La Nación política está perdida. La Constitución de 1978 en su diseño autonómico ha desarticulado completamente la cohesión territorial, ha destruido la igualdad entre los españoles y, lo que es más grave, ha provocado la desaparición del sentimiento de identidad y comunidad política.

 

Ninguno de los partidos que han venido repartiéndose el poder hasta noviembre de 2017 han comprendido que “sin continente no hay contenido”. Y, todos ellos, han contribuido en su juego de reparto autonómico o nacional a centrifugar la Soberanía hacia estancias enemigas de España como cuerpo histórico.

 

España ha sido vaciada hacia fuera en su entrega de Soberanía a la Unión Europea, y hacia adentro, en su entrega de competencias a las comunidades autónomas.

 

Desde aquella Ley 2/1986 de 13 de marzo que abría la puerta a policías autonómicas y provocó el repliegue de las fuerzas de seguridad nacionales en esos territorios a los márgenes financieros al reparto por ingresos fiscales. Si en Estados Unidos el 62 % de esos ingresos queda en mano del Gobierno y el 26 % en manos de los estados, en España hablamos de tan solo un 20 % para el gobierno central ya que el 12 % va a los ayuntamientos y el resto queda en mas de las autonomías.

 

La Educación fue cedida en 1982 a las autonomías.

 

¿Ha colapsado España? Prácticamente, si. Y todos han contribuido a ello. Quienes ahora se envuelven en la bandera roja y gualda habría que recordarles las mil y una traiciones. De muchas la acometida en la comunidad valenciana, gobernando en mayoría absoluta en 2005, reformando el Estatuto Autonómico  para suprimir la referencia a la “indisoluble” unidad de la nación española, se reclamaba la condición de región –pero no de España, sino de la Unión europea-, se suprimía la cooficialidad de lenguas y se decreto que la lengua propia de la comunidad valenciana es el valenciano, se creo hacienda publica propia y también una justicia que culminara en los Tribunales Superiores de Justicia (y no en el Tribunal Supremo). Todo ello obrado por el PP. Que, ahora, en 2019 se viertan culpas por este partido hacia los nacionalistas o el catalanismo no deja de ser una burla y traición mas de este partido corrupto.

 

El colapso llega, igualmente, al reparto de rentas. En 1975 el 54 % del PIB correspondía al reparto de rentas salariales. En 2017 apenas alcanzaba al 47 %. Resulta innegable que las rentas de los asalariados han sido una de las grandes perdedoras de la crisis. Y por varios motivos. En primer lugar, la recesión golpeó con virulencia el mercado de trabajo, lo que se tradujo en un aumento del paro, que llegó a alcanzar los 6,3 millones de desempleados. Los que mantuvieron el empleo tuvieron que hacer frente a una devaluación salarial. España ha ganado competitividad a costa de contener el gasto en el factor trabajo. Y, además, los asalariados tuvieron que soportar a partir de 2012 la mayor subida del IRPF, que se mantuvo hasta 2015.

 

El colapso que referimos llega a su cenit con la embestida secesionista de otoño de 2017. Y ahí es donde se produce, lentamente, pero de forma muy visible, la inflexión. La llamada “revolución de los balcones” tras el discurso del Jefe del Estado que provoca la aplicación del 155 que suspende la autonomía catalana desemboca en el procesamiento de los responsables políticos nacionalistas y la irrupción inesperada de una fuerza política que ha terminado convirtiéndose en mucho más que otra alternativa más a la partitocracia. El movimiento liderado por Santiago Abascal se ha transformado tras el acto de Vistalegre en un fenómeno de resistencia cultural y ofensiva política que está recuperando la Nación histórica con sus continuas evocaciones e invocaciones a nuestros momentos y personajes históricos más singulares. Lejos de presentar un programa (que lo tienen) se han convertido en una forma de ser y estar contra todo un sistema de entender lo políticamente correcto. Han aglutinado a los silenciosos, a los indignados de uno y otro lado. Con ellos, se ha alzado un caudal de esperanza que ha colmado de miedo a los partidos tradicionales que ven, en la perspectiva de su llegada con enorme fuerza al Congreso en Abril de 2019, una profunda revolución del sistema imperante.

 

Sus posibles alianzas en Europa tras las elecciones de Mayo pueden igualmente alterar la geopolítica y la concepción misma de la UE.

 

No faltan las contradicciones en su discurso como es un programa económico excesivamente marcado por el neoliberalismo y alejado de discursos mas soberanistas y sociales, y un alineamiento con posturas anti islámicas que benefician más al aliado de Estados Unidos en Oriente Medio alejando a España de su tradicional postura no alineada (o incluso, amistosa) con otros países árabes.

 

La Tormenta ha llegado. Y con convocatorias bajo la estatua de Blas de Lezo, los muros de Covadonga o el retumbar del Tambor del Bruc algo, muy telúrico, ha despertado en España. La pregunta es si es tarde ya para ese viraje o, si ese drástico cambio de rumbo tiene la ruta correcta. Que todo esto inquiete a los mayores enemigos de la Nación histórica española infunde esperanzas por el momento.