El timo de la ideología presenta serios inconvenientes para la salud de los timados pues, de ser personas normales, mientras se encuentran abducidos por el engaño perpetrado contra su inteligencia, son inoculados por uno de los sentimientos más fuertes que existen: el odio. ¿A quién? Obviamente a la “clase” que les oprime. Y ese odio es promovido por los timadores, porque hace que los odiadores no se den cuenta de la realidad. Por eso, continuamente, les ofrecen razones para justificar que se odie a los antagonistas políticos.

 

Este efecto se ha estudiado y, al respecto, hay numerosas tesis y tratados en el campo, tanto de la sociología, como de la psicología, que han encontrado la explicación: el odio es contagioso y, además, se alimenta a sí mismo porque encuentra razones para sustentarse. Nadie puede estar mucho tiempo enamorado, pero odiando… Odiando se puede estar toda una vida. E, incluso, pasarlo de una generación a otra. Porque odiar, al ser un sentimiento, no una razón, convierte al odiador en presa fácil de los timadores, que exacerban su parte emocional frente a la racional. El odiador es manipulable y, convenientemente tratado, se puede transformar en un ser dañino y sin escrúpulos morales, que ve en los demás a sus “enemigos”, que no son tales salvo en su imaginario enfermizo.

 

Y si el timo de la ideología marxista produce estos efectos, no les quiero contar el de su variante nacionalista. Sí, porque el nacionalismo es una variante del timo de la ideología marxista. Fíjense bien. La variación consiste, no en la desigualdad, sino en la igualdad. Para estos estafadores sociales, el problema es que existe “igualdad” y, como solución, aportan la “diferencia”.  Por lo demás, el “modus operandi” es el mismo. Su primer trabajo es convencer a los incautos de que forman parte de un “pueblo” (v.g. el catalán, el vasco…) al que los enemigos, por envidia supongo, no le reconocen su “hecho diferencial” que, mira tú por donde, les convierte en mejores que el pueblo que aborrece esa diferencia (v.g. el español). El pueblo opresor, es menos listo, más gandul, más tonto… Más todo lo malo que se les pueda ocurrir. Pero, mira tú por dónde, no se sabe muy bien por qué, el caso es que les explotan y les quieren quitar lo más sagrado para ellos: sus señas identitarias. Y no faltan los eslóganes del tipo “España nos roba”, ni las “brechas”: “aportamos más al estado que recibimos de él”, “el cupo vasco hay que negociarlo”… Todo esto les suena, ¿verdad?

 

El timado nacionalista no sólo se convierte en odiador, sino que, además, desprecia todo cuanto tenga que ver con el odiado: su lengua, sus signos, sus estamentos… Y así, en cualquier concentración de infectados es corriente ver cómo se queman banderas (por supuesto, españolas), fotografías del Jefe del Estado, y se arrincona la lengua común en detrimento de la local. En general, todo cuanto tenga que ver con lo igualitario se proscribe, en beneficio de lo diferenciador. Para los timados infectados por el odio, todo vale, pero más que nada, la humillación pública del adversario, al que insultan con términos despectivos (charnego, maketo), utilizando también como invectiva el nombre por el que se denomina al odiado: en esas dos zonas de España, “español” es un insulto.

 

Y lo peor es cuando, al nacionalismo, le añadimos el socialismo y se convierte en nacionalsocialismo. Lo peor de cada casa. Porque a todo lo anterior, le añadimos cuestiones de raza (ADN, capacidad craneoencefálica, RH predominante). Y ése, el nacionalsocialista, además de odiar y despreciar, es capaz de matar porque, no es que no vea al otro como persona, sino que lo tiene por enemigo de su pueblo.

 

¿Piensan que es muy exagerado? Puede ser. Pero sepan que, en Alemania, tanto el comunismo como el nacionalsocialismo están prohibidos. Ellos han “disfrutado” de ambos y creo que sus razones tienen para hacer algo así.