

Pero todos los Malditos Bulos, explícitos y tácitos, continuaban alimentando la sórdida patraña. Pero, recáspita y caracoles, surge inopinado el dato que acaba alumbrando toda esta tenebrosa farsa. Las tres hermanas poseían un seguro por violación y, desde luego, poro clave, no ignoraban ese decisivo detalle. Ellas mismas lo declararon ante los maderos cuando fueron preguntadas si disponían de ese seguro. Desmontada la turbia astracanada. Fin.

Eso sí, ellas tranquilitas en Yanquilandia. Ellos, recluidos en un piso, bajo amenazas e imposibilitados, verosímilmente, de poder proseguir sus estudios universitarios. Otra gotita más de la infernal tiranía feminista. En fin.