Una de las arias más desgarradoras de la Historia de la Música es el Vesti la giubba, de la ópera Pagliacci, compuesta por el italiano Leoncavallo. La obra desarrolla su argumento en torno a los actores de una compañía de teatro que representan la comedia del arte, y el tono jocoso de la ficción acaba por mezclarse con el drama de sus propias vidas. En la pieza referida, el protagonista —Canio, que hace las veces de un clown llamado Pagliaccio— es preso de los celos al sospechar que la función que a continuación debe interpretar tiene visos de estar reproduciéndose en la realidad: sobre las tablas, descubre que su esposa —Colombina— es amante de Arlequín; y mucho se teme que, fuera de ellas, ésa que también es su mujer —Nedda— se la esté pegando con otro. Pese a su amargo canto, no le queda otra que salir al escenario y actuar como si nada sucediera, que tal es la tragedia del payaso: hacer reír al público mientras en el interior de su alma todo son penas y aflicciones.

Desde que el 15 de febrero Pedro Sánchez anunciara la convocatoria de elecciones generales, se han ido sucediendo las encuestas tanto por el CIS como por distintas empresas demoscópicas. Todas ellas, sin excepción, auguran una cómoda victoria en escaños del PSOE y la imposibilidad de que el centroderecha alcance la mayoría absoluta, única forma de evitar que vuelva a conformarse un gobierno del Frente Popular presidido por socialistas y secundado por comunistas podemitas, golpistas catalanes, sacacuartos vascos y filoetarras.

En paralelo, cada partido ha velado por arrimar el ascua a su sardina. El PSOE se ha aferrado a las cacicadas de Tezanos para insuflar ánimo y movilizar a ese electorado que creen que se quedó plácidamente en su casita andaluza hace cinco meses —¡qué otra razón les iba a hacer perder las riendas de esa región que tenían por suya in sécula seculórum!—. Por si los dípteros no cuajaba su maniobra, la ha completado soltando una pila de millones viernes sí y viernes también, como si estuviera sorteando el cuponazo semanal de la ONCE. Se observa con claridad la manera con que los socialistas han sufragado tan alegremente uno y otro aquellarre: con dinero público, ése que para la actual vicepresidenta del Gobierno no es de nadie (cuando hagan la declaración de la Renta de este año, acuérdense de esas palabras, de Tezanos, de los viernes sociales y de la madre que parió al sursuncorda).

Mientras tanto, el Partido Popular —mostrando una creencia ciega y reverencial a las encuestas elaboradas por los GAD3 de turno que amplifican sus voceros mediáticos— comenzó explicándonos los defectos de nuestro sistema electoral; haciendo gala de una actitud metodológica con la que, una vez más, nos tomaba por tontos de baba, nos decía que había que votarle a él en aquellas circunscripciones donde se eligieran menos de seis diputados si no queríamos brindarle a la izquierda más diputados de los que debiera corresponderle porcentualmente. Visto el escaso éxito obtenido con aquella táctica, más adelante apeló a que votáramos con la cabeza, y no con el corazón. Lo que, traducido al román paladino, implicaba dos cosas: que quienes no piensan votarles no tienen las ideas bien amuebladas; y que los que sí van a decantarse por ellos carecen de sentimientos.

Es obvio que esa estrategia seguida por el PP de mezclar la duda con el miedo escondía como principal destinatario al potencial votante de VOX, a quien venía a aseverarle que al final sus papeletas acabarían tiradas a la basura. Por añadidura, ese mensaje aseguraba lanzarlo sin acritud, por cuanto sólo constataba lo que llevan meses reflejando las encuestas elaboradas por los GAD3 de turno que amplifican sus voceros mediáticos: que VOX se va a mover en una horquilla de entre 16 y 18 escaños, con un porcentaje de apoyo en torno al 10%. Sin embargo, sucede que el señor Maroto —el jefe de la campaña pepera— no ha dado con el clavo, pues la gente no se cree los datos suministrados por los GAD3 de turno, por mucho que hayan sido elevados por sus voceros mediáticos a la categoría de dogma de fe. Así que, señor Maroto, su voluntarioso esfuerzo por buscar atajos en la captación del voto se ha vuelto en su contra, como suele ocurrir cuando se tiene prisa y se quiere llegar a los sitios por el camino más corto.

La cuestión es que tenemos demasiado reciente lo acontecido en diciembre en las elecciones andaluzas, en las que todas las encuestas, sin excepción, vaticinaban idénticos resultados: un triunfo holgado del PSOE; el descalabro del PP y Ciudadanos; y la insignificancia de VOX, al que apenas concedían un diputado. ¿Nos suena a algo? Efectivamente: nos suena a la misma jeringonza que se repite elección tras elección. Pero hete aquí que ahora, para cubrirse las espaldas y disimular su desfachatez, el siempre ineficaz CIS y las siempre fallutas empresas demoscópicas se han sacado un conejo de la chistera: según Tezanos, alrededor de un 40% de los encuestados manifiestan no tener decidido aún su voto; en el caso de los GAD3 de turno, esa incógnita la han fijado en el 25%. Nuevamente, traduzcamos al román paladino: esos mismos tahúres de la demoscopia están reconociendo que sus encuestas son papel mojado, que carecen del más mínimo rigor científico y que sólo han jugado una función de lazarillo de nuestros instintos, como si fuéramos ciegos que necesitáramos de su inestimable ayuda para alcanzar la urna sin tropezarnos; porque, cuando durante la noche del domingo, a medida que vaya avanzando el escrutinio, se vaya destapando la gran mentira que encerraba tanta encuesta, esos mismos fulleros de la demoscopia saldrán a convencernos sin rubor alguno de que ellos ya habían advertido sobre tal eventualidad, y de que la gran mayoría de indecisos se decantaron a última hora y contra todo pronóstico por una opción que no entraba en ninguna quiniela.

Ante tamaña colección de indecencia, nada mejor que acudir a la fuente más solvente en estos menesteres: las casas de apuestas. Su único fin es ganar el máximo dinero posible, de ahí que sean el mejor termómetro para calibrar qué puede acontecer el próximo 28 de abril. Si seguimos a una tan reconocida y fiable como Betfair, esto es lo que nos ofrece a una semana de las elecciones el cambiante mundo de las cuotas: que VOX obtenga un número igual o superior a 36 diputados, se paga a 1,30; y que logre 35 o menos, a 2,50. Es decir: que 10 euros apostados se convertirían en 13 si se opta por la descabellada idea de endosarle a VOX 36 o más escaños; y en 25 si siguiéramos a pies juntillas las encuestas y le endosamos 35 o menos diputados. Si hablamos de porcentajes, la cosa se mueve por similares derroteros: que a VOX le arropen un 13,55% o más de electores, se paga a 1,52; y que el apoyo sea del 13,54% o menos, a 2,10. Por tanto, lo que se extrae de lo que dicen quienes más saben de esto —los que de verdad se están jugando sus cuartos— es que lo que va a suceder en un futuro inmediato nada tiene que ver con lo que nos han vendido hasta hoy mismo.

Lo peor de no saber distinguir entre ficción y realidad es que te puede llegar a pasar como al pobre Pagliaccio: que esa confusión creada a medias entre intereses ajenos y tu propio desvarío haga explosionar el drama en cuestión de segundos. Es el desencadenante al que pueden verse abocados el PSOE y el PP dentro de una semana: ambos tienen metidos en la cabeza unos pájaros que, más que aves, parecen ser el gamusino que trata de atrapar el cazador novato. Y todo por no haber sabido apreciar el monumental hastío y continuo distanciamiento de los españoles ante sus erráticas políticas; por no hacer autocrítica y ver lisonjeada su espalda por el CIS, los GAD3 de turno y sus voceros mediáticos; y porque, en definitiva, han minusvalorado la fuerza de terceros.

En la ópera de Leoncavallo, aunque Canio decide tragarse sapos y culebras, y finalmente sale al escenario a ganarse la vida interpretando a Pagliaccio, los celos que le atormentan acaban llevándose por delante a su legítima esposa y a su amante. Ante las inminentes elecciones generales, los ciudadanos tenemos fundadas sospechas de que un voto a los partidos de siempre —incluidos dos que no son tan de siempre, pero que se comportan como tales— sólo servirá para que éstos continúen tomándonos el pelo; pero eso no impedirá que acudamos a las urnas para hacer efectivo ese zoon politikón aristotélico que se presupone que llevamos dentro, y que con nuestro desprecio electoral les espetemos en sus narices: “La commedia è finita!”.