Mi corazón está de luto, como el de Anson y el de Ussía, porque el IMSERSO acoge sin pompa ni protocolo, sin que un pelotón de alabarderos le haya rendido honores, a Juan Carlos I el Campechano, el borbón con vocación de Prometeo cheli, que al igual que el Titán griego le robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, él le hurtó la Monarquía al olimpo de la liturgia y el rito franquistas para desparramarla democráticamente en las tabernas y en los colmaos, en las casas del pueblo y en los tablaos, que es donde late la pulsión popular ibérica; ésa que ya no lleva la navaja en la liga pero que,  de cuando en cuando, con pucherazo y tintorro, cincela a hostias en el calendario un  14 de abril y se acuesta con una miliciana con la misma devoción con la que veinticuatro horas antes se acostaba con el “cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos guardan mi alma…” 

Mi corazón está de luto porque en los Medios de Comunicación españoles se ha tratado la jubilación del glorioso híbrido de Fernando VII y de Isabel II como si estuvieran todos ellos dirigidos por un “facha” de El Alcázar… no, si al final va a tener razón Pablo Iglesias, cuya metamorfosis le ha hecho la mudanza de Vallekas al palacio del Conde Vronsky  más rápido de lo que tardó en llegar a Cartagena Alfonso XIII, el abuelito del jubilado, cuando el montaraz pueblo español se sacó de la liga un 14 de abril. Es una vergüenza que ya no esté en vigor aquel ejemplo de manipulación periodística que oficialmente se llamó “el pacto de los editores”, y que los periodistas fascistas y rojos llamaban “el pacto de la bragueta” pues su función, largamente cumplida, consistía en ocultar o edulcorar los saraos de bolsillo, cartera y bragueta de un monarca tan democrático que puso la Corona como icono del felpudo de los separatistas y al alcance de las alpargatas de Podemos, que llevaron a la Zarzuela del niño Felipe los piojos y la caspa del 15-M, para regocijo de Joaquín Sabina y de su musa borde, Letizia Ortíz. 

 

Por cierto, que la musa del pacto de los editores, vulgo bragueta, fue, sin ella saberlo, una periodista norteamericana que alcanzó el estrellato como becaria en la Casa Blanca. Claro que, cuando el pacto de la bragueta entró en vigor, Mónica Lewinsky sólo mamaba biberones. Después se hizo mayor y siguió gateando… como la mayoría de los periodistas españoles ante Juan Carlos I el Campechano.

 

Aunque el IMSERSO tiene menos fondos que la Generalitat catalana seguro que al Campechano, al rey de la democracia, que no de España, le apañan un viaje con pulserita de pensión completa a Botswana para bailar los pajaritos con sus princesas prusianas, de apellidos tan largos como sus piernas y tan impronunciables como sus secretos de alcoba y de banca. ¡ Cuidado, Dumbo, que se ha jubilado!