Quiere ser inocuo, pretende ser el Rey de los fluidos; no el agua que fecunda, hidrata y fortalece, el agua que bendice, eso sería mucho y todo “antidemocrático”, sino simplemente incoloro, inodoro e insípido. Quiere resultarle cómodo a sus adversarios e invisible a sus enemigos, aún a costa de la lealtad acrítica de sus partidarios, pocos, muy pocos convencidos, pero sí conscientes de que la permanencia de la Nación pasa ineludiblemente por la continuidad de la Corona. Sentimiento entre mágico y abstracto nacido de la breve, aunque intensamente atroz, Memoria Histórica Republicana que hace que los españoles ágrafos (perdón por el pleonasmo) vean a la Monarquía como el único puerto de abrigo en cualquier lance histórico que ponga en peligro a la Nación. A mayor vértigo en los acantilados de los Balcanes, más fuerte e inconsciente es el apoyo popular a la Corona.

Esa percepción popular de la Monarquía, tan sólida como los telúricos vínculos sociales: el miedo y la confianza, que, perdiéndose el uno al otro, se fortalecen el uno en el otro, debería conformar la auténtica Guardia Real de Felipe VI. Sólo esa dote, no ganada personalmente, heredada de los Visigodos, legado de la milenaria unción de la Corona y la Nación, del Rey y el Pueblo, constituye un arsenal tan poderoso y legítimo como para que Felipe VI se lo hubiera mostrado, en su discurso de Nochebuena, a los enemigos de la Patria que, por serlo, lo son también suyos. Hubiera bastado con que Felipe VI hubiese evocado la célebre frase del Cardenal Cisneros dirigida a los nobles levantiscos que cuestionaban su regencia y sus poderes, en la espera de la llegada a España del Emperador Carlos, “Estos son mis poderes”… les dijo mientras les señalaba un batallón de artillería en formación de combate en el patio de armas.

Esos son sus poderes, Majestad, los batallones del pueblo que, probablemente a pesar de usted mismo y de su familia, le profesan a la Monarquía una lealtad acrítica nacida de la milenaria inercia histórica y reforzada en la memoria cantonal de la I República y en el recuerdo del terror rojo de la II República. Con eso hubiera bastado para que sus enemigos que, por serlo, lo son también de la Patria, comenzaran a volver grupas. Pero usted, Majestad, prefirió ser inocuo, y pronunciar un discurso placebo que no será ni su salvoconducto ni el de la Corona.