El P. Jorge González Guadalix es un sacerdote diocesano de Madrid. Licenciado en teología pastoral, lleva más de treinta años ejerciendo su ministerio en parroquias de la diócesis, algunos de ellos como párroco rural. Arcipreste varias veces, ha pertenecido por dos legislaturas al consejo presbiteral de Madrid y al consejo diocesano de pastoral. Como añadido a su labor de párroco ha hecho un poco de todo: coordinador de pastoral de un colegio de más de dos mil alumnos, director espiritual de un gran colegio mayor, profesor de religión, profesor de teología pastoral... internauta y bloguero en Infocatólica.

En esta entrevista, tan sencilla como profunda, nos habla de su vocación sacerdotal, del día a día en sus parroquias rurales y de los diferentes apostolados que ha hecho.

¿Cómo nació su vocación al sacerdocio?

Siento no poder ofrecer en este punto nada que pueda ser novedoso o espectacular. Hay sacerdotes o religiosos que pueden hablar de momentos espectaculares, caídas del caballo como San Pablo o conversiones tumbativas tipo san Agustín. En mi caso, nada de nada.

Soy de familia católica practicante, de parroquia de siempre. Monaguillo de crío. Eso sí, jamás falté a misa dominical. Colaborador parroquial en lo que uno podía y poco a poco te vas preguntando si ser sacerdote sería tu futuro. Hasta que un día ves que necesitas lanzarte.

Tenía 18 años cuando me planteo entrar en la orden de San Agustín. Di el paso de entrar en los agustinos no sé muy bien si convencido del todo o como una forma de aclararme. Pero no podía seguir con la duda. Así que al convento: si valgo, valgo y si no por lo menos aclararé eso de la vocación. Desde el primer día fui muy feliz.

Es Dios quien llama....

Dios llama siempre y Él sabe cómo hacerlo. En mi caso se valió del ambiente de fe sincero que se vivía en casa, de los sacerdotes que me tocó conocer, de un amigo agustino… Él va haciendo las cosas hasta que te das cuenta de que hay que responder.

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Pero una vez acepta el llamado, ¿para qué se hizo sacerdote?

Para hacer en todo la voluntad de Dios. Entro, como acabo de decir, en los agustinos a los 18 años, como fraile agustino hice todos los estudios, y como agustino recibí la ordenación sacerdotal en 1979. Casi desde el primer día los agustinos me pusieron a trabajar, entre otras cosas, en parroquias que la orden tenía encomendadas. Todo un descubrimiento la riqueza de la vida parroquial. La vida, las circunstancias, me llevaron a implicarme cada día más en la vida diocesana de Madrid, como arcipreste primero, como miembro de los consejos arciprestales y de pastoral diocesana. Finalmente en 1996 pedí dejar la orden de San Agustín para incorporarme como sacerdote al clero de la archidiócesis de Madrid.

Me ordené sacerdote para anunciar el Evangelio, para predicar la Palabra, para estar con la gente y animarles al encuentro con Jesucristo y esto hacerlo como colaborador del obispo diocesano en obediencia a sus indicaciones y proyectos. 

¿En qué medida el sacerdote está llamado a buscar la santidad y ayudar a su fieles a buscarla?

“Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”. Esta frase se encuentra al inicio de “Las confesiones” de San Agustín. Descansar en Dios definitivamente es la santidad. No estamos para otra cosa. El destino del hombre es la santidad, el cielo.

No podemos quedarnos en otras cosas, aunque aparentemente sean más gratificantes o el mundo, la gente, las valore más. Hoy hablar de pecado, conversión, reconciliación, volverse a Dios… no vende. Venden la ecología, la solidaridad, el relativismo, el buenismo ingenuo. Pero uno no se entrega al sacerdocio para acabar dedicado a las mariposas del Antiplano y proclamar que es igual ser cristiano, que budista, animista o gnóstico. Soy sacerdote para hablar de Jesucristo, para anunciar a Jesucristo, sabiendo que aquel que se convierte de corazón al evangelio cuidará de la creación, sobre todo del ser humano, será bueno, honrado, justo y generoso con todos y después llegará al cielo.

Háblenos de la importancia de la oración y de la vida de renuncia.

Vivimos en un mundo, nosotros al menos en nuestras cómodas sociedades occidentales, en el que todo nos sobra y nos pasamos el día dándonos caprichos. Vivimos en un mundo de comunicaciones inmediatas que nos suponen un bombardeo de ideas y valores del todo disparatados.

Necesitamos, al menos de vez en cuando, cerrar oídos y boca a los locos disparates de nuestro mundo, que sobre todo nos pide “cuidarnos a nosotros mismos”, que en el fondo es la gran llamada al egoísmo. Cerrar oídos al mundo y abrirlos a la Palabra de Dios, escucharla, meditarla y traerla a la vida. Esto es la oración.

Nos falta, ahora mismo, una educación en dos cosas básicas: austeridad y espíritu de sacrificio. La renuncia a nosotros mismos, a cosas, aunque legítimas, para compartir y hacer felices a los otros, nos es del todo necesaria. ¿Por qué fracasan tantos matrimonios? Por ese cuidarnos a nosotros mismos, por esa falta de espíritu de sacrificio, que te lleva a renunciar a ti mismo por el otro, por falta de educación en la austeridad, al punto que si no tenemos tal, y tal… el matrimonio es un fracaso. O decimos que no pueden venir niños porque no tenemos medios para su educación cuando nos sobra para caprichos. Si quitamos austeridad y espíritu de sacrificio mal vamos.

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¿Qué lugar ocupan en su vida la adoración eucarística y la devoción a la Virgen?

Siendo niño llegaba a casa una sencilla revista infantil, REINE (reparación infantil eucarística) que hoy sigue existiendo bajo el nombre de RIE. Esta revista la editaban las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, hijas de san Manuel González, el llamado obispo de los sagrarios abandonados. Aquella revista hizo nacer en mí la devoción eucarística. Poco a poco he ido profundizando en el amor a la Eucaristía leyendo, meditando, rezando mucho.

Preguntaron en una ocasión a santa Teresa de Calcuta qué era lo que necesitaba el mundo para que hubiera paz. Su respuesta fue inmediata: “sagrarios”. Es evidente. Las parroquias, las comunidades cristianas se hacen de rodillas delante del sagrario. Desconfíen de todo plan pastoral que no se centre ahí.

La devoción a la Virgen es garantía de fidelidad en esta vida y auxilio para la vida eterna. Y, además, devoción a la Virgen “con apellido”.

¿Cuál es el santo al que tiene más devoción?

Son dos, muy unidos a mi infancia.

El primero, sin duda, san José. En casa siempre se ha celebrado mucho porque mi padre se llamaba José y porque todos tenemos algo importante que celebrar en ese día. La última, una sobrina, hoy religiosa contemplativa, que precisamente ingresó en el convento el día de San José.

San José es ejemplo de vida escondida en Cristo. Ejemplo de hombre capaz de renunciar a todos sus planes y proyectos para poner una vida entera al servicio de Dios. Por eso me gusta. No hay acontecimientos extraordinarios, nada en su vida que sea especialmente llamativo.

Mis padres rezaban todas las noches, desde el día de su boda, a san José para que les concediera una buena muerte. Los dos murieron en su cama matrimonial, en casa, y atendidos por su hijo sacerdote. Bien supo agradecer san José sus oraciones.

El otro santo es san Isidro, por otra parte normal cuando uno es hijo y nieto de agricultores y ganaderos. Santo en el trabajo del campo, santo como padre de familia, tanto que fueron santos los tres: Isidro, su esposa María de la Cabeza, y su hijo Illán. Lo de ser santo en la vida ordinaria lo deja claro san Isidro. 

¿Cómo es un día normal en su parroquia?

Mejor explicar cómo es la vida de un sacerdote párroco de tres pequeños pueblos de la sierra norte de Madrid: Braojos, Gascones y La Serna del Monte, que apenas llegan a los cuatrocientos habitantes entre los tres.

Mi vida es, básicamente, estar. Dicen que los pueblos de esta sierra se van despoblando. No pasa nada. El señor cura está.

Celebro la eucaristía dos días entre semana en cada pueblo, uno de ellos con rosario y exposición previa del Santísimo. Los domingos en los tres, por supuesto. Tres templos parroquiales que cuidar, tres contabilidades parroquiales, tres archivos. Una religiosidad popular rica que merece la pena aprovechar, cuidar y fomentar. Atiendo, además, una residencia de mayores en Buitrago y a unos pocos niños que se preparan para la primera comunión.

La vida parroquial se va sacando adelante en el encuentro personal en la iglesia, en la calle, en la visita a los enfermos, en la participación en encuentros y acontecimientos populares.

¿Cuál ha sido su mayor alegría como sacerdote?

Muchas, la verdad. Quizá pueda señalar como especial la apertura de la capilla de adoración perpetua en mi anterior parroquia, la Beata María Ana Mogas de Madrid, hace ahora algo más de seis años y que, desde entonces, está manteniendo la adoración perpetua al Santísimo Sacramento. Es decir, 24 horas, 365 días al año.  Un milagro que dará frutos muy abundantes, que de hecho ya los está dando.

¿Y el peor disgusto?

Me tengo que ir en junio del año 2007. Era entonces párroco de la Beata María Ana Mogas y la actividad parroquial se llevaba a cabo en un frágil prefabricado. En ese mes nos entraron a robar cuatro veces. La última vez se llevaron absolutamente todos los vasos sagrados dejando las formas consagradas esparcidas por el suelo, al punto que para recoger el Santísimo tuve que utilizar un frasco de cristal. Es lo peor que le puede suceder a un sacerdote. Solo recuerdo llorar y la gente volcada animando, ayudando y rezando como nunca.

¿Cómo nace su vocación a evangelizar por redes?

Un poco por casualidad. Se me ocurrió iniciar un correo semanal para ponerme en contacto con los fieles. Desde entonces, y han pasado años, una vez por semana mis feligreses tienen noticias de la vida de las parroquias. A partir de ahí alguien me sugirió la posibilidad de comenzar un blog, cosa que yo no tenía ni idea de lo que era.

Empecé poco a poco con una cierta repercusión, hasta que un día desde Infocatólica me ofrecieron la posibilidad de escribir en el portal. Lo planteé a mis superiores y me dieron el visto bueno. Desde entonces mantengo el blog en Infocatólica hasta que Dios quiera.

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Lo que si veo son las posibilidades de la red. Una homilía llega a unos pocos, a cientos en el mejor de los casos. Un artículo colgado en la red puede tener miles de lectores en apenas horas. Un mundo para utilizar, eso sí, con muchísimo cuidado. Estar en la red supone el compromiso de colaborar en la evangelización formando, informando, denunciando. Siempre dentro de la fe de la Iglesia. Mi estilo comprendo que a veces es un tanto gamberro e irónico, lo que tiene el riesgo de poder ofender a alguien. Es algo que tengo que cuidar.

¿Quiere añadir algo?

Daros las gracias por acordaros de mí. Siempre a vuestra disposición y un saludo muy cordial a todos los lectores del Correo de Madrid.