El pasado 30 de julio el Boletín Oficial de las Cortes publicó una proposición de Ley de Memoria Histórica y Democrática presentada en el Congreso el día 19 por el PSOE, la cual representa una vuelta de tuerca más, hasta pasarse de rosca si es que aún quedaba algo de ella, de las dos leyes que en el mismo sentido venimos sufriendo desde hace años.

Esta vez, y ante la endémica nula resistencia de propios y extraños por causa del erial en que se ha convertido España, los socialistas se atreven a entrar en explotación del éxito y no se cortan un pelo buscando lograr aberraciones tales como la supresión de los títulos nobiliarios concedidos entre 1948 y 1977; declarar el 31 de octubre –coincidiendo con la satánica festividad de Halloween— día de las “víctimas de la memoria histórica”; que se imponga a machamartillo en escuelas y universidades toda clase de “mentiras histéricas” sobre la etapa de gobierno del Caudillo; prohibir y sancionar como infracción grave con multas de hasta 100.000 € y cierre de la iglesia en que se celebren las Misas de funeral por al alma del Generalísimo –ellos que dicen no creer qué más les da-- y, cómo no, pues es consustancial al marxismo, que cualquiera pueda, y deba, denunciar el incumplimiento de cualquier punto de esta nueva ley.

Hasta aquí todo normal, porque viene de donde viene; porque no deja de ser una forma más de enseñar la patita del marxismo de siempre, sea socialista o comunista, desde su nacimiento, y más aún del anti-español; porque repetir mil veces una mentira es lo que han hecho siempre hasta conseguir que parezca verdad; porque tienen que tapar y hacer olvidar sus horrendos crímenes de toda su historia, así como los fracasos en todos los aspectos de sus miserables principios; porque no les queda otra para mantenerse vivos y a ser posible en el machito; porque cual degenerados sólo pueden y saben hacer degenerar todo lo que tocan; porque son los hijos de la obscuridad. Por todo ello y mucho más en el mismo sentido, nada nuevo bajo el PSOE.

Por eso, conviene insistir en que el problema no está en tal grupo de facinerosos cuya enfermedad no tiene solución. El problema real, lo grave del caso, la pena de España, es que ante semejante propuesta –salga adelante o no, sea parcialmente o en su totalidad—los no socialistas callan, miran para otro lado o, en el mejor de los casos, muestran su perplejidad y… siguen con sus vacaciones.

El Caudillo dijo que en los años de la nefasta II República siempre había conservado la esperanza porque la crisis de España no era moral. Hoy, siguiendo el hilo de su pensamiento, hay que concluir que el problema de España, de su tremenda crisis actual, que ya dura medio siglo, es que su enfermedad sí es moral y por ello su cura es difícil, muy difícil.

Cuando una sociedad se deja manipular y avasallar como la nuestra, cuando se somete dócilmente a las aberraciones de todo tipo que vemos y sufrimos desde hace décadas siempre de parte de los mismos y siempre con la complicidad por pasividad y silencio de casi todos, está perdida y se merece lo que se le cae encima.

O se reacciona actuando, o dejamos de mostrarnos perplejos y asombrados, o pasamos a la acción y a la ofensiva o… estamos perdidos. Cada uno en lo que pueda, por poco que sea. Aunque parezca una nada, será bastante. Una suma de pocos hace mucho. Un puntazo aquí y otro allí, aún deslavazados, hacen mella. No podemos perder ni la más mínima oportunidad. Hay que dar la cara con los propios y los extraños, los amigos y los adversarios. Hay que machacar una y mil veces con la verdad. Hay que perder la vergüenza. En definitiva, hay que hacer lo que han hecho ellos; y conviene reconocerlo y aprender del enemigo. Porque no eran nada y ahora lo son todo. Bien es verdad que mientras ellos venden la puerta ancha y la senda llana, nosotros predicamos la puerta estrecha y la senda empinada, pero es lo que hay y es lo que se debe. Nunca darse por vencidos. No cejar en el empeño. Menos decir y más, mucho más, hacer. Menos lloriqueos y más acción. Nos va todo en ello. Y, desde luego, es nuestra obligación tanto como nuestro derecho. Al menos, si hay que caer que sea con las botas puestas y no con los pantalones bajados.