El pasado viernes 21 de junio el Tribunal Supremo dictó sentencia sobre los diferentes recursos presentados por las partes en relación con la sentencia de la Audiencia Provincial de Navarra que condenaba a cinco sujetos que (de acuerdo con la sentencia del TS) violaron en grupo a una mujer en julio de 2017, elevando las penas de 9 a 15 años al considerar que efectivamente había habido violación y no solo abusos sexuales.

 

Me importa muy poco o, mejor dicho, absolutamente nada, que hayan condenado a más o menos años a estos desalmados, que (independientemente de la calificación jurídica) cometieron en mi opinión actos execrables no solo desde un punto de vista legal (como ha determinado el TS) sino, sobre todo, moral, pues ni aun en el caso de que hubiera habido consentimiento explícito (que el TS ha determinado que no lo hubo) dejaría de parecerme completamente aberrante e injustificable que cinco “maromos” (por llamarles algo) se aprovecharan de una mujer para realizar los salvajes actos sexuales descritos en la sentencia. Aunque la mujer lo hubiera consentido en ningún caso los cinco condenados deberían haberlo hecho. No voy a escribir ni una sola letra para defender o buscar atenuantes a unos actos y a unos individuos que me resultan detestables.

 

Lo que si me importa, y me preocupa mucho, son unas cuantas cosas que han pasado y siguen pasando desde que se cometió el delito hace dos años. Todas o casi todas han sido ya puestas de manifiesto en algunos foros, pero ahora que todo el proceso judicial ha terminado (salvo sorpresa) creo que no está de más recordarlas.

 

Ocultan y silencian otros sucesos similares o peores.

Estos cafres han sido condenados, desde el mismo momento de su detención y sin ningún juicio, a una condena adicional a las impuestas por el TS, que es la llamada “pena del telediario” (o algo así) que consiste en exponer al público, como pura carnaza, no solo su fotografía y su nombre, sino su dirección e incluso los nombres e imágenes de sus familiares y amigos, que son acosados para sacarles unas palabras, todo ello por supuesto ignorando el derecho a la presunción de inocencia. Podríamos meternos en un debate de si esto es admisible o no, especialmente en unos delitos tan graves (yo me inclino porque no), pero no es eso lo que más me preocupa ahora. Lo que realmente me escandaliza es el hecho de que a pesar de que desde que estos animales cometieron su delito ha habido varios casos similares de violaciones en grupo (si no peores, pues algunos se cometieron sobre menores de edad, u obligándolas por la fuerza a acompañarlos para violarlas, o con grupos más numerosos), en esos otros casos no solo se ha evitado dar ningún dato personal de los presuntos delincuentes, sino que ni siquiera ha aparecido su foto ni, mucho menos, se ha permitido que se informe que en todos ellos la “manada” estaba formada por extranjeros, inmigrantes en la mayoría de los casos ilegales y, además, con una celeridad no casual en los medios de comunicación del “sistema” se ha procurado dejar de hablar de ellos cuanto antes. Está claro que, en la España que nos toca vivir, ser español de origen es un agravante (o dicho de otro modo, ser inmigrante ilegal es un atenuante). ¡Qué vergüenza!

 

Usan el caso de modo ilegítimo para continuar apretando las tuercas en la “ideología de género” (sic).

Desde antes de que la Audiencia Provincial dictara sentencia, posteriormente corregida por el TS (que para eso está, entre otras cosas), los colectivos de feministas radicales, bien llamadas “feminazis”, empezaron a meter toda la presión posible al poder ejecutivo y al poder legislativo para dar una vuelta de tuerca adicional al proceso de criminalización del varón por el mero hecho de serlo y de discriminación negativa en su contra, preparando la correspondiente legislación (desconozco si ya está aprobada o no) para que en cualquier relación sexual si el varón no puede demostrar que hubo consentimiento explícito pueda ser acusado y condenado por violación. Desaparece la presunción de inocencia y la carga de la prueba recae sobre el varón. Ya no se trata de que la acusación aporte pruebas para demostrar que se cometió el delito, ahora es el varón el que debe demostrar que no lo cometió, imagino que con uno o varios testigos que no sean amigos, familiares ni conocidos suyos; o con un contrato en toda regla; o con un video en el que la mujer exprese de modo indubitativo que consiente -no sé si explicando en detalle qué tipo de acto sexual consiente y cual no, y prefiero no poner ejemplos-, y además que el varón pueda demostrar que el contrato no fue firmado bajo coacción, ni el video filmado en las mismas circunstancias. Si a esto le sumamos que en caso de que no haya una prueba fehaciente de que existió consentimiento expreso la versión de la mujer, por defecto, prevalece siempre sobre la del hombre, se dará pie a múltiples acusaciones y condenas por supuestas violaciones que no fueron tales. Tiempo al tiempo.

De paso, supongo, la posibilidad de que el varón sea el violado (cosa que es verdad que ocurre en un porcentaje insignificante de los casos) ni siquiera se contempla: nadie ha hablado hasta ahora de la necesidad de consentimiento del varón, pues se asume que todos los varones somos unos depredadores sexuales que estamos esperando la más mínima oportunidad para fornicar, por lo que se da por hecho el consentimiento entusiasta del varón. Todo muy “democrático” y muy “progresista”, que son los calificativos que se usan ahora para santificar cualquier descabello.

Lo único positivo de todo esto, si es que lo hay, es que si los varones son mínimamente inteligentes (lo que no cabe en las cabezas trastornadas de las feminazis) y si sus hormonas no les juegan una mala pasada se cuidarán muy mucho de mantener relaciones sexuales con nadie que no estén totalmente seguros de que no le va a denunciar, por lo que es posible que se reduzca el nivel de promiscuidad y libertinaje sexual que padecemos, y que aumente la abstinencia o incluso la castidad, haciendo “de la necesidad virtud”.

Pero nadie reflexiona ni abre un debate sobre las causas de estos comportamientos.

Desgraciadamente siempre ha habido violadores, creo que menos que ahora, pero los violadores solían ser seres antisociales, psicópatas, muchas veces con una doble vida, que actuaban solos asaltando a sus víctimas en lugares solitarios y generalmente siendo muy conscientes de que estaban cometiendo un delito grave. Hoy día el perfil ha cambiado. Adolescentes y jóvenes (y algunos no tan jóvenes) han banalizado el sexo, mantener relaciones sexuales en cualquier momento y con cualquier desconocido se ha convertido en algo tan intrascendente como entrar a un bar y tomarte un botellín. Para muchos jóvenes la única diversión, redes sociales aparte, es hacer botellón, fumar hachís y fornicar con el/la primera que se ponga a tiro. La gente se hace consumidora de pornografía, que circula libremente y gratis total por internet, y adicta al sexo cada vez a edades más tempranas. Hay aplicaciones para el teléfono móvil, publicitadas con total normalidad, para identificar en cualquier lugar y en cualquier momento a una persona dispuesta a mantener relaciones sexuales. En cualquier película que se precie debe haber una o varias escenas de sexo explícito. El ‘sexo libre’, las más inimaginables prácticas sexuales, en pareja o en grupo, de diferente o del mismo sexo, son aplaudidas como signo de modernidad y de libertad. Ya no existen líneas rojas. Si bien este escenario no justifica ninguna violación, en un ambiente así es muy fácil que de un ‘flirteo’ se pase a mayores, sin consentimiento de la otra parte, y sin ser totalmente consciente de que estás atacando la libertad del otro y, en definitiva, agrediéndole. El riesgo de que se produzcan situaciones como la ocurrida en Pamplona se multiplica. Nadie se preocupa de educar (reeducar) a la juventud en lo que es un sexo responsable, en las implicaciones emocionales y morales que tiene (o al menos debe tener) una relación sexual. Se ha creado y alentado unas nuevas Sodoma y Gomorra y ahí están las consecuencias. Y si alguien con dos dedos de frente alerta sobre esto, se le califica de extremista, retrogrado, ultracatólico y, como no, “facha”. Así nos va.

Y de paso usan de modo torticero el caso para desprestigiar al Ejército y a la Guardia Civil.

Aunque entre los cinco violadores de Pamplona hay un peluquero, un estudiante, un desempleado, un guardia civil en prácticas y un soldado profesional, lo único que repiten machaconamente los medios de comunicación mayoritarios es “el guardia civil de la manada” y “el militar de la manada”, nadie habla de “el peluquero de la manada” o “el estudiante de la manada”. ¿Casualidad? No, lo hacen de modo muy consciente pues asociando dos instituciones de trayectoria tan ejemplar como la Guardia Civil y el Ejército a un grupo de delincuentes así están emponzoñando y deteriorando la imagen de ambas instituciones. En España hay 85.000 guardias civiles y 130.000 militares que, salvo dos casos aislados, trabajan de modo abnegado todos los días y muchas noches para servir a España y a los españoles, con conductas ejemplares en la inmensa mayoría de los casos y jugándose la vida en no pocas ocasiones, pero a los medios solo les importa que entre estos cinco energúmenos hay un “militar” y un “guardia civil”. Un caso más de manipulación, de asquerosa manipulación.

Y, para que no queden dudas, termino como empecé: por mí que se pudran en la cárcel estos cinco bárbaros, no me generan la más mínima compasión.

 

Tomás García Madrid