Cualquier actitud que se salga de los patrones definidos por la cúpula progre se intenta marginar, ridiculizar y aniquilar; propio de los más crueles e intransigentes gobiernos antidemocráticos del pasado. ¡Qué curiosidad que luego los critiquen cuando ellos hacen lo mismo, o peor!

Y es que parece que ser hombre está penado. En caso de denuncia por acoso, vas al calabozo sin poder aportar argumentos a tu favor que te lo eviten. Y encima, “el sistema” apoya cualquier denuncia de una mujer sin entrar si es verdad o no. Porque parece que todo es simple: el culpable siempre es el hombre.

Y todos, absolutamente todos, sabemos, aunque muchos no lo quieran reconocer, que, para ver qué hay detrás de un abuso (que, por cierto, y como es obvio, es una pena que suceda), pues, puede haber cualquier actitud deshonesta de una mujer para con su pareja. Ni todos los hombres son malos, ni todas las mujeres son unas santas.

Porque hay una cosa clara y que se lo debían de mirar en sí mismas cada una de las mujeres que van a las dichosas manifestaciones en pro de la “desigualdad”: juzgarse qué han hecho bien y qué han hecho mal con sus parejas; porque, joder, las pobres mujeres que en verdad han sufrido la desgracia de tener a un marido abusón, el cual ha valorado poco o nada la importancia que tiene su mujer en su familia; esa mujer, salvo raras excepciones, sufre y calla sus penas, y no sale a la calle para decir tonterías y pegar voces compradas. Y son esas las que han de verse apoyadas para que, desde la discreción, salgan de sus más que desoladoras situaciones familiares.

Y, la mujer que se manifiesta, a qué patrones y tipología social responde: a los sumideros de dinero público, “escaqueadas de trabajo”, que usan dicha excusa para vivir del cuento durante el máximo tiempo posible, o jóvenes que “bocinan libertad” y que podían mirarse la limpieza de su ser en cuanto a la pulcritud de sus relaciones para con sus parejas.

Es que un hombre está hecho para una mujer, y esta para un hombre. Y todo lo demás es mierda. Un hombre y una mujer han de quererse, y solo fruto de su amor verdadero y sincero, vendrá la descendencia que tanto necesitamos para hacer crecer nuestro país en los valores que hemos perdido y que hemos de ir recuperando poco a poco.