Aparentemente la casi nada. Porque además hay poquísimo. Y además muy mayor. Casi todo el año. Y si hace mal tiempo, no digamos ya si nieva, peor. No hay niños, no hay jóvenes. En mi aldea cuando llegamos en el verano llenamos, es un decir, la iglesia de niños. Once. Aunque dos ya han dejado de serlo pues el año pasado una inauguró la mayoría de edad y otro lo hará este año. Pero en este agosto habrá días que serán trece pues ya están dos más en este mundo y como todos vamos a la única misa no podemos dejarlos en casa.  Aunque evidentemente con medio año no se van a enterar de nada. Pero no es malo que se vayan acostumbrando. Muchas veces, no todas pero casi, son los únicos niños que hay en la Iglesia. Y a la hora de comulgar atienden a Aquel que dijo dejad que los niños se acerquen a mí.

Las madres correspondientes no hacen caso del Papa Francisco y si algún bebé llora no sacan la teta para darles de mamar. Salen con él a la puerta de la iglesia hasta que la criatura deja de llorar. Sin que esto suponga la menor crítica al Papa pues no hay mal alguno en darles pecho. Pero mis hijas y mis nueras deben ser muy suyas y prefieren probar primero con el chupete y si no da resultado con un corto, en el camino y en el tiempo, paseo hasta el atrio ante las miradas de simpatía del resto de los asistentes.

Benemérita labor de los curas rurales que atienden sacramentalmente a unas gentes en general buenísimas sin el menor resultado no digo ya espectacular sino incluso mínimo pero que ahí están haciendo Iglesia sin que nadie, o apenas nadie, lo note. Dios sí lo nota. Y los abandonados por la salud, los años y en algunos casos hasta por su misma familia ven que la Iglesia no los ha olvidado. En una tarea que humanamente puede parecer ingrata pero que es la que Dios quiere.

En algunos lugares por la escasez de sacerdotes la misa no puedes ser ya dominical, cada dos o tres domingos. Lo suplen religiosas o seglares ejemplarmente con una liturgia de la palabra a la que sigue la comunión con las formas consagradas por el sacerdote en su última visita. Y que es tan comunión del Cuerpo de Cristo como si la hubiera administrado el sacerdote.

Cuando él llega, si es como debe ser y muchos lo son, visita en su casa a los que ya no pueden salir de ella, les confiesa si se lo piden o él se lo recomienda, por nulos que puedan ser ya sus pecados en la mayoría de los casos, les da unos minutos de conversación y les deja contentísimos haciendo una vez más presencia de la Iglesia.

En aquellos otros lugares en los que el cura está permanentemente aunque con varios pueblos a su cargo, hay misa dominical e incluso algunas semanales en todos los pueblos. Más el bar, los domicilios, los encuentros en la calle, la casa rectoral siempre abierta… La disposición permanente.

Uno de ellos además lo cuenta. De sus tres parroquias: Gascones, La Serna y Braojos, más una cuarta virtual en la que tiene muchísimos más fieles que en las canónicamente encomendadas.

González Guadalix es un crack que después de haber levantado una parroquia madrileña de extrarradio, en la que incluso instauró la adoración  permanente al Santísimo, que no pocos juzgaron una locura, es hoy una realidad consolidada. Pues un día decidió dejar lo que había levantado de la nada e irse de párroco a tres pueblos perdidos de la Sierra Norte madrileña, tan próxima a sus or.genes.

Y se fue vacío de equipaje llevándose sólo a su perro Socio. El perro más listo, más simpático y más cariñoso que yo he conocido. Y uno ha tenido perro. Pues allí está gozoso y contándolo. El día de San José, de precepto en la Iglesia, con nevada importante en sus tres parroquias, véase la fotografía, tuvo veinticinco asistentes entre sus tres iglesias. Meritorísimos los que fueron y también el párroco que fue.  No lo cuento en alabanza de Don Jorge a quien le sobran amigos y por quien muchos, por él y por sus tres parroquias, rezan avemarías que es el salario que él pide, sólo una,  a quienes gozan de sus artículos, en favor de la Iglesia en Braojos, Gascones y La Serna.

 

Yo a Don Jorge no tengo que decirle nada. Se lo he dicho muchas veces. Esta entrada quiere ser un homenaje a tanto cura rural, excelentes muchos y muy aceptables  otros, que desde la casi nada y sin que nadie les recuerde están haciendo muchísima Iglesia. De esa que aquí no se la van a pagar pero que en el cielo están acumulando tesoros. Y si algunos, que sin duda los hay, no dan un palo al agua que el Señor les anime a darlo. Por su propio bien. Aquí y sobre todo allá.