La asfixiante torridez que expele, a modo de crematorio, el sudorífero horno veraniego en la Barcino portuaria me deprime hasta la nausea, me entristece profundamente y me irrita hasta el delirio. Me causan un tedio y una anhedonía insufrible, me sumerge en las crisis existenciales más descorazonadoras. Ante el diagnóstico del mal, disecciono los tejidos del remedio. Necesito evadirme con urgencia de estas calles de la amargura, escabrosas y plagadas de importunos turistas e infestadas por una legión ingente de gente de mal vivir. Anhelo cambiar de aires con presura, inhalar oxígeno fresco y puro que me insufle un hálito vital al pulmón del existir, pues las ganas de vivir se me evaporan por momentos y mi alma se seca agostada en una ciudad hostil.

 

En el estío te secuestra el hastío, te rapta con violencia enfermiza la anestesiante rutina, que aunque a veces agradable, no te proporciona unas sensaciones vitales plenas. Los rayos matutinos se refrigeran en forma de biblioteca, luego efímero vermut, visionado de prensa en el espejo del esperpento, comida empapada en agua, siesta adherida al sudor de la almohada, expectantes etapas de tour o vuelta que casi siempre decepcionan y paseo vespertino, tal vez el consuelo de un clásico en la filmoteca, paraíso fiscal de la evasión de ideas, pero en definitiva un universo muy limitado y cerrado en donde cabe muy poca gente y con frecuencia no la gente que uno escoge.

 

 

Siempre he sido un teórico del viaje, ensalzando sus infinitas bondades y cuantiosos beneficios (dilatar horizontes, conocer variopintas culturas, empatizar con gente nueva, enriquecerte y empaparte de las costumbres locales, disfrutar de novedosas experiencias vitales, huir de la rutina, abrir la mente…en definitiva saborear sorbo a sorbo el exquisito elixir del viaje…) algo tan apreciado por los paladares exigentes de grandes viajeros; entre ellos tengo como arquetipos a Hemingway y a Wells, que a pesar de su ideología se embriagaron del embrujo de la noche sevillana o de la res bravía que resbala su tonelaje por la estafeta pamplonica...

 

La triste realidad es que, aunque por inercia, he visitado todas las regiones de la España y varios países europeos, lo he hecho con cuentagotas, mermado por un misterioso cúmulo de diferentes circunstancias, con la cartilla de racionamiento de la pereza, del miedo a accidentes, o sea a la muerte y a la enfermedad otra vez, de gastar excesivamente…en definitiva: negarme a salir de mi limitada y abotargada zona de confort por aburrida y claustofóbica que sea y adentrarme en las apasionantes pero peligrosas selvas de la zona de aprendizaje…

 

Este verano un amigo me sugirió viajar a Asturias insistiendo que me vendría bien…Un servidor al principio era muy reacio, llegando a tener incluso una imposibilidad psicológica para hacerlo… Al final con esfuerzo e intuición divina tomé la decisión de aventurarme en la experiencia del viaje, que, cómo todo en la vida, se valora mucho más cuanto más cuesta…

 

He de reconocer que todavía tengo un irracional respeto por el avión por la vertiginosa sensación de indefensión que produce la potencia del despegue e ir suspendido en el aire a una velocidad casi anti natura…Por ello decidí hacerlo en autobús...me mentalicé para surcar la piel de toro hispana en una maratoniana jornada, para ofrecer el ramillete de una decena de horas a las bellas tierras de Castilla…el autobús con el refrigerio suficiente es una excelente poltrona para contemplar los abrasadores parajes castellanos, tierra de guerreros, carentes de arbolado, aunque bañados de descomunales planicies doradas y de recios horizontes…

 

Cual fue mi sorpresa al comprobar que el vehículo se dirigía a Asturias por la ruta norte y que iba a visitar Logroño, Bilbao, Santander…en definitiva: el viaje brindaba con cava en la retina por la primorosa vista de la cornisa cantábrica...Hacia lustros que no respiraba el aire salvaje del cantábrico…

 

A mi padre, de feliz memoria, le encantaba el frescor del norte y su elegancia y solera, su modus vivendi como contraposición al abrasador y masificado mediterráneo.... y hay cosas que se heredan con orgullo…El norte con el clima más benigno, con ese frescor de atardecida que invita a la chaqueta de punto a acariciar nuestros brazos, esas playas anchurosas y solitarias, esa elegancia de las calles, de los paseos, la frondosidad de los parques, la distinción de las tiendas, la armonía de las terrazas...en el norte se viste bien y se come mejor y hay más pudor y valores, a priori claro...Es un recinto gallardo, que se resiste a ser engullido en las arenas movedizas de la globalización.

 

La primera parada del autocar fue en Logroño, en los aledaños del mítico estadio de las Gaunas, otrora fortín de primera, hoy plaza secundaria a años luz de la elite….Sin tiempo para apreciar sus caldos y paladear su huerta salimos de tierras riojanas en dirección a Vitoria y poco a poco el paisaje empieza a reverdecer, a empinarse….a través del cristal ya empieza a oler a norte…Igualmente breve y efímera fue la parada en la capital alavesa, aunque suficiente para que nos mostrase los primeros encantos norteños, tenía un aire diferente, los edificios, el empedrado, el arbolado, lo grisáceo del cielo…ingredientes escasos y conocidos pero suficientes para adentrarte en otra atmósfera más amena…Todos estos sentimientos se acrecentaron a medida que nos acercamos a Bilbao, nos salieron a saludar los pintorescos caseríos, el diletante vacuno, los ríos caudalosos, las peñas agrestes, el tapiz de las praderas…

 

Desde el bocho bilbaíno el bus ascendió perezoso las rampas que nos adentraban en territorio cántabro y arribamos en Santander, junto con San Sebastián las ciudades más bonitas de España según los antiguos…Iba anocheciendo dulcemente y tras pasar por Laredo y cerca de Santillana nos adentramos en el principado astur, cuna de la reconquista y patria chica inmortalizada en una canción con sabor a orfeón.

 

Me esperaba Gijón con un frescor esperanzador…Tras dejar el ligero equipaje en el modesto aposento fui a pasear con mi amigo por la playa gijonesa…la marea estaba baja, bajísima, se difuminaba en lontananza y la playa se tornó gigantesca, como en un viaje de Gulliver… la arena fina, limpísima, con exquisito aroma marino se hundía levemente ante mis fatigadas plantas…esa visión nocturna de Gijón a ras de playa me cautivó y me dejé seducir…incluso llegue a pensar en ese lugar como un enclave idílico para vivir…¿será posible en pleno mes de agosto disfrutar de tanto frescor? ¿Es real ver las calles limpias y casi desiertas?

 

Al día siguiente potente excursión a las cascadas de Oneta, cerca de Galicia…Senderismo rural en su más pura esencia, con el genuino olor a pueblo que cantara Manolo Escobar, nunca pensé que inhalar esos efluvios de estiércol iban a resultar un perfume delicioso, pues lo era….Me evocaba una vida más natural, más orgánica, más sana y apacible, más auténtica…El contacto con el campo otorga el soplo de aire fresco de la vida, te enraíza en la tierra, en las gentes, en la traditio....las grandes urbes deprimen, te despersonalizan y te devoran….

 

Tras un escarpado descenso llegamos a las primeras cascadas donde tuvimos la colación material, empanada gallega abundante degustada, masticada y rumiada con parsimonia sin fin al pie de la cascada musical, tras descansar en la desnudez punzante de la roca conquistamos el segundo salto de agua igualmente espectacular, dejando la tercera, más recóndita perdida en el misterio…volvimos exhaustos por la caminata y fuimos masajeados con una dulce somnolencia en el coche, dejando que Morfeo nos invitase a una última ronda embriagadora....

 

El plato fuerte de los siguientes días fue la visita a Luanco, la suiza del cantábrico, a Candás y a Perlora, pueblos de ensueño, encantadores, realmente agraciados que me atraían con la fuerza de un imán gigante...me invitaban sino a vivir allí, a refugiarme en los veranos…Degustamos un helado artesanal de proporciones gigantes y sabor de pedigrí.

 

Los días fueron pasando apacibles en las elegantes calles del centro de Gijón, en sus entrañables sidrerías…Tiempo dio para escanciar el encanto natural del dorado licor y del chorizo en él bañado y para regalarnos unas fabes abundantes y sabrosas, realmente celestiales. Como lo es el arroz con leche tradicional revestido en una capa de caramelo, insuperable. También vimos la elegancia del club hípico, destilando cultura ecuestre y dimos paseos sencillos, pero muy deleitosos por la Camocha, ideal para deslizarse en dos ruedas o los Pericones, para juguetear sin prisa con un esponjoso e indómito bulldog francés....

 

Aún quedaban dos maravillas en el marco de la ensoñación…Oviedo, la legendaria Vetusta inmortalizada en la Regenta y Cudillero, renombrado pueblito pesquero…

 

Vetusta es una de las ciudades más hermosas que he visto, tal vez debería incluirse con Santander y San Sebastián en un triunvirato norteño espectacular.

 

Comimos en las faldas del Naranco una parrillada cárnica abundante sin parangón divisando una panorámica sublime de Vetusta…Tras visitar la emblemática iglesia románica de Santa María, llegamos a la sobria catedral que alberga el Santo Sudario y después tomamos un espumoso café elaborado en una recoleta cafetería pétrea a precio de saldo, ¿podía ser ese lujo tan barato?

 

Calles muy limpias escoltadas por placas de bronce, sumum de la elegancia, edificios señoriales de materiales variados, piedra, madera, ladrillo, pero siempre un gusto imperial, distinguidas calles del centro, paseantes con porte, tradición literaria y centenarios parques con árboles ciclópeos que ahuyentan el sol cancerígeno del mediodía, miles de rincones para recrearse y perderse sine die.

 

Como colofón quedaba Cudillero, pueblo pesquero tradicional, entrañable, coqueto para recrearse pausadamente en una sabrosa paella con bogavante… Muelle presumido siempre vigilado por fantasiosas casitas coloristas suspendidas en el encapotado cielo…Caminamos seducidos por unas agrestes playas en donde las olas rompían con ronco estruendo salpicando húmeda humedad y esparciendo el aroma incontaminado del cantábrico…tomamos el café en una preciosa terraza que parecía adentrarse como un galeón en el mar, poderoso y viril, siempre misterioso....

 

Fueron unos días inolvidables de paz y serenidad infinita que me hicieron olvidar por completo el vacío existencial que puede tener la vida de un hombre soltero...

 

No podía dejar de nombrar la excelente acogida de las gentes asturianas, muy amables y humanas, familiares y entrañables, que te hacen la vida más agradable en cada segundo...

 

Incluso los periódicos locales, con suculenta información, henchida de tradición local amenizaban el momento sagrado del café y la pastelería artesanal, siempre deliciosa en Asturias.

 

En el norte encontré mi norte. He regresado a Barcelona rejuvenecido, con otra mentalidad, sabiendo que la vida es más rica y variada de lo que aparenta, que todo está en la mentalidad y apertura, que siempre es posible escapar del tedio y tener una experiencia vital en otro lugar del país o del planeta…