Los resultados de las acciones autonómicas de Andalucía siguen generando comentarios y análisis por las consecuencias que implicó el llamativo resultado de Vox, que logró un resultado histórico para su formación y para la Comunidad Autónoma, en la medida en que ha servido para que, por vez primera, la Junta de Andalucía no esté gestionada por el PSOE, que, ciertamente, no ha dado muestras de aceptar el resultado con la dignidad de un partido político de entidad nacional.

El artículo 10 del Estatuto de Autonomía de Andalucía indica que “La Comunidad Autónoma de Andalucía promoverá las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; removerá los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y fomentará la calidad de la democracia facilitando la participación de todos los andaluces en la vida política, económica, cultural y social”. Ese precepto, lamentablemente, importa poco a Susana Díaz, que ha mostrado en numerosas ocasiones su sentimiento de rechazo por la posición mayoritaria de los ciudadanos en las últimas elecciones andaluzas.

 

Ciertamente, Susana Díaz ha protagonizado varios ataques a la democracia andaluza. El mismo día en el que perdió las elecciones regañó a todos los que no acudieron a votar, como si tuvieran la obligación moral de votar al PSOE, del que muchos se han cansado en Andalucía, o a los dirigentes de Izquierda Unida y de Podemos, que ya no convencen como antes. Posteriormente, para el día de la investidura de Juanma Moreno Bonilla como nuevo presidente de la Junta de Andalucía, Susana Díaz convocó una manifestación feminista ante la sede del Parlamento andaluz, aunque esa decisión resultó ser de difícil encaje con imágenes de un pasado en el que los gestores del Gobierno andaluz pregonaban las virtudes de su Comunidad Autónoma, sin llegar a comentar con la debida responsabilidad los graves problemas económicos y sociales de los andaluces.

 

Es muy fácil para una persona hablar bien de la democracia cuando los resultados electorales han estado favoreciendo a su partido político durante más de treinta años, pero, para ser un buen demócrata. hay que saber respetar los resultados producidos siempre en las elecciones libremente elegidas, aprovechando adecuadamente las victorias y aceptando las derrotas provocadas por las manifestaciones de la voluntad popular. Criticar los resultados electorales adversos sin reconocer los defectos propios hallados por numerosos errores y decisiones arbitrarias solo sirve para revelar un carácter eminentemente autoritario y las ansias de poder para satisfacer los intereses propios.