Empezaron a hacerlo poco después de la Guerra Fría. Colonizaron Occidente con el Fondo de Reptiles con el que compraban intelectuales en todas las modalidades que el degradado concepto admite desde, pongamos, el final de la II Guerra Mundial, cuando Europa le entregó su primogenitura cultural y política a Estados Unidos a cambio de la mantequilla y la leche en polvo del Plan Marshall. Eran pocos, pero fuertes, ávidos e implacables. Fríos y, a la vez, ardientes revolucionarios, con su oratoria precisa y envenenada se ganaron el calor de las muchedumbres que los percibían como incorruptibles y mientras se solazaban, con un hastío impostado, en las “bondades” del capitalismo, admiraban hasta la veneración a los estoicos comunistas que vivían entre ellos, con ellos, pero sin “mancharse” como ellos. Los tontos cebados por el capitalismo siguieron a los “ascetas” comunistas y en Francia y en Italia los hicieron poderosos, muy poderosos, porque les embriagaba su discurso y les magnetizaba su oratoria, administrada como burundanga por los mercenarios del Fondo de Reptiles.

Inventaron crisálidas como la del Eurocomunismo a medida que la información veraz sobre la Arcadia Feliz de la URSS calaba, poco a poco y muerto a muerto, en la estúpida Europa Occidental. Agitaron el monstruo nazi y el espantapájaros fascista para cubrir de penumbra y de épica su propio salvajismo, y así volvieron a ganar la batalla “intelectual” en la guerra cultural. Bastaba con acusar de nazifascista a todo aquél que les evidenciase su barbarie para que el mundo académico y periodístico se arrodillase ante ellos. Cuando el Muro de Berlín cayó, inventaron nuevos, prescindibles e inútiles esperpentos para seguir tutelando a Occidente a través de sus mayorías sociales, como la Ideología de Género, las Leyes LGTBI, las de Memoria Histórica y las proteicas nacionalidades de naciones inexistentes. Y volvieron a tener éxito. Sobre todo, en España. Fundamentalmente en España, con la que tenían una vieja deuda ochenta años aplazada.

Aquí están otra vez. Con un pie ya en el estribo del Poder, con los socialistas y los separatistas haciéndoles, como antaño, de mamporreros del caballo de Atila, que es la montura sobre la que los comunistas han cabalgado siempre, en cualquier lugar del mundo desde 1917. Han cambiado sus colores y sus iconos, pero llevan en las alforjas, como un relicario, sus símbolos de respeto y de espanto y la herencia de la barbarie comunista con sus calabozos de olvido empedrados de huesos humanos. Aquí están otra vez, después de ochenta años ¡Que no os engañen ni sus coletas, ni sus paños morados, ni sus garabatos posmodernos. Son comunistas! Y cuando mañana lleguen al poder, lo agarrarán como solo se agarra la culata de una pistola para apoyar el cañón en la nuca del disidente.