Fiel a su escuela, el doctor Sánchez ha vivido en propia carne el agravio que él mismo suele inferir a aquellos a los que considera merecedores de su desprecio, o sea, la mayoría. Las imágenes, trending topic, del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ordenándole -sí, lector, ordenándole - ¡se siente, coño...! y cortando con ello cualquier posibilidad de diálogo ha resultado un ¡zasca! en toda regla. Es probable que el doctor Sánchez hubiera pensado que, haciendo gala de su imagen, el mundo entero, empezando por el inquilino de la mismísima Casablanca, se rindiera a sus pies; es probable que el doctor Sánchez pensara que sus encantos fueran suficientes para que ese torpe que habita la White House (¿no es esa la imagen que nos da la amiga del doctor Sánchez, Rosa María Mateo, a través de sus informativos en TVE?), echara su brazo sobre los hombros de Sánchez y en plan coleguita le invitara a participar de una animada charla, como un cambalache de amiguetes, esto del G20… es probable cualquier cosa cuando la patética figura del doctor Sánchez asoma por cualquier parte. Pero lo cierto es que tan pronto lo avistó, señaló con el índice de la mano derecha el sillón al tiempo que mandaba el ¡se siente, coño!, enfatizando lo justo, ya nos entendemos, que sonaba en inglés neoyorquino de forma tan clara que el doctor Sánchez no tuvo la más mínima duda en cumplir la orden.

 

La patética escena, repito, trending topic en las redes sociales, en los informativos, ocurrió durante una de las reuniones del inicio del G20 y no es la primera vez que Trump corta en seco la ambición de Sánchez, algo que aún no hemos aprendido a hacer en España. La patética escena -patética para Sánchez y para cuantos defienden y justifican sus ambiciones políticas, carente del más mínimo sentido de Estado- recuerda a aquel otro encuentro en el que su antecesor en el cargo, y según parece, inspirador doctrinal, sí, me refiero al ínclito Rodríguez Zapatero (que Dios mantenga alejado de nosotros por los siglos de los siglos), permaneció sentado, solo, aislado, con la mirada perdida, como un zombi, mientras el resto de participantes, Merkel incluida, compartía en animada charla. Aquel maestro de la extravagancia arrinconado en su sillón, sólo y herido, como un castigado mirando a la pared… y heridas lleva unas cuantas y algunas dolorosas, como cuando el presidente de la OEA le dijo que no hiciera en imbécil, por su participación en la crisis de Venezuela.

 

Pues de tal palo tal astilla. A su discípulo, que apenas puede disimular su resentimiento, su aversión y su tirria por todo aquello que no sea él mismo, se le ha quedado la cara de palo cuando Trump señaló el sillón, sin darle oportunidad ni a un ligero saludo. Y la humillación pudo más que su orgullo, y mascullando y gesticulando y negando con la cabeza, el no es no fue un dogma sin capacidad de diálogo, sin posibilidad de disputa, sin margen para la duda. Donde las dan las toman con o sin Falcon.

 

Resulta patético observar la poca presencia que España tiene en el mundo, visto la personalidad que encarna el actual presidente del Gobierno; siempre me ha llamado la atención el vapuleo internacional que la delegación española que negoció con los Estados Unidos el tratado de París, de 1905, encabezada por Montero Ríos, sufrió a manos de la legación norteamericana. Hoy ya no hemos perdido las últimas joyas de un imperio, hoy hemos perdido la dignidad, nos la hemos quitado nosotros solos, que es lo que nos ha venido a decir Donald Trump en este reunión inicial del G20. Tal vez, en un ambiente más diplomático habría sido distinto, pero ahora, la exigencia es máxima, y nuestra apuesta, mínima. Han pasado más de cien años y el gesto de hoy constata que España sigue en decadencia. Definitivamente, los dioses hace ya siglos que no hacen en Extremadura.