En esta democratitis que sufrimos desde hace algunas décadas, a esto que vamos a ver hoy, a saber, filas de entusiasmados que llevan la papeleta de casa, otros que votan como excusa para comer fuera el domingo, y algunos que estaban indecisos pero que vieron la luz tras el debate del lunes, a todo esto, se le llama con humor "la fiesta de la democracia". Una fiesta que sale muy cara, que rara vez representa de verdad lo que piensan los ciudadanos, y que desde hace dos años nos tiene a todos en un permanente bloqueo, sin presupuestos, sin una política de Estado, sin proteger la sagrada unidad nacional, sin cumplir la Constitución, y en medio de un proceso revolucionario, impulsado desde las instituciones, que la mayoría de los españoles no quiere ver.
 
Como el flautista de Hamelín, el sistema sabe cómo entretener a los ciudadanos para que no piensen, para que no se den cuenta del estado calamitoso en que se encuentra la Patria, cercada por sus peores enemigos y en manos de un guía ciego. Y la música que sale de esa flauta nos induce continuamente a votar, como si yendo a las urnas se obrase el milagro de que todos los problemas quedasen resueltos, echando del poder a los malos, en la esperanza de que los nuestros, los buenos, sabrán, esta vez sí, hacer lo que no hicieron durante los lustros que estuvieron en La Moncloa. Entonces no pudieron, pero ahora seguro que sí, piensan los entusiastas del colegio electoral y la papeleta.
 
Pero la realidad es inexorable y no admite un examen medio serio. Todos los problemas que tenía España en la Transición, todos sin excepción alguna, se han agravado con el paso del tiempo: los nacionalistas de entonces, ahora son golpistas. La izquierda moderada y razonable de entonces, ahora se ha echado al monte en ayuda de los golpistas. Los comunistas ahora son unos pelagatos del populismo bananero. La derecha, que entonces era una y reconocible, ahora son dos, ó tres, y se pelean por la misma porción del pastel. Y los patriotas, que entonces tuvieron un diputado en el Congreso, hoy no pueden ni presentarse a las elecciones por falta de avales. Y lo que es peor: la sociedad está desarmada moralmente, desestructurada y dominada por unas élites corruptas.
 
No es este editorial un alegato a favor del abstencionismo, que acaso no tenga ninguna ventaja sobre el hecho de ir a votar. Pero sí es una llamada al sentido común de los españoles, o al menos de aquellos que no lo hayan perdido del todo. De los comicios de hoy no puede salir otra cosa que la imposibilidad de formar un gobierno estable, lo que significa que durante los próximos meses, estos niñitos criados en la ubre de los partidos nos van a tener con reuniones y reuniones, enfados, descalificaciones, acusaciones de unos a otros, es decir, lo que ya hemos visto, lo que tiene a España paralizada y esclerotizada, en jaque mate, atada de pies y manos e impedida de poder hacer lo que el pueblo español debe hacer, que es crecer y prosperar. Siendo en adelante lo que ha venido siendo hasta ahora, un lastre para nosotros y nuestras familias, un yugo del que es imposible librarse. En realidad, la mayor desgracia que ha conocido este pueblo en mucho tiempo.
 
Porque es legítimo preguntarse: ¿para qué tanto celebrar la libertad para ir a votar, si finalmente gobernarán con sus triquiñuelas a escondidas?, ¿qué tipo de fiesta de la democracia es ésta en la que siempre pagamos los mismos, y en la que sólo unos se divierten?, ¿es que acaso, cuando no se votaba, era mayor que ahora el desdén de los mandatarios, la desatención a los ciudadanos, el descuido de los asuntos generales, el orden público, la atención hospitalaria o el funcionamiento de los colegios y universidades?, ¿cómo creer que esta presunta democracia genera prosperidad y riqueza, cuando lo que vemos, día a día, año a año, y de manera indudable, es exactamente todo lo contrario?
 
Me dirán los más optimistas que hoy tenemos la oportunidad de detener una infección, una sepsis general del cuerpo nacional, e introducir en ese cuerpo un antibiótico que parece eficaz. Otros pensarán que con ese antibiótico, el enfermo puede acabar en el tanatorio. Pero en todo caso, lo que hoy van a hacer muchos españoles es un acto de fe que nos pide el sistema. Un perdón colectivo por todos los años que nos ha robado una partitocracia nefasta. Acudiremos a votar, los que quieran hacerlo, en la presunción o el deseo de que esta vez suene la campana y el Destino nos depare una solución mágica para nuestros problemas colectivos. Y esperaremos con esperanza, aunque la esperanza se desvanezca, una y otra vez, cuando amanezca el lunes.