25 de Julio. Puesto de socorro republicano. Buitrago de Lozoya.

        

         Decían que le iban a condecorar. Con la clavícula rota por un culatazo del enemigo, el cabo provisional Eulogio González, había conseguido sacar de La Cebollera a varios pelotones de soldados heridos en los fieros combates que se estaban produciendo en las cumbres para desalojar a los fascistas. En el último convoy de evacuación, cuando las primeras granadas de los nacionales batían el Alto de Somosierra, lo sacaron de allí en un viejo camión atestado de heridos. Después de dos días y una noche conduciendo a los grupos de evacuación –se negó a ser llevado al hospital de campaña hasta el último momento– en un terreno peligroso y cada vez más batido por las fuerzas enemigas, se encontraba completamente agotado y sufriendo fuertes dolores a causa de aquella clavícula rota. Pero más que nada, Eulogio recordaba los terribles momentos en aquel camión invadido por los lamentos, donde su clavícula era el menor de los problemas; Uno de los heridos que le acompañaban no llegó a Buitrago con vida.

 

         En el pueblo se organizó un gran revuelo. Aquel camión no era el único que bajaba del puerto cargado de heridos. Había quien gritaba ¡Muerte a los fascistas! o quien se ofrecía para ayudar en lo que pudiera ser útil. Todo el pueblo estaba pendiente de los acontecimientos. Llegó una moto con un enlace. Los paisanos se arremolinaron junto a él sin dejarle apenas respirar. Antes de dar la novedad al mando y faltando a la discreción debida, el enlace gritó a la gente “¡Vienen hacia aquí! ¡Vienen hacia aquí!”

 

         Había cundido el pánico.

 

         Con el vendaje recién puesto en el hombro, Eulogio se reincorporó del banco donde descansaba. Había conseguido dar una cabezada, a pesar de los dolores y la hinchazón: el cansancio le pudo hasta que los gritos de la gente activaron su instinto de alerta. Los había que cargaban apresuradamente sus enseres en un carro, otros prefirieron echarse al monte con lo justo hasta ver si era cierto eso de que los fascistas mataban a diestro y siniestro sin contemplaciones. Otros, escondidos, rezaban por la liberación y ver aparecer por el pueblo la primera camisa azul, la primera boina roja...

 

 

         –¡Suben más! –gritó José Ramón, acercándose a la carrera al puesto de mando.

         –¿Y qué? –le contestó lacónicamente el capitán Urquiza–. No es la primera vez que nos visitan ¿Algún problema, alférez?

         –Se nos terminó la munición.

         –¿Y eso qué es? –el capitán señaló la bayoneta que José Ramón llevaba calada en su fusil.

         –Como ordene mi capitán.

 

         El silencio invadió todas las posiciones de los requetés en el pico de La Cebollera. De puesto en puesto se habían pasado la voz. Otra acometida de los rojos, tras dos días de combates, sin apenas munición, sin alimentos, el agua escasa, las fuerzas al límite, podía ser la puntilla que terminase con aquella locura. La mitad de los defensores ya habían causado baja entre muertos y heridos y los que aún quedaban útiles se habían replegado a posiciones más ventajosas, reduciendo el perímetro. En lo alto, coronando el pico, la bandera carlista.

 Bandera_carlista

 

 

         Otra bandera asomó por una loma.

 

         –¡Preparados! –gritó el capitán Urquiza, dispuesto a defender la posición hasta el último hombre.

         José Ramón se alzó por encima del parapeto, con los prismáticos a la cara. Contenía la respiración y con un gesto del brazo pidió calma a sus compañeros, que pacientemente aguardaron su dictamen. Por toda respuesta, José Ramón pasó los prismáticos a uno de los requetés:

         –Esa bandera no es roja –le dijo con una franca sonrisa. El requetés observó la escena: Desde un desnivel a cubierto, exhibían una bandera roja y gualda, zarandeada con fuerza por el viento de las cumbres. A renglón seguido, levantaron una cruz.

 

         –¡Son de los nuestros! –exclamó el requetés, un hombre mayor, demasiado mayor para ir a la guerra. El hombre se secó las lágrimas, que le impedían ver con nitidez y volvió a observar la bandera– ¡Creo que son los del Tercio Oriamendi, de Guipúzcoa!

 

         Una sonora ovación recorrió, uno a uno, todos los puestos del perímetro. Los hombres salían de los parapetos y se abrazaban. Abajo, en el puerto, las primeras unidades de la columna Escámez sacaban al enemigo de sus posiciones, provocando la desbandada, en un asalto bien coordinado, sin dar a conocer que se enfrentaban en inferioridad numérica. Somosierra y las cumbres de los alrededores habían cambiado de manos, quedando ahora en poder de los sublevados.

 

         Entonces José Ramón recordó que era veinticinco de Julio, festividad de Santiago el Mayor, Patrón de España. La emoción le pudo y se echó a llorar.        

 Somosierra_1

 

Alto y pueblo de Somosierra, donde se registraron duros combates en Julio de 1936.

 

         Durante las jornadas del 24 y 25 de Julio se produjo el asalto definitivo de los nacionales al puerto de Somosierra. El coronel García Escámez, muy profesional y decidido, era consciente de la superioridad estratégica y de medios con que contaba el enemigo. Afortunadamente, ya había pequeños contingentes de requetés disputando el Pico de la Cebollera, tal como relata en sus memorias el general Gavilán, alférez de infantería que compartió con efectivos carlistas (o requetés) las jornadas previas en la Cebollera. Sin aviación, pero sabiendo emplear sabiamente la escasa artillería y dividiendo sus fuerzas en movimientos de pinza, posición a posición, desalojó rápidamente a las fuerzas enemigas, provocando incluso cierto desorden en la desbandada que siguió al asalto. Además de Somosierra, pueblos como Braojos, Piñuécar, La Serna del Monte, Madarcos, La Acebeda, Horcajuelo o Prádena, cayeron rápidamente en manos de los nacionales, que se plantaron a las puertas de Buitrago. Sin embargo, la desbandada había terminado y el mando republicano consiguió recuperar cierto orden en la defensa. Pronto volverían los combates en la disputada Peña del Alemán, entre Piñuécar y Buitrago.

 

                  El asalto al puerto, protagonizado por las tropas mandadas por el coronel García Escámez constituyó una de las acciones más importantes del comienzo de la Guerra Civil, en unas condiciones muy poco favorables, como hemos visto. Los intentos republicanos encaminados a recuperar esta posición de altísimo valor estratégico fracasaron. Sin embargo, como veremos más adelante, fueron capaces de organizar un frente que iba desde Buitrago por todo el Valle del Lozoya, manteniendo al enemigo pegado a sus posiciones en las cumbres y los escasos pueblos que consiguieron tomar.