Aunque hay muchas más, voy a presentar aquí tres pruebas de esa ingenuidad.

 

La primera ha sido la de suponer que Vox iba a conseguir el favor de los votantes frustrados del PP. Su desencanto, suponía Abascal, les llevaría a Vox para no seguir perteneciendo a “la derechita cobarde.”

Pero de derechita nada. El PP ha sido una vez más la derechona – no derechita - cobarde, sí, pero taimada y contundente que casi tumba a Vox.

 

¿Es que aún no se ha percatado Abascal, a pesar de que los conoce bien porque ha convivido con ellos durante muchos años, de que la ideología de los votantes del PP está bien custodiada en sus cajas fuertes?

 

¿Quiénes han votado a Vox en la patronal, las grandes empresas y los grandes bancos, entre los dirigentes empresariales de este país?

 

Prácticamente nadie. Se veía venir. La campaña que ha hecho esta derechona en los medios de comunicación que le son afines ha sido muy hostil hacia Vox y ha estado muy bien enfocada al voto útil, sin disimulo alguno, quiero decir, no al voto útil para España, sino al voto útil para ellos. Para los intereses de tantos y tantos de ellos, cuyas empresas y organizaciones de todo tipo viven succionando, cada vez más desesperadamente, las ubres del poder. Porque el posicionamiento político del PP está tan claro como lo ha estado siempre: defender el patrimonio de sus votantes ricos, sus enchufes, sus prebendas y sus chanchullos.

 

Mientras que el posicionamiento político de Vox se ha ido debilitando una y otra vez conforme incorporaba antiguos mandos del PP, que no ha parecido que se pasasen a Vox por razones ideológicas o de patriotismo, sino por el puro interés personal de mantener activas y con nuevas opciones sus carreras políticas profesionales.

 

Vox ha preferido olvidarse, con plena conciencia de lo que hacía, de que su misión de servicio a España debería empezar por asumir la obligación de rescatar a los trabajadores españoles y a los autónomos españoles de las garras de un sistema que les envilece más cada día. De ofrecer razones para la esperanza a esas clases medias y bajas que tendrían que haber sido sus votantes naturales. Pero para eso había que haberse dirigido a ellas, había que haberse acercado a ellas. No bastaba con referencias de pasada como las que ha hecho Abascal de forma absolutamente insuficiente, mientras el resto de los dirigentes de Vox orientaba sus discursos en otras direcciones.

 

Para no aumentar la ingenuidad y convertirla en insensatez, Abascal debería dejar de dar prioridad a todos los miembros de la derechona cobarde que ni le hacen falta ni le van a votar nunca haga lo que haga.

 

Vamos con la segunda prueba de ingenuidad.

 

¿Ha creído Abascal que el gobierno de Sánchez que ha organizado estas elecciones iba a asistir impertérrito a sus llamativos éxitos en cada una de las ciudades de España en las que se presentaba durante la campaña electoral?

 

¿Ha valorado bien las maniobras que tramaba para frenarle?

 

¿Ha preparado a los representantes de Vox en los colegios electorales para impedirlas?

 

¿Quién ha valorado los votos que se dejarían de conseguir al no enviar papeletas de Vox a los hogares de los votantes?

 

¿Ha hecho algo para asegurar que se podía votar a Vox por correo con la certeza de que ese voto iba a ser válido?

 

Finalmente, si se confirma que ha habido irregularidades en el recuento de los votos o en su manejo informático, ¿hasta dónde está dispuesto a llegar para garantizar la limpieza del proceso electoral de principio a fin en mayo?

 

Si nos estamos jugando, como Vox ha repetido en su campaña electoral, la unidad de España, hay que estar a la altura de la importancia de ese objetivo.

 

La última prueba de ingenuidad.

 

No haber cortado de raíz cuando empezó a llegarle, ese grito que le dirigían sus afiliados y simpatizantes de ¡Presidente! ¡Presidente! ¡Cuánto ciega la vanidad!

 

¿Qué consecuencias ha tenido?

 

Convertir un humilde partido sin recursos que lucha por sus ideales (atractivo) en un partido cuyo máximo dirigente por lo que pelea es por llegar al poder (odioso). Por eso, muchos votantes han pensado que Vox era más de lo mismo.

 

Dar argumentos al Psoe para movilizar a sus votantes. ¡Que viene la extrema derecha! Y esos votantes socialistas han acudido en masa a las urnas para frenarla. ¿Tampoco había previsto esto?

 

Y lo más importante de todo, que los dirigentes del partido han creído que el pescado estaba vendido y no se han dignado en dar explicaciones a nadie de lo que es Vox, más allá de enarbolar una bandera y lanzar gritos a favor de España.

 

Para terminar, como sigo pensando que Vox hoy es necesario, recuerdo un viejo pensamiento de Carlos Fuentes. El escritor mexicano decía que la política en su país era malicia en la concepción y finura en la ejecución.

 

Espero que Abascal haga suya esa idea y abandone la ingenuidad.