Dieciocho años después de los atentados del 11 de septiembre un informe espectacular ha visto la luz en medio del silencio general de los medios. En efecto, aquél 11 de septiembre de 2001, tras el derrumbe de las dos torres gemelas, un tercer edificio de 47 pisos, conocido como WTC 7, se vino abajo a las 17.20 horas. El estudio del organismo federal NIST (National Institute for Standardization and Technology) concluyó que el hundimiento se debió al fuego producido por las oficinas incendiadas, dado que sobre él no había impactado ningún avión.

Pero la semana pasada, los doctores Leroy Hulsey y Zhili Quan, del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de la Universidad de Alaska, y por el profesor Feng Xiao, del Departamento de Ingeniería Civil de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Nanjing, pusieron a disposición del público por espacio de un mes el borrador de su estudio, elaborado a lo largo de 4 años, acerca del hundimiento del WTC 7. Según los autores, “la principal conclusión de nuestro estudio es que el fuego no provocó el colapso del WTC 7 el 9/11, contrariamente a las conclusiones del NIST y de las empresas privadas de ingeniería que estudiaron el colapso. La segunda conclusión es que el colapso del WTC 7 se debió a un fallo global provocado por el fallo casi simultáneo de todas las columnas del edificio”. Esto solo puede producirse por una voladura controlada, de las que llevan meses preparar.

Es bastante difícil etiquetar como “conspiracionistas” a los autores de un informe técnico altamente profesional. Quizás por eso ha caído sobre ellos el más apabullante de los silencios. Efectivamente, a fecha de hoy en los EEUU solo una estación de TV local de Anchorage, Alaska y el periódico local “Fairbanks Daily News-Miner” se han hecho eco de la noticia. Es decir, nadie lo conoce.

Que el hundimiento del WTC 7 era altamente sospechoso ya era evidente, tras ver el documental del grupo independiente “Architects & Engeneers for 9/11 truth”, que puede verse en el enlace (subtitulado en español) https://www.ae911truth.org/languages/spanish. Ahora las dudas crecen y es inevitable sacar conclusiones o, por lo menos, dudar de lo que se cuenta.

Lamentablemente, dudar va a ser cada vez más costoso. El ataque a la opinión no viene desde la razón, como era de esperar, si no de la ideología. El pasado mes de marzo la escritora, y nada más que escritora, Lucía Lijtmaer, pontificaba desde “El País” un artículo titulado “La era de los reptilianos” (23.3.2019) recurriendo a la vieja estrategia de mezclar, sin ton ni son, churras con merinas, e incluso con rinocerontes si llega el caso, a fin de descalificar los que a ella no le gustan. Lijtmaer apunta, como no, a la “extrema derecha” y en su desarrollo pseudológico va desde los “reptilianos” hasta el Brexit, para así cumplir con la nómina que le garantiza el pesebre.

Lijtmaer nos ilustra: “Hasta muy recientemente se presuponía que la carne de cañón de las teorías conspirativas era una masa uniforme de ignorantes y paletos capaces de sucumbir a las más absurdas teorías sin base alguna con respecto al origen del universo, el cambio climático, o el atentado de las Torres Gemelas. Pero un reciente artículo de Julia Ebner en The Guardian alertaba de los peligros para la democracia que suponen no únicamente las teorías conspirativas, sino su construcción material, su andamiaje. Ebner citaba el ejemplo de la comunidad Qanon, que empezó en el foro 4chan, y con claros paralelismos con las redes de acción de movimientos de extrema derecha como la Liga de la Defensa Inglesa y Pegida. En los últimos tiempos, Qanon ha cooptado manifestaciones de chalecos amarillos e impulsado las campañas de la línea más dura pro-Brexit. El informe The battle for Bavaria, del Institute for Strategic Dialogue, del que Ebner formó parte, utiliza un caso de estudio: las elecciones bávaras. En él se detalla cómo la comunidad internacional de extrema derecha se movilizó, principalmente a favor del ultraderechista Alternativa para Alemania, y reveló cuáles son las nuevas comunidades transnacionales de extrema derecha que emergen en Europa y cómo participaron activamente en la elección de Baviera, difundiendo teorías de conspiración y desinformación con aliados transatlánticos”.

Ya han oído: una vez que lo “nazi” y lo “xenófobo” ha caído en el descrédito a base de endosarlo a cualquiera, digamos simplemente que se debe alertar “de los peligros para la democracia que suponen no únicamente las teorías conspirativas, sino su construcción material”. La cosa es quién dice qué es una “teoría conspirativa” por que lo que los “Lijtmaer” de turno quieren –y “El País” es un buen ejemplo- es que lo “conspirativo” sea lo que es minoritario o, simplemente, lo que no gusta a el poder. No se trata, claro está, de que algo por ser minoritario se cargue de razón; pero sí de que exista el debate limpio y claro entre ideas contrapuestas, ese que teórica y retóricamente nos garantiza la tan manida “libertad de expresión”.

No es, como dice el subtítulo del artículo, que “las teorías conspirativas presuponen que los dos lados de una disputa científica o social deben tener la misma veracidad” porque, primero, resulta muy confuso mezclar lo social y lo científico y, segundo, porque desde luego en el debate científico todas las teorías tienen a priori la misma veracidad. Cuestión distinta es que haya teorías que no resistan el primer embate en el choque. Pero esto viene después. Y me atrevería a decir que algo similar podría decirse del debate “social” serio .

Pero lo inquietante de autores como Lijtmaer es que remiten a una misteriosa autoridad que tiene patente de corso para decir quién puede y quién no concurrir a la “disputa científica o social”. Por eso, de momento, el “dazi bao” de la progresía en España saca a uno de esos peones expertos en nada pero sí autopromocionados “intelectuales” – o “escritores”, que para el caso da igual-, a fin de avanzar la idea de que “lo conspirativo” es “peligroso para la democracia”. La “democracia”, naturalmente, son ellos, que están siempre libres de toda sospecha y Hulsey, Quan y los demás colegas deberían de estar en la cárcel por elaborar un informe técnico.

Todo esto es ya viejo, muy viejo. Que no nos vengan con cuentos.