Difícilmente pueden la Justicia y la Política funcionar cuando la sociedad de hoy está edificada en la podredumbre moral. En una ciénaga que alimenta las más bajas pasiones humanas sobre el embuste de que sólo nuestra voluntad importa. La relajación de los patrones morales clásicos ha inundado el mundo actual de un sucio relativismo que, bajo la falaz excusa de la libertad, lo que ha conseguido es llevar a la Humanidad a su mayor cota de indignidad y depravación, haciendo de los hombres pequeños dictadores de sus propios impulsos y mendigos de sus pasiones.
 
Cuando una sociedad se mueve en ese lodazal de inmoralidad, es incluso lógico que los tribunales de justicia se equivoquen continuamente con sentencias que pretenden hacer compatibles dos categorías opuestas, como son la justicia y la aberración. Y así, vemos continuamente decisiones judiciales que contradicen el sentido común y la lógica más elemental, como la reciente sentencia del Supremo sobre el golpe de Estado en Cataluña, aquella otra que permitió al Gobierno socialista profanar los restos mortales de un jefe de Estado, o la que ha dejado prácticamente sin castigo el miserable asesinato del patriota Víctor Laínez a manos de un inmigrante reincidente, por poner sólo algunos casos. Casos que repugnan el más elemental sentido de lo que debe ser la Justicia.
 
Algo similar ocurre con los delitos de tipo sexual. En una sociedad que ha perdido la vergüenza y el pudor, donde se preteden presentar como normales aberraciones sexuales de toda índole, donde la promiscuidad es la norma general, donde no hay procacidad ni desahogo que no aparezca en la TV sin que nadie lo impida o al menos lo critique, no podemos esperar que los jueces dicten sentencias justas. La proliferación de "manadas", es decir, grupos de individuos depravados que preteden hacer de sus vidas el guión de una película porno, lleva a los tribunales a tener que aplicar tipos penales completamente desproporcionados al delito cometido, para intentar satisfacer al colectivo socialmente más activo hoy en día, que es el colectivo feminista.
 
Carece de toda lógica condenar a los futbolistas de la Arandina implicados en la presunta violación de una menor de edad, en noviembre de 2017, a nada menos que 38 años de cárcel cada uno, cuando el asesino de Víctor Laínez fue condenado a solamente cinco, de los que no va a cumplir ni la mitad. La comparación produce escándalo, impotencia e indignación. Máxime cuando no existe una sola prueba que demuestre la culpabilidad de los jugadores, salvo el testimonio de la presunta víctima, que además ha cambiado su versión de los hechos en varias ocasiones, y que parece querer proteger en concreto a uno de ellos.
 
Estos chicos son, efectivamente, unos salvajes. Pero no porque hayan violado a una chica de 16 años, que eso probablemente nunca sabremos si ocurrió o no, sino porque creen que es normal tener relaciones todos a la vez con una mujer, que además es menor de edad, usando la muy previsible intimidación que podemos suponerles. Es ese tipo de comportamientos amorales, repugnantes, los que deben ser colectivamente censurados, como lo eran hace unas décadas, cuando existía una moral que defendían todas las personas de bien. Es esa ignominia nauseabunda la que hemos de exterminar de la sociedad de hoy, ese sucio relativismo moral, para no tener que forzar después a los tribunales a que dicten sentencias injustas para congraciarse con las víctimas, castigando de manera inicua y desproporcionada a los presuntos culpables.
 
Decía uno de los futbolistas condenados que ellos no son violadores, sino sólo unos pringados a los que han arruinado la vida. Pero se olvida de reconocer lo más importante. Son, sobre todo, unos jóvenes a los que nadie ha encauzado moralmente, a quienes nadie ha enseñado lo que es la dignidad de una mujer y la integridad de un hombre, a quienes nadie ha enseñado lo que significa el amor. Son unos chicos que han ingresado en la esclavitud de las aberraciones sexuales antes de sentir el escalofrío incomparable de una mirada o de un beso. Víctimas de una sociedad sin rumbo que pretende que sean unos jueces hambrientos de fama y gloria los que pongan puertas al campo de la amoralidad.