El siglo XVIII se preció de ser un siglo filosófico, pero el XIX levantó la bandera antifilosófica, con la ocurrencia del “positivismo” y la ciencia, enemigas del pensamiento clásico metafísico.

Creían que éste estorbaba para el progreso material de la técnica y la economía, con lo que se cayó en la “metafísica vitalista” promovida por Enrique Bergson, escritor francés nacido en 1859 y que defendía la intuición como único instrumento válido para el conocimiento, porque decía que la vida es sucesión de partes vivas (èlan vital) o aliento vital, que impulsa la creación continúa por sublimación como seres espirituales, o por degeneración, como materiales.

En consecuencia, tras esta breve introducción, nuestros queridos católicos, comprenderán que hemos invertido el orden del pensamiento lógico, racional, objetivo y obligado a la naturaleza humana, por el desorden del sentimiento subjetivo, del “me parece”, “me gusta”, “en mi opinión”…, prefiriendo el sentimiento a la rigidez de la razón. De ahí la filosofía moderna, hace una mala teología al dejarse infectar de esa mala filosofía invertida, prostituida.

De qué nos extrañamos, ¿de las falacias, trucos pseudopiadosos y autojustificaciones de moralina como lo de “las aperturas al mundo”, “abiertos al Espíritu” y “ecumenismos interconfesionales, interreligiosos y globalizaciones”…?

Muy oportuno al respecto el artículo de Isidro L. Toledo en la revista “Siempre P´Alante” del 1 de diciembre de 2018 sobre “Más abiertos al Espíritu”; contundente contra los “ni fríos, ni calientes” (Apocalipsis, 3).

Cuando Juan XXIII convocó el Vaticano II, dijo que “había que abrir las ventanas al mundo”, es decir, contagiarse con el espíritu mundano del siglo, positivista, tecnicista…, pagano, en suma, y tan solo porque… esta ahí; por eso de “los nuevos tiempos”, que por cierto no caen del Cielo: les hacemos nosotros.

Pablo VI, su sucesor, reconoció que “lejos de haber traído una primavera a la Iglesia, había entrado el humo de Satanás en Ella”.

No, Santo Padre: entró por las puertas y ventanas que el Vaticano II le abrió.

 San Juan Pablo II reconoció “la apostasía silenciosa”.

Benedicto XVI reconoció que “la barca de Pedro hace aguas por todas partes”, y ya rizando el rizo lógico de esta hecatombe, dijo el Papa actual a una periodista de la revista Avennire (el 17 de noviembre de 2016) que “liquidar los dogmas católicos no le quita el sueño”, y que “hace lo que sus antecesores, y qu el futuro de la Iglesia es el Vaticano II”.

En este clima abonado para el relativismo del dogma, la moral de circunstancias y el subjetivismo ante la fé y la sobrenaturalidad de la Misa y el deterioro del respeto debido al Templo, la única consecuencia no puede ser otra que la pendiente hacia el ateísmo práctico (el teórico no existe), ante un indiferentismo de credo, que haga que la fe sea un producto de consumo, a gusto y medida de cada cual, en nombre de esa falsa libertad religiosa que hace prohibitiva toda condena al error doctrinal, por más evidente que sea, y la ausencia consecuente de toda autoridad jerárquica.

Solo nos queda la fidelidad a las verdades eternas contra todas las tormentas ambientales, mundialismos y aberraciones de “los nuevos tiempos”.

Lo verdadero, ¡es eternamente nuevo!