Sabe mal que el primer artículo del nuevo año sea una catarata de previsiones pesimistas. Corre uno el riesgo de que los despreocupados, aún con la resaca de la Nochevieja en las venas, te llamen cenizo o "persona mayor". Pero los que nos dedicamos a esto del periodismo tenemos una deuda de sinceridad con nuestros lectores/oyentes, y para ser sinceros, el panorama que se nos presenta en 2020 es para meterse en la cama y no salir. O para salir corriendo al aeropuerto.
 
Cada día parece más evidente que la democracia, en el siglo XXI, consiste en ir a votar, y ya. Es a lo que nos han acostumbrado los partidos del Sistema, y lo que nosotros hemos aceptado (parece que, además, de muy buen grado) cada vez que hemos ido a las urnas. Si consideramos que la democracia no es otra cosa que una herramienta para intentar conseguir el bien común, podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que hemos preferido el martillo a la mesa. Nos encanta "la fiesta de la democracia" aunque el resultado de ella sea una hecatombe de ruina, miseria, corrupción y pérdida de derechos y libertades.
 
Porque, amigos, despierten, la fiesta de Nochevieja ha terminado: de lo que estamos hablando es de eso, de pérdida de derechos y libertades. Para nosotros casi seguro, pero sobre todo para nuestros hijos y nietos. Porque el proceso revolucionario que ha puesto en marcha Pedro Sánchez, con sus amigos comunistas y separatistas, no es otra cosa que el desmantelamiento de la monarquía parlamentaria, de la Constitución del ´78 y, por ende, del Estado de Derecho, para adentrarnos en otra cosa que ya hemos visto en Venezuela. El progresivo cambiazo de la democracia liberal por el totalitarismo progre, el inevitable camino hacia el desfiladero del populismo marxista.
 
Casi prefiero dejar en un segundo plano el acuerdo del PSOE con Podemos, a pesar de que las consecuencias económicas sólo pueden ser terribles para las familias, los autónomos y los pequeños y medianos empresarios. Un colapso de la economía en toda regla que acabaremos pagando todos, como ya hemos visto en otras latitudes no muy lejanas, como Grecia. Porque el acuerdo de Sánchez con el PNV, mostrando su disposición a cambiar las estructuras del Estado para adecuar los "sentimientos de pertenencia" vascos a su terruño inventado, y el que va a permtir a ERC organizar una consulta separatista en Cataluña, son las dos pruebas del nueve de que ahora mismo, en La Moncloa, tenemos un verdadero peligro nacional.
 
Los que pensaban que era muy difícil estar, a la vez, dentro y fuera de la Constitución, ahora lo están comprobando. En efecto, tan difícil que es imposible. Sánchez ha elegido estar fuera. Porque para poder seguir aferrado al Falcon, necesita salirse de la Carta Magna y permitir lo que ya permitió Rajoy en aquella astracanada de 2014, origen circense (pero legítimo para las atormentadas mentes secesionistas) de esto que nos viene ahora. La democracia es ir a votar, aunque se vote contra la ley de leyes, aunque se vote para liquidar nuestros derechos y libertades, aunque se vote para que tengamos ante nuestras narices otro conflicto civil.
 
No se trata de ser pesimista ni optimista, se trata de querer o no abrir los ojos. Nuestra obsesión por vestirnos los domingos para hacer cola delante de una cajita transparente ha hecho que nos olvidemos de lo principal: la democracia es una herramienta, no un fin en sí mismo. Los traidores y criminales que hoy tenemos en las más altas instituciones no han llegado de ningún planeta lejano, los hemos puesto nosotros en esas bonitas papeletas. Ahora tenemos el final del proceso que nuestros enemigos internos comenzaron al día siguiente de morirse Franco. Y es que..., él también lo sabía. En España, la democracia es ir a votar.