Mientras las navajas cabriteras siguen en alto por un quítame allá la investidura de Pedro “Mecachisquéguaposoy”, Pablito Casado, el caniche de Aznar que adoptó Rajoy, y el novio de Malú renuevan esfuerzos en su denodado empeño, no de salvar a la Patria, sino de empadronarse per sécula seculorum en el Centro; entelequia política cuyo patronazgo y liderazgo ambos reclaman en exclusiva. Como mi brújula no localiza ni señala el Centro, tengo para mí que el Centro es la derecha una y trina, ésa a la que Franco llamaba la Derechona, formada por conservadores de casino y levita, demócrata cristianos de conspiraciones cotidianas y caridades dominicales, y liberales de master made in USA, sin más Patria que el Becerro de Oro ni más evangelio que el Financial Times.

En mi particularísima y subjetiva galería de golfos de la política le tengo yo asignada la carta fundacional del Centro al diputado francés Barére, que en la Asamblea Nacional propuso hacerle un trono con diamantes a Luis XVI y, poco después, en el proceso contra el Rey, votó a favor de la pena de muerte para el Monarca pronunciando la célebre sentencia que decía: “El árbol de la libertad debe regarse con sangre real”.

El Centro político no es más que ése salón de baile en el que la ausencia de principios, enmascarada de pragmatismo y vestida siempre de decadencia, danza con el golfo más audaz, con el tonto más engolado o con el pirata más cínico para llegar al poder. En ése salón bailaron Metternich y Talleyran, el mismísimo Fouché y los borbones del exilio francés que regresaron a París de la mano de los ejércitos ingleses, enemigos de su Patria y que, curiosamente, fueron puestos a salvo diez meses después por tropas francesas cuando Napoleón Bonaparte volvió de Elba. En España, los “travoltas” de ése salón de baile han sido Gil Robles, Alcalá Zamora, Portela Valladares y sus herederos postmodernos de la UCD, AP, PP, UPyD, C,s y demás derechita refunfuñona y progre.

Cada vez que oigo a un político autotitularse de Centro siento arenas movedizas detrás de sus palabras. Aunque eso sí, tienen oficio, mucho oficio, estos golfos del Centro. Tanto oficio como esos músicos mediocres y sin genio (Luis Cobos es el paradigma) que con tres notas del “Claro de Luna” son capaces de escribir toda una sinfonía con sólo desarrollar el tema y cambiar el tono y el ritmo. El Centro es la hipocresía sonora de los políticos, abundante en tópicos y en superlativos cansinos. El Centro es esa hipocresía franca llena de facundia, esa hipocresía que se convierte, a fuer de tanto usarla, en la franqueza de ese impostor oportunista que es el político español sagastacanovista.

“Todavía no sé quiénes vamos a ganar las elecciones”, decía Pío Cabanillas… si los que queremos hacerle un trono con diamantes al Rey o los que queremos cortarle la cabeza… añadiría el diputado francés Barére. Eso es el centro.