Tal y como viene siendo habitual en las últimas décadas, un 11 de septiembre más las hordas independentistas catalanas salieron a la calle para conmemorar la Diada, ese particular aquellarre con el que pretenden dar lustre a toda una sarta de necedades históricas en torno a las cuales gravita la gran mentira de su utópica nació. Pues no otra cosa que una miríada de sandeces es lo que sustenta el discurso catalanista, tan victimista como beligerante.

Ante el monumento a Rafael Casanova, los gerifaltes de esa Cataluña inventada realizaron una ofrenda floral y entonaron Els segadors. La novedad de este año radicó en que, mientras eso sucedía, de repente desde el balcón de un hotel cercano comenzaron a tronar las notas de la Marcha Real, el Himno Nacional de España. Heroica muestra de resistencia cívica ante la artificial división que se vive en aquella región española y que, en el fondo, ponía cordura anacrónica —la entonces llamada Marcha de Granaderos fue compuesta en la segunda mitad del siglo XVIII— a lo que en realidad significa la figura de Casanova.

Por si todavía cupieran dudas acerca de los hechos que desembocarían en el famoso 11 de septiembre de 1714, he aquí un resumen:

En 1700, fallecía sin descendencia Carlos II el Hechizado, un enfermizo desdichado que pasaría a la posteridad como el último monarca de la casa de Austria. En su testamento nombró heredero de la corona de España a Felipe de Anjou, nieto del rey francés Luis XIV y segundo hijo del Delfín de Francia. Dado que Felipe ocupaba el tercer puesto en la línea sucesoria al trono francés, la posibilidad de que en el futuro las coronas española y francesa terminaran fusionándose en su persona provocó un nerviosismo desmesurado en Inglaterra, las Provincias Unidas de los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico: además de la preocupación tangible por la hegemonía borbónica continental que acababa de implantarse, ingleses y neerlandeses también veían peligrar su posición de principales potencias navales del mundo, y mostraron muy a las claras su negativa a permitir que Francia pudiera sacar tajada del comercio marítimo con América.

Decidieron así edificar un dique de contención contra tal amenaza: por el Tratado de La Haya de 1701, constituyeron una nueva Gran Alianza —en 1686 se había formado otra con el mismo nombre para defender de las ansias expansionistas francesas el Palatinado, un condado situado al suroeste de Alemania—; y a la cabeza de esa nueva Gran Alianza colocaron al archiduque Carlos de Austria, segundo hijo del a la sazón emperador germano Leopoldo I. A la postre, aquella maniobra derivaría en una guerra europea, iniciada en 1701 en la frontera francogermana, y que en los años siguientes se propalaría más allá de los Pirineos: en mayo de 1704, el archiduque Carlos desembarcaría en Lisboa, y en octubre haría lo propio en Barcelona. Entre medias, el 4 de agosto, el almirante inglés Rooke se había apoderado de Gibraltar… supuestamente para la causa del pretendiente Carlos, esto es, invocando a España.

Había dado pistoletazo de salida la Guerra de Sucesión española. A principios de 1706, ciudades tan importantes estratégicamente como Badajoz, Salamanca o Zaragoza caían en poder de los austracistas, lo que permitió al archiduque Carlos acechar Madrid, en la que entró a finales de junio y donde el 2 de julio sería proclamado rey de España con el nombre de Carlos III. Pero ese incipiente periplo triunfal comenzaría a truncarse en 1707, con la victoria borbónica en la batalla de Almansa. Llegado 1710, el avance de las tropas de Felipe V resultó imparable: en Guadalajara, las batallas de Brihuega y Villaviciosa terminaron por cambiar el signo de la guerra a su favor. Sólo Cataluña y las islas Baleares quedarían como rescoldos imperiales, aunque indudablemente sus horas estaban contadas.

Con todo, la estocada definitiva que le daría un giro a la Historia ocurriría poco después. Y es que, en materia de política exterior, lo que hoy es blanco mañana puede ser negro: en 1711, el archiduque Carlos fue nombrado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, lo que implicó que Inglaterra y Holanda pasaran a concebir como más peligrosa para sus intereses la idea de un imperio hispanogermánico, que bien pudiera hacer reverdecer la exitosa época de Carlos V. Dicho de otra forma: dejaron de poner reparos al reconocimiento de Felipe V como rey de los españoles, por lo que en 1713 se aprestaron a firmar la paz. Una paz plasmada en el Tratado de Utrecht, del que España saldría enormemente desfavorecida: perdería sus posesiones en los Países Bajos, Cerdeña, Nápoles y Sicilia, además de ceder a Inglaterra la soberanía de Menorca y Gibraltar.

Entre tanto, el archiduque Carlos —que, recordemos, por entonces ya era el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico— no se había conformado con verse relegado a la condición de mero peón en aquella partida de ajedrez para la que había sido invitado a jugar como rey. A pesar de que la nueva situación internacional le apartaba de sus aspiraciones al trono español, él siguió en sus trece durante cuatro años más. El resultado final ya se sabe: el 11 de septiembre de 1714, la Barcelona austracista sucumbía ante el asedio borbónico; y en julio de 1715, los ejércitos de Felipe V conquistaban Mallorca e Ibiza. La guerra había concluido; y, en lo sucesivo, una nueva dinastía dirigiría los designios de la milenaria piel de toro.

Del anterior relato, difícilmente podrá sacarse como corolario el que la Guerra de Sucesión fuera una disputa entre una Castilla centralista y una Cataluña separatista, entre un Estado opresor y un territorio con aspiraciones secesionistas. Ni por asomo, por mucho que en el Nou Camp, cada quince días, 100.000 borregos se afanen en balar “In-de-pen-den-cia”en el minuto 17 con 14 segundos de cada partido. Así, y ante el asalto borbónico de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 protagonizado por las tropas que comandaba el duque de Berwick, baste con observar la forma con que los dos máximos responsables de la defensa de la ciudad se dirigieron a los soldados que aún se batían por la causa del archiduque Carlos de Austria: el general Antonio de  Villarroel les arengó recordándoles que «estáis luchando por vosotros y por toda la nación española»; y Rafael Casanova los llamó a «derramar su sangre y vida por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España».

Y es que, en aquella contienda civil librada en los albores del siglo XVIII, tanto Villarroel como Casanova tenían el mismo sentimiento español que quienes combatían en el bando contrario. Mas ocurre que en toda conflagración hay vencedores y vencidos; y a Casanova, que a finales de 1713 había sido nombrado conseller en cap—máxima autoridad política y militar de la Ciudad Condal—, le tocó bailar en el lado perdedor. Los creadores del mito del Casanova independentista lo presentan como el protomártir por las libertades de Cataluña, lo que no encierra sino dos falsedades: por un lado, Casanova no fue un mártir, pues fallecería en fecha tan tardía como 1743, tras ver respetadas su vida, su hacienda y su carrera de abogado; y por otra parte, nadie se había liado la manta a la cabeza imbuido por un sentimiento patriótico distinto al español.

Ayer, 11 de septiembre de 2019, mientras la plana mayor del independentismo se rendía ante su Casanova, unos ciudadanos dieron espontáneamente toda una lección de Historia de una manera tan simple como eficaz: haciendo sonar los acordes de la Marcha Real, el Himno de España. Esa España por la que, desde su posicionamiento austracista, también luchaba el Casanova de carne y hueso.