Hipermedicalización, lejos de escudriñar la cura del paciente, convertirle en un cliente crónico, haciendo de su salud un muy fructífero negocio. El objetivo ya no es curar, sino convertirnos en enfermos crónicos, patéticos zombis hipocondriacos. Siempre dependiendo de sus putas pirulas.

Al rico charlatán

Prioridades, muy alejadas de su circunspecta, sabihonda e ininteligible verborrea. Control absoluto sobre almas y cuerpos. La tecnociencia transforma nuestro cuerpo en un objeto controlado y codiciado por las grandes corporaciones farmacéuticas y tecnocientíficas, cuyos guías no necesitan ver a los pacientes para tratarlos. A distancia, mucho mejor. Y, plus, la 5G.

Tres claves. Tecnolatría, el anhelo de lucro y el afán de prestigio de los médicos, puro postureo. Las grandes corporaciones transforman a los pacientes en bancos de pruebas para los nuevos productos que expulsan al mercado. Aventurismo tecnólatra con su yatrogenia adjunta que, lógico, implica innecesarios riesgos. Y, siempre, a coste de inventario. En lontananza, las mezquinas egolatrías de los galenos, la persuasión/manipulación industrial y la potenciación de las marcas hospitalarias, tanto estatales como privadas. Disputa inmoral, en definitiva, por adueñarse de nuestros cuerpos y mentes a través del miedo, siempre tan eficaz: si no te zampas la pasti, la cagarás. Recuerda, soy el puto amo. Un bata blanca. Saber, poder, colosal paparrucha.

Oncología, lo peor

No deseamos morir, ni tampoco ambicionamos el dolor ni la tristeza. Entonces, truqui de turbio tahúr, se medicalizan la muerte, el dolor y la tristeza. Vence farmaindustria. Salen al mercado drogas, las llaman medicinas, dudosamente fiables. El trile se factura con propaganda masiva. Convenciendo a los matasanos, a veces con métodos dudosamente honestos. En la oncología, lo más normal del mundo, clásico imperecedero.

La oncología es una de las prácticas más putrefactas de la medicina. Demasiada plata en juego. La gran mayoría de oncólogos de cierta nombradía cobran directamente de FarMafia. O a través de ensayos. O en especies. O a través de congresos. Todo oncólogo, tan proteico en sí. La oncología, una de las especialidades médicas con más peculio sobre el tapete.

Medicina, ¿qué coño es eso?

La medicina, antaño, ilustre arte de curar. Hogaño, innoble faena de cular. De dar por el culo. En el actual contexto cultural y socioeconómico, condicionado ineludiblemente por el tenebroso casamiento del turbocapitalismo con la tecnociencia, quien visita al médico se topa con todo un totalitario sistema sanitario cuyo interés no es necesaria ni prioritaria ni remotamente su salud. Es otra cosa. Más sombría. En fin.