España, constitucionalmente condenada al triste papel de las cariátides que soportan, frías y silentes, el peso del lupanar en el que retozan, en régimen de barra-libre, los traidores y los cobardes, se ha convertido en un cajero automático para el vandalismo y la rapiña de los separatistas quienes, en una rica mezcla de simbolismo irónico y paradoja patibularia, van a ver recompensada su vileza permanente con más dotación presupuestaria para seguir financiando, en los territorios que gobiernan como sátrapas medievales, el odio a España… que es su negocio más rentable.

¿Es esto una Nación? ¿Es esto un Estado? ¿Qué es esto?: un territorio en el que vivaquea una horda de bandidos que “okupan” las instituciones con bandoleros armados de una ristra de mentiras contra España a los que, a cambio, se les regala un respeto democrático que no merecen, una representación parlamentaria que obtienen en una tómbola electoral tan trucada como las ruletas de los casinos de la Mafia, y una hiperfinanciación que vacía los bolsillos y siembra de sal el presente y el futuro de los españoles que no reniegan de su origen.

Para la extorsión permanente y para el robo cotidiano, para el insulto gratuito y la vileza sin respuesta, para la administración del odio y la sedición, para cobrar puntualmente las treinta monedas de plata, que desde hace dos mil años es el salario de todos los traidores, para colmar la bolsa de sus publicanos y la vanidad de sus diputados, para patear sin riesgo el escroto de los españoles y saquear sin miedo sus menguadas faltriqueras, los separatistas sólo tienen dos armas: la pasmosa cobardía de los gobiernos de España y la conciencia leprosa de Pedro Sánchez.

¡Vae victis! ¡Ay de los vencidos! ¡Pagad a los traidores, cobardes!