Dicen los sacerdotes, seminaristas, parroquianos y feligreses de la democracia que “vox populi, vox Dei” (la voz del pueblo es la voz de Dios). Bueno, pues gracias a la voz del pueblo, supongo que a la de Dios también porque Él da a cada uno lo que se merece, son los tontos del master los que nos gobiernan.

Ellos, los golfos del master, toman las decisiones en nuestro nombre porque millones de bobos, con y sin master, creen que abstenerse de la liturgia democrática es un delito y hasta un pecado, y con su cosecha de votos avalan a la pléyade de “señorías” que se compran un master, sin remar en las galeras del esfuerzo ni correr en la Maratón del mérito, porque la corrupta clase académica vende títulos a cambio del “lustre” de tener en sus orlas la fotito del diputado, de la ministra, del presidente de lo que sea o del aspirante a prometer, por el honor que no tiene y la conciencia de la que carece, el cargo que anhela.

Sus doctorados y sus master están fabricados en la factoría literaria de Ana Rosa Quintana, ágrafa cotorra televisiva que le sacó más dinero, promoción y publicidad al burdo plagio de su primer y último pinito literario del que Cervantes disfrutó en vida. Pero qué le vamos a hacer, “España y yo somos así, señora”.

En vez de arrojar a las pocilgas del deshonor a los que pagan “negros” y compran profesores y catedráticos para ornamentar sus expedientes académicos, les votamos para que nos gobiernen de la misma manera que elevamos a los altares del periodismo a una cotorra de plató, auténtico paradigma de le la degradación y decadencia de un gremio profesional que ha muerto por sobredosis de ignorancia y frivolidad. Hoy los periodistas, cualquiera que sea su sexo, no quieren ser Oriana Fallaci, quieren ser Ana Rosa Quintana. Hoy los políticos no quieren ser Pericles, quieren ser como Pedro Sánchez y Pablo Casado. Todos con un master en el Patio de Monipodio, sin, ni siquiera, haber leído a Cervantes. Por eso ignoran que sus vidas son un plagio de Rinconete y Cortadillo y de todos los pícaros, rameras y golfos que vivaqueaban en el célebre patio sevillano.