No hay mejor virtud que la de nombrar a las cosas por su nombre, como rezaba aquel antiguo lema de llamar "al pan, pan, y al vino, vino". Pero no es una virtud de fácil aplicación. En muchos casos, el individuo virtuoso no se atreve a hacerlo por evitar ofender a los demás. En otras, es la legislación vigente - por estúpida que ésta sea - la que se encarga de ponerle un bozal al ciudadano de a pie e impedirle que hable claro. En estos tiempos de pureza semántica y eufemística, empleada para tapar y disimular los errores legales, los excesos de la autoridad y los abusos de los "lobbies" y chiringuitos políticos, aplicar los términos y calificativos correctos no es siempre fácil. Es la moda del "supuesto" asesino capturado in fraganti; de la"violencia de género" aplicada a sólo uno de los dos (¿o tres?) géneros; de no mencionar el origen étnico o religioso de unos delincuentes extranjeros; o del uso de la sopa de letras LGTBI para no hablar de "maricones y tortilleras", entre tantos otros casos en los que se hace cualquier malabarismo con tal de no llamar a las cosas por el nombre correcto que les otorga el Diccionario oficial de la Real Academia de la Lengua. Mientras ese Diccionario esté en vigor y no sea corregido, les guste o no a los políticos, no hay más cera que la que arde.   

En el contexto que hoy nos anima a escribir sobre el tema figura el triste y frecuente suceso - que hoy publica "Libertad Digital" basado en un relato del "Diario Vasco" - de una anciana de 94 años a la que, aprovechándo una corta ausencia de unos días para ir a ver a su hermana de 97, una decena de desalmados, entre ellos algunos menores de edad, "okuparon" su vivienda y la dejaron en la calle, después de arrojar por el patio algunas de sus pertenencias. La reacción de sus buenos vecinos en Portugalete no se hizo esperar. Se movilizaron contra esos "enemigos de la propiedad privada" (sic) , concentrándose frente a la vivienda a los gritos de "fuera, fuera" o "ladrones" (sic). Parece ser que fue tal el griterio y la tensión que hasta los mismísimos "okupas" tuvieron que "demandar protección policial"(sic). Tras cinco días de griterío, los intrusos decidieron salir de la casa, no sin antes apropiarse de la mayoría de las pertenencias de la víctima que se sospecha vendieron impunemente en el mercadillo de ese mismo barrio.  

 

Y ahora viene el turno de los calificativos abominables y espantosos, que la praxis cívica actual nos impide proferir - aunque, como grandes irreverentes, nos honremos en pasarnos la praxis por el mismísimo Arco del Triunfo.

 

El relato en su conjunto es de una mariconez epastuflante. Presentado como un triunfo de la resistencia vecinal, no deja de ser producto del hastío de unos "okupas" que hicieron, de principio a fin, lo que les dio la real gana. Que la Ley no proteja al propietario de la vivienda interviniendo de inmediato para sacar a los "okupas" es una gran mariconada nacional. Que se hable de "enemigos de la propiedad privada", en vez de "okupas hijoputas" es de por sí un eufemismo igualmente amariconado. Que los centenares de vecinos tuvieran que limitarse a sus "fuera, fuera", en vez de entrar por las bravas y sacar a los "okupas" a garrotazos, quizás sea consecuencia de una Ley buenista que aporta gran mariconez a la acción, por muy exitosa que ésta haya sido a fin de cuentas. Que esa misma Ley permita que unos furcios "okupas hijoputas" demanden protección policial y la Policía no les meta en el calabozo por la intrusión y por el robo de las pertenencias de esa pobre anciana, ya es el colmo de la mariconez.

 

El relato no incluye detalle alguno sobre una eventual intervención policial, ni antes ni después de la "okupación", por lo que no sería justo expresarse al respecto. Pero sí está meridianamente claro que situaciones como ésta se dan en nuestro sufrido país con una frecuencia y con una alevosía despampanante, contempladas de lejos por unos fiscales y jueces que seguirán tomándose su cafelito sin intervenir, y unos políticos de la "gauche divine" y de la moderna "Antifa" podemita que aplaudirán el derecho de "okupación" de unos cafres preferiblemente extranjeros - de los que, por cierto, sospechamos que en el caso de Portugalete quizás sean magrebíes adultos y menas, porque el "Diario Vasco" se guarda mucho de identificarlos y "LD" no se molesta en investigar de dónde han salido estos hijoputas.

 

Pero, no nos engañemos, en España la mariconez ya nos la han impuesto hasta en la sopa. No hay más que ver cómo cierta gente prolifera copando ciertos cargos, sean estos artísticos, mediáticos o políticos. Y no es que nos importe, siempre que cada cual vaya a lo suyo y no se metan con los demás. España es un país garantista donde no se le niega nada a nadie (con status de "refugiado", porque los demás vamos de culo). Faltaría más. Pero existe una especie de actitud general adquirida que nada tiene que ver con dicha gente y que no deja de impregnar la actuación de políticos y dirigentes - como ha ocurrido y sigue ocurriendo en plena insurrección en Cataluña, donde por temores tiquismiquis y reflujos marianistas - en suma, por pura mariconez - las fuerzas del orden han salido a las calles a jugarse el cuello mal equipadas y con más órdenes de "no hacer" que de "hacer" para cortar de raíz la trifulca callejera. Han sido necesarios muchos heridos y grandes destrozos para que los Mossos pudieran sacar a la calle su desvencijada tanqueta y se les permitiera el uso de gases lacrimógenos y pelotas de goma, pese a que la proporción de heridos (algunos muy graves) es muy muy superior entre dichas fuerzas que entre los cafres que las apedreaban con adoquines, ácidos corrosivos, cocktails-Molotov y demás parafernalia "Antifa". Eso y el muy escaso número de detenidos - muchos de ellos ya en la calle - en comparación con el volumen de las masas agitadoras, todo ello - repetimos - arroja un tufo de mariconez francamente insoportable.

 

Y lo más gracioso de esta historia, si es que alguna gracia tiene, es que esa misma izquierda radical, salvaje, incendiaria, violenta, destructiva, que no duda en romperle la crisma a un agente del orden de una pedrada, o de un mal golpe, o de dejarle paraplégico incendiando su uniforme, es la misma "Antifa" - en Cataluña, la de los CDR a los que el patán de Torra arengaba con su "Apretad, apretad"- que en medios, calles y plazas exige a sus adversarios en la sociedad civilizada, semi-progre, liberal o conservadora, un comportamiento absolutamente buenista, pacífico, garantista y amariconado hasta el potito. Pobre España, pobre, en manos de un "gobierno en funciones" que ni funciona ni ha tenido la mínima hombría de detener a Torra y colaboradores, esposarlos y meterlos en Soto del Real, a donde también tendría que haber trasladado a los pánfilos de Lledoners para que no tengan tanta prisa en salir a la calle. Contra tantísima mariconez como estamos viendo en el conflicto catalán, no hay mejor cura que la inmediata aplicación de la Ley de Seguridad Nacional, seguida de un 155 bien administrado y coronado el 10N por el tremendo subidón de VOX, que numerosas encuestas ocultan a sus contratantes ante la clara posibilidad de que VOX acabe colocándose en segunda posición, por delante de peperos y naranjitos. La concentración convocada por VOX el 26O en Plaza de Colón será un interesante indicador del "sorpasso" que se avecina. ¿En España empieza a amanecer?