El contundente y documentadísimo artículo de don José Antonio G. Colmenarejo (Siempre P’Alante, nº. 793), contra declaraciones del Cardenal Sebastián Aguilar, pone en evidencia la cobardía y la traición de quien, teniendo el sacratísimo deber testimonial y jerárquico de la defensa y claridad doctrinal en la moral y dogma católico, se escuda en la masa y ambiente descristianizado de “la libertad de expresión y la opinión pública tienen que ir dirigiendo pacíficamente la evolución de la sociedad” (Cf. Cardenal Sebastián, “Memorias con esperanza”, págs.. 228-229).

Es una frase de esas que en la tenebrosa técnica relativista politizada y ambigua de la  actualidad, suenan bien pero no dicen nada porque no concretan nada conceptualmente.

Monseñor: La libertad de expresión sirve para dos cometidos: informar de las realidades históricas, científicas, doctrinales, contemporáneas, o aportar datos enriquecedores, culturales o investigadores, que contribuyan al progreso material o moral de la Sociedad. (No para calumniar la historia, blasfemar o denigrar a inocentes).

De lo que se deduce que si esas expresiones no coinciden con la realidad  objetiva, no pintan nada, porque no crean nada real y carecen de valor demostrativo.

Y por lo mismo, la opinión pública, o coincide con esa verdad objetiva o se convierte en un tópico fruto de los potentes mas-media, perfectamente manipulable por el poder del “rosto Oculto” judeo-masónico en su ininterrumpida lucha revolucionaria contra el orden divino y la catolicidad, a la que odia por esencia de su choque anticristiano milenario hasta el fin de los tiempos.

La verdad es una Monseñor. O se tiene, o el número de engañados o de ignorantes no la crea; ni la destruye, por muy numeroso que sea.

¿Quién es “la opinión pública”…?

¿Quién responde por “ella” con pruebas axiomáticas e irrebatibles (en cuanto pública y no revelada)?

         

La verdad objetiva existe, pero no es creación de la mayoría ni de la minoría, sino que está por encima del número. Por eso una sola persona puede tener razón contra todo el mundo.

Un inventor sabio en esa materia, puede saber lo que nadie más que él ha descubierto (Von Braun, el mayor cohetero del mundo, fue quien asesoró para la puesta del hombre en la luna y no la “opinión pública” de referéndum democrático).

Lo mismo hay que decir de los grandes inventores y genios a los que la Humanidad debe el progreso en artes y ciencias.

Mal puede la “libertad de expresión y la opinión pública, ir dirigiendo pacíficamente la evolución de la sociedad”. ¿En qué dirección evolucionaría la sociedad con esa sopa de criterios disparatados y subjetivistas en explosión constante y choque de “pareceres”…? Me respondería a esta pregunta cómo me respondió en un retiro espiritual, cuando fue Obispo de León y le dije que escribí a la Conferencia Episcopal (20-3-95) con una serie de objeciones publicadas en la revista “Fuerza Nueva” y en mi ensayo filosófico “Mentiras democráticas y…cartas oficiales sin respuesta”.

Me dijo: “¿No le han contestado?”. Le dije: “Con un lacónico acuse de recibo. Contestar no es responder”. Calló.

Sus declaraciones aludidas responden a lo que Pablo VI sentenció: “Si antes la Iglesia salvaba al mundo, ahora el mundo salva a la Iglesia”.

Por eso, como “perro mudo” (Isa. 56) obedece a los hombres antes que a Dios.

Como cuando un Vicario de este Obispado me recomendó “no hablar de los judíos en mis declaraciones públicas”. ¿Razón?: “que… este Papa es amigo de los judíos”. Otra indigerible perplejidad del falso ecumenismo protestante: un Vicario de Cristo, amigo de los eternos e irreconciliables enemigos de Cristo. Dime con quién andas…

¿Ese es el mandato de Cristo?: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio. El que crea y se bautice, se salvará. El que se resista a creer, será condenado”.

No son igualmente bienaventurados quienes padecen persecución por la justicia y quienes padecen persecución… con justicia.