Cierro los ojos y me traslado sin quererlo a mi infancia. Eran los tiempos de «Cuéntame».
Vivíamos con lo justo pero no faltaba nunca lo necesario. Familias numerosas que hacían de un sueldo una lotería cada mes. Aquellos años en los que nuestros padres nos decían NO, y esa negativa se convertía en una enseñanza, nunca en un reto. Esos años en los que no había un armario para cada hermano sencillamente porque la ropa nunca se guardaba, siempre se heredaba, hasta que al llegar al séptimo infante, se transformaba en trapos para limpiar los cristales de casas de techos altos y calefacciones de carbón. Aquellos tiempos en los que papá llevaba los pantalones, y mamá la falda.
Navidades en que todos los hermanos poniamos el Belén el mismo día que al más afortunado de España le caía el premio gordo.
Aquellos largos veranos entre prados vestidos de verde y olor a estiércol, rodeada de vacas, y bajo el llanto constante de las nubes que revestían el cielo de mi tierruca del alma.

Aquellos domingos de misas cantadas y niños sentados en los bancos dando patadas al aire, mirándose unos a otros, tramando una escapada inmediata tras oir al cura el famoso «podéis ir en paz».
Aquellos años, en los que me tocó nacer, crecer y aprender. Los mejores años de mi vida.

Por eso cierro los ojos, para que mi recuerdo me traslade a ellos. Porque en ellos aprendí que con muy poco se puede ser muy feliz y que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.
Daría años de mi vida por regresar a mi niñez, y volver a tener las mismas sensaciones que tenía.
Por todo ello, de aquellos inolvidables tiempos, me quedo con lo mejor, con casi todo lo que tuve, pero sobre todo me quedo con «lo que no pude tener».