Era un dos y de diciembre. A cuatro días de la celebración de los cuarenta años de una Constitución que  inauguraba –sin previo proceso constituyente preceptivo- un cuerpo normativo que abria la posibilidad de fraccionar un Estado Unitario en 17 partes.

Era dos y de diciembre y, en un lugar donde un partido de izquierda que había olvidado ya toda referencia a Marx y se había entregado a todas las instituciones globalistas e internacionales, perdía unas elecciones autonómicas.

Era dos y de diciembre y…todos los que habían perdido votos y escaños se proclamaban vencedores y los que se sentían menos vencedores llamaban a la lucha en las calles.

Cuarenta años habían bastado, en un largo desierto de ideas que se iban entregando como jirones para tocar y disfrutar de oropeles y sueldos públicos, para abrir los ojos a una nueva realidad donde el pasado se detenia para arrojar toneladas de incertidumbre sobre el presente.

Cuarenta años de deconstrucción de un tejido legal y social que había garantizado una extensa clase media, una industria pujante y toda una serie de servicios públicos repartidos uniforme e igualitariamente por todo el territorio nacional.

Aquella idea de “acercar la administración al ciudadano” como cebo para desarrollar 17 parlamentos, 17 neo feudalismos, 17 reinos enfrentados entre sí por el agua, por la educación , por los impuestos, por la sanidad, estallaba en el rostro de políticos ajados aferrados a un poder que había perdido ya todo contacto con el pueblo real que madruga y vive a pesar de todos ellos.

Callaron las urnas en las llanuras andaluzas y la noche dejo el silencio de una batalla que pocos creyeron dejara tanto caído por el suelo que se creyera vivo.

La oscuridad tras los micrófonos, tras las calles desiertas en esa madrugada dejó extendida la incertidumbre del color del amanecer que llegaría. Muchos conciliarían el sueño creyendo que nada había ocurrido y todo seguiría los caminos trazados por aquella norma que, año tras año, como cada 6 de diciembre, celebraban en ceremonia vacia .

Todos habían perdido pero nadie quiso reconocerlo ante todos alto y claro. Todos. Incluso hasta aquellos cuya voz –sin votos apenas- llevaban esos mismos cuarenta años advirtiendo de la deriva destructiva de un régimen pergeñado para la división y la miseria.

En ese estrepito que dejan las modernas elecciones tras su cierre quedan enterrados el viejo socialismo de tortilla y manta campera que creyo –un dia lejano- poder ser el moderno recambio de aquellos jóvenes de fuego de campamento; quedaron enterrados los modernos ricos que miden su éxito por la marca de su reloj o el numero de banderas de España en su muñeca; quedan enterrados los que diluyen en la igualdad bovina mundialista el deseo de una patria con personalidad propia; y quedan enterrados los que anhelando la destrucción de todos los anteriores se creyeron los sumos sacerdotes de eso que llamaron “la gente”.

El silencio de esta mañana que irrumpe lenta y fría reflexiona sobre quienes han irrumpido. Quizá lo mejor que les pueda ocurrir sea seguir acampando fuera pero con tropas ya galopando por estancias que merecen escoba y toga justiciera. Un largo camino aguarda si todas esas banderas que se habían puesto en pie –sin miedo a nada ni a nadie como reclamaba su líder en clara evocación piñarista- no saben permanecer todavía fuera, acampando, donde las voces se buscan unas a otras sin distinción de clase, interés u otra idea que no sea esa única bandera.

Una única bandera que, como decía ese hombre de porte espartano –recordandonos a Ramiro- : “ Solo los privilegiados, los pudientes, pueden permitirse el lujo de no tener Patria. Precisamente las personas obreras, de clase media, las personas que más dificultades en el dia a dia, son las que mas necesitan la Patria, son las que más necesitan a la sociedad, ese anclaje, esas raíces”.

La Politica, al fin y al cabo, no ha dejado de ser un instumento. Deberia serlo por encima de todo fin personal espureo y personal.

La Europa de las Patrias que alza la voz en Francia, Alemania, Hungría, Italia parece que ya no acaba en los Pirineos. ¿Podrá caminar unida hasta los Urales, hacia esa Eurasia que Alexander Duguin nos enseña como solución multipolar al infierno del mundo único del mercado global?