Dos son las enfermedades que tradicionalmente han acabado con las monarquías. Una, el absolutismo, ya extinguido. Otra, la vaciedad, hoy epidémica entre las supervivientes. La nuestra está afectada en grado sumo.

 

De infectarla se encargó el emérito/jubilado cuando perjuró y además se echó en brazos de los tradicionales enemigos de la monarquía, los cuales, hábilmente y sólo por interés coyuntural, ampararon su vida de crápula durante estas pasadas décadas, conscientes de que necesitaban tiempo para transformar y preparar nuestra sociedad para lo que tenían pensado. El emérito/jubilado, en cambio, creyó haber descubierto la panacea o encontrado el Santo Grial.

 

Pasado el tiempo, tal creencia se demostró fantasía y fracaso estrepitoso, porque Juan Carlos, que siempre fue mediocre estudiante y nada había aprendido de la Historia, en especial de la más cercana, olvidó que los antimonárquicos de nuestra patria lo son recalcitrantes y coincidentes con la anti-España, dos enfermedades que no tienen cura.

 

Así pues, y mientras la monarquía ha contado con un respaldo y lealtad mayoritaria de los españoles, aunque no declarada efusivamente pero real, la Corona ha sido desleal a España y a los españoles porque ha incumplido la única misión que dijo reservarse, es decir, la de ser garante de la unidad indisoluble de ella y, peor aún, ha amparado a esa anti-España en su labor de acoso y derribo de tal unidad. La lealtad es vía de doble sentido: del subordinado al superior, pero también, y casi más, a la inversa.

 

Pasado el cetro in extremis a Felipe VI, éste ha recibido una herencia envenenada: una España en decadencia, degenerada y en galopante autodisolución – no habiendo parangón en la Historia de caso igual-- en la que el proceso revolucionario en marcha se alimenta desde las instituciones, desde el propio Estado que pone todos sus medios económicos, coercitivos, mediáticos y demás a su servicio, y una Corona hueca, carente por completo de sentido hasta para los propios.

 

Así hemos llegado a que la Monarquía lo es sólo de papel couchey debido a su extrema vaciedad – y a la falta de dignidad institucional que en muchas ocasiones han demostrado padre e hijo - es ya blanco fácil y fruta madura de esa anti-España cada vez más enardecida y audaz, cuyo obsesivo objetivo es reimplantar aquella república frentepopulista frustrada sólo por el Alzamiento Nacional; la segunda república fue mera excusa y vía para la verdadera, la tercera, la que sufrió durante tres años media España. Hoy, tras años de siega espiritual, ideológica, cultural y material de nuestra nación, la monarquía española carece de raíz porque ella misma se ha encargado de arrancar hasta el tocón que eran Franco y su régimen.

 

El problema se agrava cuando “los otros”, los que de palabra la apoyan, están tan vacíos como ella y agonizan víctimas de su cobardía, amoralidad y carencia de mínimos principios; así les va. También, porque el pueblo español, en su inmensa mayoría, camina desnortado, sin pulso y caído en la inanidad, la pasividad y la estulticia dejándose sepultar bajo una losa totalitaria que lo va esclavizando poco a poco sin darse casi ni cuenta.

 

Por todo ello, la Monarquía aparece inerme ante la anti-España; el ninguneo a que Sánchez la viene sometiendo desde antes de ser presidente electo es sólo el principio de su fin que se va a acelerar en los próximos cuatro años, porque además va a servirle a éste para jalear y enardecer a sus huestes. Para evitarlo, ya lo verán, no va a salir en defensa de Felipe VI, y menos aún de Dña. Leonor, ni un piquete de alabarderos, como ya ocurrió en otra ocasión, máxime cuando la anti-España abra fuego con su arma definitiva que es la de acusar directamente a la Corona de “fascista” por “franquista”.

 

El problema para España no es la caída de la monarquía –a nosotros tal hecho nos importa un bledo, y, sinceramente, para lo que ha servido más le hubiera valido al Caudillo no haberla instaurado--, sino que en la decrépita situación actual, con el auge de la anti-España, será sustituida por una “república confederada ibérica frentepopulista”, donde la silla del rey la ocupará un presidente que muy bien podría ser Rodríguez Zapatero, que lo está deseando, para luego, dentro de unos años, serlo Sánchez, que se muere por ello; o un traidor de la calaña de Rajoy. El problema no es el cambio de régimen, sino que el nuevo será totalitario hasta lo indecible.

 

Y es que: ¿creen ustedes que las nuevas generaciones, tal y como van, darán la cara por el rey? ¿creen ustedes que, llegado el momento, lo harán los partidos que ahora dicen respaldarla? ¿creen ustedes que lo harán nuestras FFAA hechas a la sumisión y la “defensa de España” cuanto más lejos mejor? ¿creen ustedes que el pueblo español sustentará una monarquía tan hueca como ésta?