En menos de cuatro años, cuatro han sido las veces que los españoles hemos tenido que votar en unas elecciones generales. Una historia que comenzó poco antes de aquel comienzo de 2016 y se terminó hace unas horas con la última convocatoria en este final del 2019.

 

El domingo me acerqué a mi correspondiente colegio electoral  a ejercer ese reiterado derecho que ya me ha quedado claro que tengo y que de antemano sabía que no iba a cambiar lo suficiente el color de un actual parlamento que necesita una regeneración profunda en cuanto al proceso usado para su formación y su propia composición. Cuatro votaciones que no han servido para agotar ninguna legislatura. ¿De quién es la culpa?

 

Me hace mucha gracia escuchar a todos y cada uno de los distintos estratos sociales del país, que en comercios, bares, reuniones de trabajo o en la misma calle, critican a los políticos por no ser capaces de ponerse de acuerdo en la formación de un gobierno de continuidad. Y me hace gracia como mejor de las opciones, frente a querer negarme a pensar que la mayoría de la sociedad tiene la misma cultura política que mi carnero.

 

¿La gente sabe lo que vota y para qué vota? Esta pregunta que parece absurda por lo sencillo de su planteamiento es la clave para que la próxima vez que mi carnero y sus homónimos tengan que ir a votar, intenten pensar en ella y reflexionen sobre el porqué del sistema instaurado y los motivos por los que se obliga a la plebe, usando este término en sentido histórico, sobre quién quiere que ocupe los escaños en los que creen se decide algo de lo que pasa a nuestro alrededor.

 

Me apasiona la antropología, la sociología y la historia como medios para entender las tonterías que hace la gente. Y en días de elecciones me lo paso como un gnomo, de esos que corretean al lado del carnero, sintiendo como el césped le hace cosquillitas en los huevos. Ver colas de individuos e individuas, que en una jornada de reflexión han decidido ir a votar rojo y morado porque su abuelo murió fusilado en una guerra de la que no saben nada y que acabó hace mil años, contentos por haber vencido la dictadura franquista después de haber acabado esta, hace otros mil años y sin saber a qué se dedica un senador, lo útil de una enmienda aunque no sea a la totalidad, una comisión parlamentaria incluso económica o la mismísima Constitución Española, sin entrar en Victor d`Hondt y el cómo se reparten los votos, es entretenido de cojones.

 

Mis textos no suelen hacer amigos y todo suele estar dicho. Quizás esos sean los motivos por los que cada vez escribo menos o cuando lo hago, solo escribo lo que los demás piensan son textos complicados o tonterías en el mejor de los casos. Pero hoy si me apetece dejar mi opinión sobre estos últimos procesos electorales, en un momento en que la situación del país necesita la ayuda del votante. España vota colores que representan partidos y no se da cuenta que a través de las urnas podemos ofrecernos a nosotros mismos, un nuevo orden constitucional y eso se hace pensando en erradicar las estructuras sociales que con fines económicos, que no idealistas, se pronuncian y trabajan para atentar contra el todavía Estado de Derecho que disfrutamos.

 

Estas estructuras son partidos creados y financiados para tal fin. Partidos extremos que han demostrado no quieren formar gobierno, que les importan tres narices los españoles, a la vez que son capaces de arrastrar a los constitucionales a cometer el mismo delito.

 

Decía Aristóteles, que somos lo que hacemos y que por tanto, la excelencia es un hábito más que un acto. Lo que este polímata quería decir, es que la mayoría de los griegos que en aquel momento le rodeaban, eran muchísimo más tontos que él. ¡Tristemente nadie le entendió!