Abuelo, abuela… ¡Qué palabras tan bonitas, cuántos recuerdos con tan sólo pronunciarlas: cuánta niñez revivida en un instante!

 Recuerdo, como si de hoy se tratase, a mi abuela Josefa con su sillita de enea acompañarme a un descampado próximo a nuestra casa para hacer ella punto de lana al sol de invierno, mientras yo jugaba al fútbol con otros niños del barrio. Recuerdo a mi abuelo Antonio buscando una escoba de caña ya inservible para ir, con su inseparable navajita, obteniendo listones de caña con los que me hacía una cometa empleando además cuerda de cáñamo y papel de seda; también, con esa misma navajita me afilaba mis lápices del colegio. Otro tanto podría añadir de mis abuelos paternos: Rafael y Engracia.

¡Qué bien dispuesta está la vida!, ¿verdad?: en el inicio de nuestra madurez, ahí aparecen nuestros padres y madres dispuestos, personas con gran experiencia en la vida, sostén del delicado equilibrio familiar entre hermanos, para darles lo mejor de sí a sus nietos, nuestros hijos, para también dedicarles su tiempo, porque el amor genuino como el de los abuelos no entiende de horas.

Es conocido que numerosas culturas, a lo largo y ancho del mundo, reconocen el gran valor de los mayores y su insustituible contribución en el relevo generacional, primero con sus hijos, más tarde con los hijos de estos. Por ello es que muchas de tales culturas instauran un Consejo de Ancianoscomo órgano consultivo en caso de tomar importantes decisiones que afecten a esa comunidad concreta.

Desgraciadamente, en nuestra España actual, abuelos y abuelas son víctimas colaterales necesarias e indefensas en la guerra abierta que mantienen las feministas radicales, ya que es sabido que el Síndrome de Alienación Parental (SAP), el que tanto emplea a diario el brujerío ataviado con saldos de mercadillo, persigue un doble objetivo: arrancar a los hijos de la esfera afectiva de su padre, así como hacerlo igualmente con la familia extensa de éste, en especial abuelos y abuelas. 

Grande dolor, grande abuso tienen y mantienen orquestado las feministas de género en esta España antes zapatera, ahora sanchista, ambas de charanga y pandereta, hasta el punto de privar éstas, a sus productos biológicos, antes llamados hijos, del cariño y calor de sus abuelos, pues tales criaturitas no son más que auténticas monedas de cambio para alcanzar pagas, subvenciones y puestos donde medrar en mil y un chiringuitos de género mantenidos por todos nosotros, contribuyentes saqueados por un Estado de Género. 

 Hace unos años, en una Conferencia sobre Custodia Compartida, conocí a la presidenta de una asociación madrileña: «Abuelos separados de sus nietos». Intercambiamos tarjetas y charlamos sobre la dimensión colosal que está adquiriendo la Industria de Género en España, negocio que está siendo exportado a los países de Hispanoamérica, pues se muestra como una empresa política bastante rentable y además cómoda de poner en marcha. Ella me comentó el maltrato institucional que están padeciendo abuelos y abuelas en España, a los que se les impide contacto alguno con sus nietos y el efecto devastador que ello causa a estos ancianos, algunos de ellos enfermos que deben sumar a su delicado estado una depresión cuyo síntomas evidentes son la angustia, la tristeza, la impotencia y la rabia frente a un Estado corrupto e inhumano, volcado en un clientelismo de votos feministas.

 Abuelo, abuela… ¡Qué palabras tan bonitas en un país donde las leyes estén hechas para personas, qué palabras tan llenas de dolor en esta España nacionalfeminista, un Estado de No Derecho donde las leyes están confeccionadas sólo para ellas y en contra de ellos, un marco jurisprudencial inconstitucional que pasará a la historia del Derecho comparado como el holocausto español, el que siguió al nazismo, un terreno yermo a raíz de un macabro trueque de almas pequeñas, las de los niños y niñas del SAP, por asquerosos votos rojimorados, donde los menores crecieron alejados de sus abuelos, hombres y mujeres del futuro a los que se les robó una parte esencial de su historia personal, esa parte que nos hace personas, esas voces, palabras, consejos y besos que nunca llevarán en su alma: los que conforman el recuerdo de una niñez plena y normalizada al lado de sus abuelos.

 José R. Barrios