El problema de los oportunistas, de aquellos que hacen gala de no tener ni principios ni valores, de aquellos que se mueven por modas o impulsos en momentos determinados,  es que al final te quedas en tierra de nadie, te quedas fuera de juego y sin sitio. Algo así podría estar pasándoles a ciudadanos, a la organización naranja liderada por Albert Rivera.

En sus inicios, Rivera apelo al sentimentalismo, a un patriotismo básico, pero necesario, dado el carácter que estaban tomando los acontecimientos en Cataluña y que por desgracia, el tiempo les dio la razón. Estaban en una posición definida con un mensaje básico de defensa de España frente al independentismo y la continua componenda de los partidos nacionales como PP o PSOE con el nacionalismo catalán, el clan Pujol y sus herederos.

Salieron de Cataluña para posteriormente abandonarla y los problemas surgieron cuando tuvieron que tomar partido y empezar a definirse. Albert Rivera se nos hizo antipático, siempre hablándonos con una suficiencia insoportable de niño sabelotodo, de personaje insufrible. Su soberbia le hizo acercarse a personajes poco recomendables como el presidente Francés, Emmanuel Macron o el magnate Húngaro George Soros. Solo Rivera y su círculo más cercano saben lo que deben a estos indeseables para estar atemorizados y descompuestos ante el distanciamiento y las llamadas de atención del presidente Galo.

Nunca se entendió la incorporación del botarate francés, Manuel Vals, a la candidatura a la alcaldía de Barcelona y más cuando los naranjas decidieron prescindir de su propia marca y entregar armas y bagajes a un inútil como el propio Vals. La errática estrategia les hizo perder cerca de un millón de votos en Cataluña en apenas 18 meses, mientras crecían en el resto del territorio nacional. Incomprensiblemente, dio la sensación de haber abandonado la batalla en Cataluña, de haber abandonado a los catalanes. No explicaron con claridad esta maniobra. El partido se lleno de arribistas, de desechos de tienta de otras organizaciones, lo que genero gran malestar entre dirigentes y mandos intermedios que se quedaron fuera de las listas.

Muchos de estos dirigentes, ahora se inventan excusas baladís,  como un imaginario acercamiento a Vox, para abandonar ciudadanos. Digo imaginario y digo bien, entre otras cosas, porque una negociación para gobernar en tal o cual ciudad, pueblo o comunidad, no es ningún tipo de acercamiento, entra dentro de la lógica del juego democrático. A no ser que lo que se deseara es pactar con la izquierda en lugar de lo que vulgarmente conocemos como bloque de centro derecha. Rivera, que ha coqueteado con todo y con todos, es consciente de que la mayoría de su electorado tiene un perfil más bien pepero, de ex votantes del PP cabreados con Mariano Rajoy y que por el contrario, los dirigentes de su partido son socialdemócratas. El hecho de calificarse de liberales, es la mejor manera de nadar en la indefinición, de contentar a todo tipo de personajes, de abarcarlo todo, de renuncia de principios ideológicos y morales.

Definirse como de centro, es una manera cursi de ser de izquierdas sin querer decirlo o admitirlo. Rivera calculó mal su acercamiento al presidente francés. Macron es la evolución del socialismo en Francia, donde las siglas tradicionales han desaparecido y es por eso que Pedro Sánchez tiene tan buena sintonía con el francés, al igual que con Soros,  y presionan de una manera casi obscena a Rivera para que haga de muletilla de los socialistas españoles. Albert Rivera tan poco ha sabido gestionar bien su mejora electoral, donde su organización ha obtenido los mejores resultados de su corta historia, lo contrario que Pablo Casado, que con su peor resultado electoral, pareciera que han obtenido una gran victoria. Rivera tiene ahora unos enemigos molestos y poderosos, los mismos que le auparon y que no tendrán ningún escrúpulo en dejarlo caer, si este no se pliega a sus intereses. Debe tener mucho cuidado Albert Rivera, pues puede convertirse en un personaje molesto y prescindible. Sea lo que fuera, ciudadanos es en sí misma también una organización peligrosa dependiente de lo que le dice una potencia extranjera y eso acaba por no gustar y pasando factura.