Desde la distancia que da la necesaria independencia de un periodista, resulta incluso divertido ver cómo los unos y los otros juegan su papel en esta opereta bufa en que ha devenido la política española en los últimos cuatro decenios. Los intentos de composición de gobiernos locales y regionales ponen de relieve lo que cada uno es, lo que se intenta que los ciudadanos piensen acerca de ellos, sus contradicciones y miserias, en definitiva, su verdadera identidad política.

 

VOX no llegó al panorama nacional para ser la comparsa del PP ni el muñeco del pim pam pún de Ciudadanos. Y si unos y otros lo han creído, se han equivocado de lleno. Lo que Casado y Rivera no terminan de entender es que el partido de Santiago Abascal no tiene casi nada que perder, por la sencilla razón de que nada tiene. Y por tanto puede permitirse el pequeño lujo de defender contra viento y marea aquello en lo que cree.

 

Ciudadanos, que no cree absolutamente en nada, y el PP, que ha ido dejando de defender aquello que alguna vez defendió, se empeñan en que VOX sea uno más, que acepte lo que ellos le pongan para comer en la creencia de que, al igual que les pasa a ellos, no se atreverán a lanzar un órdago que se le pueda venir en contra. Pero mientras los populares y los naranjas sí han pisado ya moqueta y no pueden permitirse dar pasos atrás, VOX está todavía en tiempo de poder imponer sus condiciones.

 

Lo más tremendo de todo este lío de los pactos a escondidas para formar gobiernos es que sea precisamente Ciudadanos el que le niegue a VOX legitimidad democrática, incluso para poder sentarse a hablar. Es, de todo lo que está ocurriendo en las últimas semanas, lo que mejor identifica e ilustra lo que es la democracia española, la democracia que han cocinado el PSOE y el PP durante cuarenta años. Un partido sin ideología, ni principios ni valores que vayan más allá de las cuatro obviedades de consenso, un partido que no ha hecho nada por España, como Ciudadanos, negándole a otro partido el derecho a existir y a defender aquello en lo que cree.

 

Es éste exactamente el nudo gordiano de la cuestión, sobre la que, por cierto, casi ningún periodista se atreve a hablar. No estamos hablando de un postureo vano, ni un ponerse estupendo, ni un juego de escondite. Se trata de que en España, en cuarenta años, nadie se ha atrevido a plantarle cara a las mentiras de consenso de la derecha y de la izquierda, y VOX, que evidentemente a algunos nos sigue pareciendo insuficiente como alternativa patriótica y de convicciones morales cristianas, es el único partido que ha levantado su voz al menos en media docena de asuntos clave.

 

Es precisamente esa posición rotunda de defensa de la unidad nacional española, la crítica radical a las políticas de inmigración masiva de inmigrantes irregulares, la oposición bastante clara a la ideología de género con sus derivaciones aberrantes, en fin, el rechazo al consenso socialdemócrata que unos y otros han perpetrado en los últimos lustros, lo que quiere solapar y castrar Ciudadanos negándole a VOX el derecho a existir y a sentarse, como cualquier otro partido, en las mesas de negociación.

 

A nosotros, que siempre nos hemos mantenido a una sana distancia de los partidos, nos importa poco el ombligo de cada uno de ellos. VOX no es una excepción a este respecto. Pero sí nos importa España y su devenir futuro. Esta política de vetos que encabeza Ciudadanos y que el PP ha tenido la tentación de respaldar al menos con su indiferencia, es inaceptable desde un punto de vista democrático y repugnante desde el punto de vista moral y político. Y si VOX quiere de verdad demostrar que no ha venido para ser una comparsa más de la derecha acomplejada, bueno sería que mantuviese el respeto a sus principios por encima del deseo de ocupar sillones.