Fotografía: Revolución de octubre 1934

La ilegal e ilegítima II República fue sólo un eslabón del proceso revolucionario que España sufría desde hacía varias décadas. La posterior legitimidad de dicha república se debió, sólo, a su tácita y/o explícita aceptación por la mayoría del pueblo, pero más aún de los funcionarios al actuar conforme al principio de obediencia debida.

La prueba de que era un eslabón de un proceso revolucionario es que de inmediato, tan sólo al cabo de un mes, se llevó a cabo la quema de conventos y estallaron numerosas huelgas revolucionarias y revueltas que fueron permitidas y alimentadas por dichas nuevas autoridades, bien que gracias a la complicidad de la obediencia debida. Quedó entonces claro que la II República no se quería democrática y parlamentaria, sino que evolucionara hacia una república socialista, revolucionaria, de corte bolchevique. Ahí radicó la sorpresa, ahí surgió el desencanto, ahí saltó la señal de alarma de los que de buena fe o por inercia habían puesto sus esperanzas en el nuevo régimen.

La Revolución de octubre de 1934 fue un ensayo extremo --“razones” y excusas aparte-- para tantear voluntades y fuerzas. Lo que vino después fue producto de ese mismo proceso revolucionario que al hacerse con el poder fraudulentamente en febrero de 1936 consideró que tenía vía libre porque, de buena o mala gana, la maquinaría de la obediencia debida funcionaba. Pero cometieron el error de descubrir en demasía sus objetivos, fiados en buena medida en esa obediencia debida que hasta ese instante no había fallado. Entonces, ejerciendo el derecho y aún más a la obligación a la desobediencia obligada, se produjo el Alzamiento; no hacerlo hubiera sido traición. La máquina de la obediencia debida se quebró.

Tras el fallecimiento del Caudillo –desde antes, pero sobre todo desde su muerte--, España viene siendo sometida a un idéntico proceso revolucionario cuyo objetivo es el mismo que el citado: la subversión y destrucción del orden establecido para imponer una dictadura socialista, marxista, revolucionaria. La Transición fue sólo la fachada que cubrió la primera fase, la fase suave, de guante blanco, disolvente, y lo hizo porque la maquinaria de la obediencia debida funcionó a la perfección. La etapa etarra y ahora la rebelión catalana –de “golpe” no tiene nada-- no son sino etapas avanzadas de dicho proceso revolucionario.

Los años pasados han visto cómo dicho proceso se ha ido consolidando y ganando terreno. Todo gracias a que, además de que esta vez se han tomado su tiempo, la obediencia debida ha funcionado a la perfección llegando a convertirse en total sumisión; y ello hasta límites increíbles. Ejemplos hay muchos, citemos sólo dos actuales: en contra de sus más sagrados juramentos y misiones las FF.AA. y de seguridad permiten que nuestras fronteras sean vulneradas o bloqueadas, según el caso, o que los revolucionarios se hagan con las calles, y ello porque, según dicen, en aras a la obediencia debida.

Pues bien, sobrepasados con mucho los límites más extremos, y visto que la revolución avanza gracias en buena medida a dicha obediencia debida, la mejor, más eficaz y puede que en estos tiempos única arma para frenar y neutralizar el proceso revolucionario que nos destruye como pueblo y como nación es apelar a la desobediencia obligada, a desobedecer a aquellos que por mucho que ocupen sus cargos de forma legal, ha  caído en ilegitimidad al actuar vulnerando sistemáticamente todas las normas y principios incluso constitucionales, trabajando en beneficio sólo de la revolución y en contra de los sagrados intereses de la patria. Impedirlo está en la mano de todos y cada de los que tienen, por razón de su profesión y cargo, un puesto de responsabilidad y unos juramentos y principios a los que hacer gala; más los superiores que los subordinados, claro, pero todos y cada uno de ellos, al fin y al cabo.

Y es que la obediencia, excepto a Dios, que debe ser absoluta, tiene sus límites. Por eso, no se pueden obedecer órdenes o disposiciones manifiesta y evidentemente antinacionales, por no decir antipatrióticas. No se puede permanecer obediente a aquellos que permiten, amparan e incluso alimentan acciones revolucionarias que van directamente contra España. Seguir esgrimiendo la obediencia debida, y no ejercer el derecho y la obligación a la desobediencia obligada, dadas las circunstancias, es traición. Al que lo haga, las próximas generaciones se lo reconocerán y agradecerán; al que no, se lo reclamarán.