La semana de pasión política se ha adelantado unas horas a la Verdadera, demostrando que la demogresca interfiere en todas las cosas importantes para la gente normal. Miren que hay fechas y días, miren que hay domingos a lo largo del año...Y han tenido que ponernos la campaña electoral, ese ritual de fuegos de artificio para vender humo a los incautos, en plena Semana Santa. Menos mal que los que somos creyentes tenemos nuestros anhelos y esperanzas en el Cielo, y no en esta hoguera de vanidades en que hemos convertido la tierra.
 
La irrupción de VOX en estas elecciones es, sin la menor duda, el elemento más notable de la campaña. No sabemos aún si el más decisivo, como lo fue en Andalucía. Desde aquel engañoso movimiento del 15-M del que surgió ese bluf peripatético que ha sido Podemos, en España no había sucedido nada parecido al estallido de patriotismo que ha promovido VOX desde la Transición hasta nuestros días. Auditorios llenos, gente que se queda a las puertas esperando a que salga Abascal a decirles algo con el megáfono, banderas de España ondeando, proclamas políticamente incorrectas... Todo lo que estaba mal visto, todo lo que había sido desterrado por la izquierda y permitido por el PP, ahora lo ha recuperado VOX para los españoles decentes.
 
Sus ideas podrán gustar más o menos, se podrá poner la lupa en ciertos aspectos, se dirá que si tal y que si cual. Pero hay un componente indiscutible que está presente en la vida política, y en la vida normal de las personas, y ese componente es la ilusión. La gente de derechas en España se había quedado sin ilusión desde los buenos tiempos de Aznar. Sus ideas estaban arrinconadas, sus banderas estaban cogiendo polvo en el armario de casa, si llevabas un pin en la camisa con la rojigualda te decían que ibas provocando...Por poco si nos prohíben ir a misa. Y de pronto, Santiago Abascal aparece, como primer acto de campaña, llevando flores a la Virgen de Covadonga y haciendo un discurso a los pies de la estatua de Don Pelayo. El que niegue que VOX ha cambiado el ambiente político e ideológico en España es que no quiere ver la realidad que nos rodea.
 
Muchos dirán que VOX todavía no ha gobernado y no ha demostrado nada. También dirán que ha tenido algunos episodios no demasiado afortunados. Pero las críticas que se le pueden hacer, que son obvias, no desmerecen un esfuerzo gigantesco por entrar en las instituciones desde la modestia de sus primeros pasos en la vida pública. Apenas un par de micrófonos a su disposición (entre ellos, los de Radio Inter), alguna televisión pequeña, y eso sí, el altavoz de haber ejercido la acusación particular en el juicio por el proceso golpista en Cataluña, donde los letrados Javier Ortega y Pedro Fernández están cerca de lograr, Dios lo quiera, una condena por rebelión contra los separatistas catalanes.
 
La evidente explosión de VOX ha dejado tocados al resto de candidatos. Pablo Iglesias, candidato chavista en España, ni está ni se le espera. Sus ataques a las cloacas del Estado demuestran que su cabeza ha alcanzado una temperatura similar a la de los biberones de los niños. Albert Rivera sigue repartiendo obviedades, por si alguno se había quedado sin ellas y quiere aprovechar las rebajas de la época electoral. Pedro Sánchez, favorito en las encuestas, tiene asegurado el voto de la izquierda, que ha huído del esperpento podemoide y apostará, no lo duden, por la única opción práctica que le queda al socialismo radicalizado.
 
El otro candidato de la derecha es Pablo Casado. Que es de derechas, como lo era y sigue siendo Aznar, y por eso ha tenido que reconstruir los restos del naufragio que dejó Rajoy en la sede de Génova. Casado puede ser presidente del Gobierno, con la ayuda de VOX y Ciudadanos, o puede convertirse en el presidente más efímero que ha tenido el PP desde su refundación. Su campaña electoral no está siendo nada fácil, porque el margen que le han dejado VOX y Ciudadanos es tan estrecho que le obliga a un permanente ejercicio de equilibrismo para no entrar en terreno ajeno. Al menos nadie podrá negarle que ha intentado recuperar las señas de identidad de un partido que, ideológicamente, llevaba mucho tiempo, demasiado, a la deriva.