El Convento de San Julián y San Antonio es una de esas pequeñas sorpresas que podemos encontrarnos en la Comunidad de Madrid, a poco que nos apartemos de la grandes rutas turísticas.

Para empezar, hay que destacar su increíble enclave: está situado a 1.190 metros de altitud, en las laderas meridionales del Cancho Gordo, la máxima cumbre de la Sierra de La Cabrera, dominando el pueblo del mismo nombre.

A la belleza de su entorno se le añade su enorme valor histórico-artístico, ya que integra una de las pocas muestras de arquitectura románica existentes en la región madrileña.


Vista general del Convento de San Julián y San Antonio, de La Cabrera, con la arquería del claustro, en primer término, y la torre, al fondo.

El Convento de San Julián y San Antonio se levantó en el siglo XI o, como muy tarde, en la primera mitad del siglo XII. La tradición sostiene que el rey Alfonso VI lo fundó en el contexto de la campaña militar desplegada por Castilla para la conquista de Toledo, que, como Madrid, se encontraba en manos de los musulmanes. Otros autores afirman que su origen es muy anterior, probablemente visigodo, por la existencia en la Sierra de La Cabrera de yacimientos arqueológicos correspondientes a este periodo histórico.

La iglesia del convento conserva, prácticamente sin transformaciones, su primitivo trazado románico. Es muy pequeña y tiene fábrica de mampostería de granito, toda ella de gran rusticidad e, incluso, con fallos arquitectónicos. A pesar de ello, posee una gran singularidad, derivada de su compleja estructura. El templo presenta tres naves, crucero y, atención, un total de cinco ábsides, algo infrecuente en las iglesias del siglo XI, al menos de las dimensiones de ésta.


Cuatro de los cinco ábsides de la iglesia del convento. Siglo XI o primera mitad del XII.

La existencia de cinco ábsides y, en consecuencia, de cinco altares se relaciona con una costumbre medieval y era la prohibición litúrgica de oficiar varias misas en un mismo altar en una única jornada. Cabe entender que se construyeron cinco altares para poder celebrar varias misas en el mismo día.

El interior de la iglesia destaca por la sobria distribución de los puntos de apoyo, lo que, unido a la ausencia de motivos escultóricos labrados y a la tosquedad de la fábrica, confiere al conjunto una gran austeridad.
 
Pero, al mismo tiempo, todo queda presidido por la sensación de sosiego y recogimiento que da la sencillez de sus trazas. Las naves se cubren con bóvedas de medio cañón, que se sostienen sobre pilares cruciformes (en la parte del crucero y en los arcos triunfales) y columnas cilíndricas, con capiteles.


Vista parcial de la nave central, con el altar mayor al fondo. Siglo XI o primera mitad del XII.

Resulta increíble que esta iglesia del siglo XI haya llegado más o menos intacta a nuestros días, tras las múltiples vicisitudes históricas sufridas por el convento y que terminaron por arruinar las restantes dependencias del recinto.

Éstas han sido reconstruidas en diferentes momentos y ello ha dado lugar a una mezcolanza de estilos. Así aparecen elementos arquitectónicos de los siglos XV y XVI (como la base de la torre o como la arquería situada junto a la parte posterior de la iglesia, únicos restos conservados del claustro) y del siglo XVIII (como la parte superior de la torre, incluido su campanario).


Detalle de la arquería que se conserva del claustro. Siglo XV o XVI.


La parte superior de la torre es del siglo XVIII, mientras que la base fue levantada en el siglo XV o en el XVI.

Pese a todo, el conjunto presenta una cierta unidad estética, lograda en el segundo tercio del siglo XX, gracias a las reformas promovidas por Carlos Jiménez Díaz, uno de los propietarios del convento (tras la Desamortización de Mendizábal, éste fue pasando de mano en mano). El ilustre médico se enamoró del lugar, restaurándolo con cuidado e incorporando añadidos (pilones, fuentes, canales...), que incrementaron aún más su belleza.

El convento fue restaurado por la Comunidad de Madrid entre 1987 y 1993. Desde el año 2004, pertenece a los misioneros identes, quienes cuidan con esmero uno de los escasos vestigios de arquitectura románica existentes en Madrid. Pero no son los únicos, como nos encargaremos de ir mostrando poco a poco en este blog.


Aspecto de la Sierra de La Cabrera, camino del convento.
 
fuente: http://pasionpormadrid.blogspot.com.es/