La sordidez de lo sucio y la exaltación de la chabacanería con plumas y brochazos de maquillaje de ramera de arrabal. Sodoma en Madrid. Madrid sodomizada en la “orgullosa” bacanal del esperpento viejo, atávico y ancestral de las bacantes dionisíacas histéricas, sobreactuadas en su apariencia feminoide o en su crisálida de virilidad impostada en los clichés lésbicos, que de todo hay en la yacija en la que se exhiben las coyundas mitológicas entre Hermes y Afrodita, con las que Zeus castigó a los hombres con la lívido de Hermafrodita, para envenenar sus sueños y ensuciar sus sábanas con un semen sin propósito de fecundidad.

 

El Carnaval de Sodoma reptando por las calles de Madrid en sus carrozas de orgía pública, brindándole al sol la musculatura homosexual de los que piden respeto embutidos en un tanga de leopardo y bajo una gorra de las SS, buscando en la exhibición de lo que son la provocación y la reacción de los que apartan la vista y vuelven la cabeza para no ver en lo que nos hemos convertido todos. Pasan, desfilan y danzan sin armonía y sin belleza ante las estatuas de sal que aceptan la decadencia para no ser denunciados, estigmatizados y condenados por los tribunales populares de Sodoma y de Lesbos.

 

Niños agitando banderas arcoíris de la mano de sus padres y de sus abuelas. He ahí el presente y el futuro de la Civilización Occidental. La homosexualidad como meta de la convivencia, como paradigma y como ideal de la construcción del hombre sin más hambre que la satisfacción inmediata de todos sus placeres, la consumación de todos sus caprichos y sin más obligación que la exigencia de todos los “derechos” que sus pulsiones demandan entre la boca y el ano. Los bárbaros no están en las fronteras de Occidente. Están dentro. Las estatuas de sal los dejaron pasar, les alfombraron la calzada triunfal con sus complejos y pusieron la ley y las instituciones a sus pies para que pisotearan con sus tacones de aguja todo lo bueno, lo bello y lo justo. Hemos cambiado la Civilización por el esperpento con cuatro brochazos de libertad superficial y de igualitarismo totalitario. En la Caja de Pandora ya no queda la esperanza, los dioses paganos se la regalaron como esclava sexual a las bacantes de Dionisio, a los sátiros a las hijas de Lesbos y a Hermafrodito.