A diferencia de Mariano Rajoy, que vivía en el limbo del tancredismo y en el autoconvencimiento de lo bien que estaba todo, anotan que Pedro Sánchez ya sabía que tenía las horas contadas el lunes 11 de febrero. Lo sabía porque estaba entre la espada y la pared ante las irresolubles demandas de los separatistas catalanes empeñados en su particular todo o nada. Prorrogar los Presupuestos un año, que era la única salida posible a estas alturas del partido, era imposible porque la cuenta de gastos que el dirigente socialista había dibujado en sus promesas no se podría acometer; también porque es consciente de que durante meses se ha movido en los estrechos márgenes del cuento de la lechera y el cántaro amenazaba con caer y romperse.

 

La tormenta casi perfecta comenzó a incubarse tras las elecciones andaluzas, cuando el miedo a una repetición de los resultados electorales comenzaba a admitirse como algo inevitable entre los barones del PSOE que aún conservan mando en las Comunidades Autónomas (la última encuesta anunciaba que el PSOE perdería todas en mayo). De nada valían las encuestas preparadas del CIS, sostenidas por la evaluación en exclusiva del voto directo prescindiendo del alto número de indecisos a la hora de votar al PP, a VOX o a Ciudadanos. La tendencia es clara: ganará el PSOE pero será imposible que gobierne ante la alianza de las denominadas “3 derechas”.

 

A estas alturas, salvo para la 6ª y los convencidos, el humo que Sánchez vende de poco sirve ante un electorado que se mueve inquieto porque en ocho meses el gobierno no ha hecho absolutamente nada digno de tal nombre y menos aún para sus votantes potenciales o reales.

 

La tormenta casi perfecta que se ha ido gestando ha tenido por debajo otro elemento que en la vorágine del tema de Cataluña ha sido infravalorado, los datos económicos. Las no medidas del gobierno, las escasas medidas tomadas muchas orientadas al incremento de los gastos, la inestable situación económica, apuntan a un pequeño reverdecer de la crisis, lo que en el caso español se traduce en incrementos del paro. El hecho es que el gobierno podría encontrarse, en caso de aguardar hasta octubre como pretendían algunos dirigentes socialistas, con una situación económica explosiva y con protestas sindicales a pesar de su domesticación usual.

El PSOE se estaba desangrando por el tema catalán, por su pasividad ante los separatistas, por sus chalaneos de buen rollito con Torra y compañía, por su mirar hacia otro lado como hizo Mariano Rajoy, por su icetadependencia… y ante ello Sánchez no tiene en la chistera más respuesta que la que ha practicado en estos ocho meses de no gobierno. El juicio iniciado, que ha marcado también la suerte de los Presupuestos y de Pedro Sánchez, no podía hacer más que erosionar las expectativas de voto socialista. Especialmente cuando ya estaba sobre la mesa de los medios vinculados a la izquierda, que son casi todos, la posibilidad de un indulto a los que están siendo juzgados y también a los que están viendo la sesiones cómodamente por televisión desde Bruselas o Suiza. Lo que cabrearía a no pocos españoles, incluyendo en ello a no pocos votantes socialistas.

Como es habitual en él Sánchez buscó escenificar el fin de su innecesaria legislatura intentando obtener los primeros réditos electorales. La pérdida de la votación de los Presupuestos –no había dinero y ofertas suficientes para comprar al separatismo catalán como sí lo hubo para comprar a los nacionalistas vascos en la moción de censura– fue solo la guinda del pastel que estaba amasando. Un calendario en el que se fijaba la fecha de las elecciones generales, pero en el que las Cortes aún no se disolverían, lo que le dejaría margen de maniobra para utilizar la caja del estado y el recurso al decreto ley para comprar votos en cada uno de los tres consejos de ministros que le restarían hasta la disolución real. Confiado, eso sí, en que la oposición, el PP, que anda como siempre en babia, vendiendo la piel del oso antes de haberla cazado, no será capaz de llevar todos y cada uno de esos decretos –no ha llevado ninguno– al constitucional, por lo que tienen de vulneración de los límites establecidos para su uso. Casado engola la voz pero luego se ahoga cuando tiene que dar el paso final.

Convocar elecciones a finales de abril, cuando podían haber sido en mayo junto con autonómicas, municipales y europeas, obedece solo al cálculo electoral, aunque de paso nos tengamos que gastar cerca de 200 millones de Euros más en la broma. Cálculo electoral porque en el PSOE se asume que, dada la situación, cualquier retraso incrementaría la posibilidad de sufrir un duro revés electoral que esta vez afectaría a ese suelo del partido que aún anda por el 20%. Sánchez, que confía en su suerte, y su equipo estiman que, dada la situación de PODEMOS, donde el líder anda desaparecido y se vive en el lío constante, donde las ambiciones de un Garzón dispuesto a quedarse con PODEMOS son más que evidentes, habrá un decantamiento de votos podemitas al socialismo que le puede dar mejores resultados en escaños. Se convertiría así el PSOE en el partido con más escaños del Parlamento merced a que los votantes que no son de izquierdas se reparten ahora en 3 opciones, aunque esas 3 opciones han sacado más votos/escaños en Andalucía que cuando eran solo 2. Sánchez han visto en esta coyuntura, donde la propaganda aún puede tener efecto, el momento idóneo para intentar mantenerse en el poder.

 

Por otra parte, unas elecciones con una campaña en Semana Santa, van a ser, estiman, menos decisorias de lo previsible por la desmovilización informativa que el largo puente que la acompaña tiene (Sánchez anda rezando para que haga buen tiempo), porque los españoles van a estar en otra cosa y el discurso de las “tres derechas” va a tener menor calado.

 

Redondea la previsión el estimar que con las elecciones convocadas, con la justificación de que el gobierno ha caído porque no ha cedido a las presiones de los separatistas, lo que iba a suponer el juicio, el coste electoral que iba a tener, queda desactivado. Que la indignación irá directamente contra los acusados sin tocar al PSOE, porque nadie aguanta a Oriol Junqueras tomando el pelo a los oyentes hablando de su amor a España y los españoles, con tono de voz ensayado, y de que ellos no han cometido delito alguno. Así los efectos del juicio no pasarán del visto para una sentencia que tardará en llegar.

 

Andan eufóricos en el otro fiel de la balanza con el “hemos echado a Sánchez” gracias al PP que repite Casado, pero que también aparece en el discurso de Ciudadanos. Oyéndoles o leyendo/escuchando sus medios amigos parece como si fuera verdad que se ha acabado la pesadilla. Sin embargo, hasta que los españoles no voten la incertidumbre se mantendrá porque Sánchez no está, ni mucho menos, fuera de juego. La oposición, PP y Ciudadanos, en estos ocho meses, pese a que lo han tenido en su mano, no se puede decir que haya sido efectiva en el desgaste del presidente. Es más, yo diría que Sánchez convoca elecciones amparándose en el poco desgaste sufrido por acción de la oposición y temiendo, tras la manifestación conjunta de las “derechas” en Madrid, que inmediatamente tuviera que enfrentarse a una moción de censura, peligro que con el adelanto electoral ha conjurado.

 

Conviene no cantar victoria porque las encuestas dicen lo que dicen, que las diferencias entre los bloques no son abismales, por lo que la larga campaña que nos espera puede ser decisoria: en la campaña se ganan o se pierden esos votos a diferencia de lo que sucedía hace una década.

 

Los politólogos y sociólogos no niegan que es asumible que los resultados de Andalucía se repitan con las mismas posibilidades de combinaciones el día después de las elecciones. Sánchez lo sabe y Ciudadanos también lo sabe. Esa es la otra baza de Sánchez, armar un gobierno PSOE-Cs. Así que solo me resta por decir que entre urnas y jueces, en realidad, Sánchez no solo no se ha ido sino que aspira a quedarse.