Así ha aparecido esta mañana la cruz en recuerdo de Antonio Baena Castellanos, asesinado a hachazos  en Julio de 1936 por los republicanos en la aldea de Puerto Alegre en Puente Genil (Córdoba). Empezamos bien el año. Se ve que lo de “año nuevo vida nueva” no va con los descerebrados que, alimentados de odio y amparados por el discurso imperante de la corrección política, actúan impunemente contra todo aquello que salga de sus estrechas mentes. Su Memoria histórica consiste en obligarnos a olvidar. Nuestra memoria histórica consiste en recordar lo que pasó para que no se repita.
 CruzBaena

RELACIÓN DE HECHOS DEL GENOCIDIO DE PUENTE GENIL EN 1936

 
En Puente Genil 17 vecinos fueron obligados a permanecer durante horas y horas con los brazos en alto. Cuando desfallecidos caían desmayados o vacilaban sus pies, las hordas rojas les asesinaban a hachazos y tiros o a palos. Así cayeron los primero 17 mártires.

 

Pero eso no era nada, cuando en vísperas de agosto las tropas liberadoras se acercaban, de los 40 detenidos que había en la cárcel, seleccionados, cayeron unos cuantos fusilados en el interior de la mazmorra en que estaban apilados: Jesús Cisneros, Angel Morales, Julio Aguilar y su hijo también Julio, Francisco Estrada, y cinco guardas jurados de Lucena.

En aquella misma hora, Manuel Gómez Perales, hombre de bien que presionado por los facinerosos les había entregado un capital de cien mil pesetas como rescate por su libertad, tuvo que presenciar, espantado, como mataban de él a sus cuatro hijos, luego le tocó el turno a él mismo.

Qué agradables y simpáticos eran aquellos ancianos de más de 70 años, el matrimonio de Francisco Ortega Montilla y su mujer, acababan de celebrar el cumpleaños, acabaron la fiesta atados a un árbol, rociados de bencina y abrasados.

Puente Genil ya era un cementerio viviente, antes de consumar los crímenes las víctimas eran sacadas de las cárceles y tras simulacros que no tardaban en realizarse eran martirizadas a palos, patadas y bofetadas, insultados, y oyendo todo tipo de blasfemias.

Un hombre sencillo Antonio Baena Castellano, dueño de una huerta (Huerta Porto Alegre) fue asesinado a hachazos por dos hermanos marxistas apellidados Herrerías, que destrozaron su cadáver cuyos trozos encerraron en un baúl.

Otro crimen horrible de un obrero sencillo y trabajador ¿Por qué lo odiaban tanto? ¿qué delito había cometido? Primero le hicieron una descarga que le inutilizó, luego lo ataron el extremo de una cuerda en una pierna y el otro cabo en la parte trasera de un camión para arrastrarlo, lentamente por todo el pueblo, entre aplausos y vítores de la muchedumbre, borracha de crímenes, vino y odio. Luego quemaron sus restos.

También el guardia civil, el sargento, comandante del puesto señor Ocaña, digno de benemérito Instituto, asesinado a hachazos y abierto en canal para regocijo de las masas. Y aquel guardia civil, casi niño, el cornetilla del puesto: Manuel Martín López, que luego de ser degollado públicamente fue su cabeza separada del tronco y clavada en el sable del sargento paseada triunfantemente.

Los datos oficiales de Puente Genil arrojan 154 víctimas sacrificadas. Extraoficialmente la cifra se incrementa bastante. 7 Iglesias totalmente destruídas: la parroquia de Mirangenil, la Iglesia de Jesús, la Iglesia de Veracruz, y la capilla de la estación, entre otras.  28 edificios particulares calcinados tras el saqueo. Destruído el Asilo de Ancianos y la casa cuartel de la Guardia Civil.

Pero nada tan trágico, nada tan sacrílego, nada tan espeluznante como el final de la orgía de sangre y de espanto. Mientras morían los vecinos del pueblo, mientras las Iglesias ardían, mientras se saqueaban los domicilios, ante un público soez y ebrio de vino y odio, vestido con ropas sacerdotales y los ornamentos sagrados robados, ante ese público de diablos, se celebraba en plena vía pública un sacrílego partido de fútbol, dos equipos sacrílegos se disputaban el balón (la cabeza de la imagen de la Purísima Concepción, patrona del pueblo, degollada en presencia de todos).

Pobre Puente Genil que en un momento las turbas henchidas de rencor y odio mataron a tus mejores hombres, sin distinción de clases sociales, ni de colores políticos, ni oficios, quemaron tus iglesias y casas, y cometieron el horrible sacrilegio.