De los muchos necios que han gobernado en España desde la muerte de Francisco Franco, hubo uno que convirtió el Estado en un chiringuito de ésos  sin fronteras para todos los que se saltan las nuestras sin más vocación que la de reclamar derechos, todos, obligaciones, ninguna, empadronamiento, subsidios, subvenciones y tarjeta de la Seguridad Social. Aquel necio montó una tómbola en la que se rifaba el Estado de Bienestar. Su delfín, Pedro Sánchez, no le va a la zaga y en una suerte de carrera para ver quién es más solidario, quién es más bueno, quién es más humano, quién es más tolerante, ha hecho de España un puerto de abrigo para que atraquen todos los barcos piratas que surcan el Mediterráneo con mercancía humana en sus bodegas y las oenegés sin fronteras en cubierta.

Aquél necio, José Luis Rodriguez Zapatero, contó para regalarles los papeles a los inmigrantes ilegales con la inestimable colaboración del obispo de Solsona quien, refiriéndose a los cupos de la Ley de Inmigración, acuñó aquella afirmación, “Dios no pide papeles”, que fue la mejor munición que se le pudo regalar a aquella caterva de botarates liderados por ZP que pusieron el Estado al servicio de los que vulneraron las leyes de ése Estado para vivir a costa del Estado.

“Dios no pide papeles”, afirmación indemostrable e incomprobable y que en un plano lógico no deja de ser un sofisma pues su hilo argumental es un razonamiento capcioso, aparentemente impecable pero sustancialmente absurdo. Muy propio, por cierto, de los obispos que padecemos en España. Cuando los  fariseos como los obispos españoles le formularon a Cristo la célebre pregunta envenenada sobre si había, o no, que pagarle los impuestos al César, Él respondió: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Claro que Cristo no era un sofista como la mayoría de sus obispos españoles, porque si fuese cierto que Dios no pide papeles, no es menos cierto que el César sí pide papeles. Es más, el César está obligado a pedir papeles porque en los reinos y repúblicas terrenales los recursos son limitados, porque en este valle de lágrimas el pan hay que ganárselo con el sudor de la frente y el maná solo cae en los bolsillos de los políticos pero no en las manos de los trabajadores que les pagan el sueldo a ellos y la Seguridad Social a los inmigrantes ilegales.