Hubo una época en que el feminismo supuso una justa y necesaria reivindicación de las mujeres en cuanto a equiparación con el varón en derechos ciudadanos, si bien desde hace décadas sus objetivos pasan por desencadenar una especie de lucha de clases en versión de géneros (con uno opresor, el masculino, al que se culpa incluso del rol biológico por excelencia de la mujer, la maternidad, y otro presunta y secularmente oprimido, por supuesto el femenino) biológicamente diferentes (se pongan como se pongan sus histéricos voceros, lo somos, como demuestra nuestra distinta conformación cerebral, capacidades físicas, etc.) cuyo resultado final (como el de todos los dolorosos “partos” marxistizantes que en la Historia han sido) sería el de alumbrar una nueva y utópica sociedad “perfecta” (por igualitarista) aun siendo contraria a la naturaleza.

 

Un feminismo sectario, maniqueo y dogmático que, en absoluto representativo de la mayoría femenina y ajeno al análisis ecuánime del contexto socioeconómico, la psique humana e incluso el significado de la propia vida, ha envenenado el debate cultural del presente al centrarse en los postulados de la deleznable ideología de género, lo que se traduce en una agresiva retórica donde, con la inestimable ayuda de la férrea censura político correcta, todo vale con tal de criminalizar al hombre: desde falsear datos a manipular estadísticas, pasando por adoctrinar en las escuelas, proponer descabellados experimentos lingüo-inclusivos o erigir una lucrativa “industria del maltrato” para que las muy elitistas y aburguesadas adalidas (las mujeres efectivamente oprimidas no están para “revoluciones”, bastante tienen con ir tirando) de las maltratadas (a las que sospecho en el fondo les importan bien poco) consigan prebendas sin cuento.

 

Porque lo grave aquí es que lo que podía haber sido otra estúpida tendencia de esta caduca etapa en la Historia de Occidente viene avalado, vía fondos estatales, por el discurso oficial. Así, poco a poco, con la aquiescencia de numerosos representantes públicos y la dejadez de otros, este feminismo ultramontano - cómplice para más inri del neoliberalismo salvaje en lo que a pulverizar los últimos vestigios de tradición se refiere - ha ido endureciendo su postura exigiendo legislaciones crecientemente irritantes para la ciudadanía que, lejos de haber logrado disminuir las muertes de mujeres en los diferentes sucesos de violencia doméstica, han propiciado el aumento de los suicidios en aquellos varones víctimas de las frecuentes marrullerías legales acaecidas en los procesos de divorcio.

 

Es el caso, en España, de la bochornosa Ley Integral contra la Violencia de Género, la cual persigue alterar los valores sociales en función de un sesgado planteamiento ideológico presentando siempre al varón como un maltratador en potencia y a la fémina como una víctima (algo que la realidad, no la propaganda mediática, desmiente a diario) y cuya praxis está generando la vulneración de derechos fundamentales tales como la presunción de inocencia: ¿desde cuándo una injusticia se soluciona generando otra?

 

Nadie discute que hombres y mujeres debamos ser iguales en dignidad y derechos, quede claro. Otra cosa es que quienes reconocemos la dualidad natural hombre/mujer como una relación de iguales con diferencia de dones y virtudes y no como de superioridad/inferioridad tengamos que soportar que la demagogia ideológica se nos imponga poco menos que por decreto ley.

 

Argumentos desde luego hay de sobra para que este otrora digno movimiento rectifique la deriva totalitaria y antiantropológica en que se ha instalado, pero lo dudo, porque hace tiempo que el feminismo dejó de defender a las mujeres; solo defiende los sueldos y privilegios de los muchos paniaguados que, instrumentalizándolo, irresponsablemente nos esquilman y nos enfrentan.

 

Ricardo Herreras