Cumbre de La Cebollera.

         La noche había sido más o menos tranquila, aunque José Ramón casi no pegó ojo. Se habían turnado para vigilar a los prisioneros (Quique de mala gana) que tampoco debieron dormir mucho. Sólo el pastor parecía encontrarse en su elemento, y a pesar del frío, roncaba aún plácidamente cuando las primeras luces del Este iban dando forma a las cumbres. Desde allí lo presenciaron todo. Cuando terminó el combate, con la retirada de la columna sublevada, la carretera era una serpenteante cinta herida que vomitaba humo y lamentos. Los chasis calcinados de los camiones quedaron como testigos de que nada iba a ser fácil en aquella guerra, que todavía algunos optimistas veían como una marcha triunfal a Madrid.

 

—Estamos solos —dijo Quique angustiado, con el miedo clavado en los ojos.

—Sí. Ahora vendrán los rojos a por nosotros —le responde José Ramón sin evitar cierta dosis de maldad que incrementase su pánico. No le soportaba.

—¿Y qué vamos a hacer?

         El capitán Urquiza les sacó de dudas.

—A cavar trincheras todo el mundo, empezando por estos —dijo señalando a los prisioneros—. Y tú —haciendo un gesto a José Ramón— acompáñame. Tengo trabajo para ti.

         De nuevo sobre el mapa, el capitán carlista le va aclarando sus intenciones:

—Abajo no saben si tenemos la posición. Por señales queda descartado porque también se enterarían los otros.

—Lo sabrán cuando llegue el relevo y nos liemos a tiros —opina José Ramón con resignada lógica—. Pero quizás no tuvieran pensado venir hoy. Los prisioneros tenían víveres para tres o cuatro días. El que nos digan que hoy viene un relevo es para ponernos nerviosos. Si me da su permiso, puedo hacer de enlace y dar la situación.

—¿Sabes a lo que te expones?

—A todo.

         El capitán le observa en silencio. Es de pocas palabras, nada proclive al halago y sólo quienes le conocen verdaderamente saben que esos silencios son su manera de reconocer el valor a un subordinado.

—Si salgo ahora, mejor. Luego, a la noche, intentaré la subida. Cuando alguien grite ¡CAFÉ! sabrá que soy yo.

—¿No será mejor Dios, Patria, Rey? —el capitán carlista sonríe por primera vez, gesto que José Ramón se toma como un cumplido.

—Yo grito lo que usted me diga, pero no me disparen, que de eso ya se ocuparán los rojos.

—Suerte, chaval.

         José Ramón regresa a su puesto y se descuelga el fusil y las cartucheras. No quiere peso de más, aunque deba renunciar a su propia defensa. Basta con la cantimplora, morral y prismáticos. Quique le observa boquiabierto.

—¿Nos vamos?

—Salgo a dar la novedad al mando. Tú te quedas.

—¡Es una locura!

         José Ramón ni le responde.

—Espera, espera… —Quique le sujeta el brazo.

—¿Qué quieres?

—¿No te das cuenta que esta posición es insostenible? Estamos muy lejos de nuestras líneas y los rojos pueden presentarse aquí con la aviación. Nos harán picadillo. Aún estamos a tiempo de largarnos, y si nos atrapan en el camino, podemos canjearnos por los prisioneros…

         José Ramón le mira con infinito desprecio.

—¿Pero no querías matarlos?

         Sin esperar respuesta, sale monte abajo.

 

         Como él suponía, recorrer las peladas lomas de la cuerda no iba a ser plato de gusto. Pero nada que alterase su marcha ocurrió. De vez en cuando se apostaba tras unos arbustos para observar con los binoculares cualquier movimiento. Toda actividad parecía estar polarizada en el puerto. Tanto mejor. Un aeroplano, a gran altura, trazaba un círculo en el cielo azul. Descendió en otro círculo más amplio y se fue aproximando al Pico de la Cebollera. Lo rodeó en un tercer giro, sin que nada ocurriera. Preocupado, José Ramón siguió su camino. Si a los de arriba les descubre un avión de reconocimiento habrá tomate y él lo tendrá muy complicado para volver.

 

         Aún en tierra de nadie, comenzó a oír disparos lejanos. Alguna escaramuza, pensó. Más precavidamente, continuó el descenso hasta que un zumbido le silbó muy cerca de la cabeza. Aterrado, se pegó al suelo. Él era la atención de aquellos disparos. Le habían descubierto. Gateó como pudo hasta unos canchales, último parapeto natural hasta una dehesa de pastos que debía superar. Evaluó su situación y no le gustó. Se echó los binoculares a la cara y, ahora sí, vio a tres hombres hacer movimiento de flanco, muy ágiles, al otro extremo de la dehesa. Notó que se le aceleraba el pulso y que tenía dificultad en mantener fría la cabeza ¡No podía quedarse bloqueado! Recordó entonces que poco más arriba había atravesado un pequeño bosque, donde se ramificaba el sendero con una variante a los pastos de Cerezo de Arriba. O lo hacía ahora o estaba perdido. Sin pensarlo mucho, abandonó la protección de aquellos canchos y emprendió una alocada carrera monte arriba. Oyó voces que le daban el alto y los silbidos de las balas, cada vez más certeras. Le faltaba resuello y no llegaría a esconderse en el bosque. Quería vomitar. Sin resignarse a que aquel fuese su último día, siguió dando traspiés y ayudándose con las manos. El eco de las voces de los enemigos aún sonaba lejos, pero las balas ya venían cercanas. El alcanzar el bosque no significaba el fin de la cacería, pero le pareció la salvación. No le costó trabajo encontrar el sendero y siguió por él con mil ojos. También podía haber enemigos por allí.

 

         Cuando salió a una zona de claros y grupos de árboles dispersos aceleró la marcha, pero saliendo en zig-zag del sendero para evitar sorpresas en la medida de lo posible. Añoró aquellas excursiones con los amigos o en solitario de veranos pasados. Ahora aquellos bellísimos parajes se habían convertido en una zona peligrosa y hostil.

 

¡ALTO! ¿QUIÉN VA?

         El vozarrón sonaba frente a él y no se veía a nadie. Poco le quedaba para llegar a las primeras majadas de los pastos altos de Cerezo de Arriba, pero aún se encontraba en tierra de nadie. Antes de que saltase como un resorte en una nueva huida, oyó de nuevo la voz:

¡Te estoy apuntando!

            José Ramón se echó cuerpo a tierra y dio fe de su alineación ideológica:

—¡Falange Española y no voy a entregarme!

—¡Un falangichín! Vaya, vaya… —Algunas risas acompañaron al del vozarrón. Aprovechando la fiesta, José Ramón saltó como una gacela y salió huyendo de allí como alma que lleva el diablo. Las carcajadas fueron en aumento.

—¡A ver, chaval! —siguió el del vozarrón mientras José Ramón no paraba de correr— ¡Ven aquí ahora mismo con los requetés!

         Aliviado, pero con un gran sentido del ridículo, José Ramón volvió sus pasos hacia el grupo de las risotadas, que ahora se dejaron ver saliendo de unos arbustos. El del vozarrón era un fornido sargento carlista, que ahora se echaba el fusil al hombro. Sólo cuando le vieron la estrella de alférez bajaron el tono de sus risas. Le escoltaron al pueblo y de allí salió en un coche con destino al puesto de mando del coronel Gistau en Cerezo de Abajo.

Cerezo_de_Arriba

 

Cerezo de Arriba. Las poblaciones de la vertiente segoviana de la Sierra Norte quedaron enseguida bajo control de los sublevados.

 

         Cuando aquella noche José Ramón volvió a superar aquel sendero llevaba con él una sección de requetés como refuerzo a la Cebollera y la orden del coronel Gistau de defender la posición a toda costa. Llegaron a la cumbre al amanecer, agotados, pero sin haberse extraviado, todo un orgullo para el joven alférez.

 

         El capitán Urquiza le saludó con una franca sonrisa.