Este año, este 20-N, creo que no caben las palabras grandilocuentes del recuerdo; ni siquiera las palabras sencillas del homenaje. Este año, este 20-N, sólo caben esas palabras que ninguno quisiéramos vernos aplicadas: derrota, vergüenza, indignidad.

 

Este año, al recordar a José Antonio, no se me han venido las luminosas palabras del acto fundacional: “Yo creo que está alzada la bandera. Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que pueda despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación! A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!”

 

Tampoco se me han venido a la mente las palabras certeras y agudas de la norma programática. He recordado las palabras de José Antonio durante un mitin, frente a gentes que permanecían cubiertas ante los nombres de los Caídos; palabras que después se repartirían en octavillas: “La Falange Española de las J.O.N.S. aguarda a cuantos reclamen el honor inaplazable de alistarse para servir, con riesgo glorioso de muerte, la causa de España. Para los demás, todo llamamiento es inútil. No puede pedirse el sacrificio de la vida a quien ha comenzado por perder la vergüenza.”

 

Y es que el pueblo español, definitivamente, ha perdido la vergüenza.

 

Soy, como tengo dicho y escrito, nacionalsindicalista. Pero en mi concurre una dualidad que -imagino- no es ajena a algunos otros españoles: también soy franquista. Soy nacionalsindicalista intelectualmente, pero soy franquista emocionalmente. Y ambas cosas forman el conjunto de mi realidad.

 

Se que para muchos falangistas esto es inadmisible, y por esa razón nunca me defino como falangista. Se que muchos falangistas repudian a Franco, lo anatematizan, lo odian incluso. No voy a comentar sobre esto; no lo voy a hacer porque -amén de no ser este el día para ello- lo primero que aprendí en Fuerza Nueva, de mi Jefe de Distrito, es que jamás se debía levantar la mano, ni la voz, contra otra camisa azul.

 

Después, en esa misma Fuerza Nueva que admiraba y defendía por igual a José Antonio y a Franco, conocí la doctrina falangista. Porque llegué a Fuerza Nueva -a mis, entonces, 19 años- sin tener noción de las ideas de José Antonio, lo cual se comunica para bochorno de los que hablan sobre la mentalización del régimen con la Formación del Espíritu Nacional, asignatura mucho más inocua que las que han introducido los liberales de este sistema con sus educaciones para la ciudadanía, para la sodomía y para otras "ías". En aquella "política" -que nunca ofrecía problemas a la hora de aprobar- se estudiaban las Leyes Fundamentales, que eran -aviso para imbéciles- lo que hoy llaman Constitución. Se estudiaban los derechos de los españoles, los órganos que componían el Estado, las normas básicas de la convivencia.

 

Pero de José Antonio y del Nacionalsindicalismo sólo se estudiaban las referencias básicas. Esto parece darle la razón a los detractores de Franco. Pero no se puede olvidar que -fuera de los planes de estudio- había organizaciones de corte entre juvenil y político, donde tenían cabida todos los que quisieran ir, como la OJE, aunque a nadie se le imponía. Y gracias a Franco perduró la idea y la mística falangista, porque si él no hubiera querido mantenerlo, el nacionalsindicalismo habría desaparecido de España. Soy nacionalsindicalista -también lo tengo dicho y escrito- gracias a Franco.

 

Pero este no es año -tampoco- de recordar estas cosas. Este año, este 20-N, para mí no es siquiera momento de hacer una semblanza del joven universitario, aristócrata, que pudo elegir una existencia cómoda, y sin embargo puso su vida en la recuperación de España para sí misma hasta entregarla a su servicio, porque "la vida no vale la pena si no es para quemarla en el servicio de una empresa grande". De hacer la semblanza del General victorioso que llevó a España a lo más alto en muchos siglos.

 

No es, siquiera, momento para la tradicional invocación a los Caídos y el esperanzado ¡presente! que nos reconcilia con los mejores.

 

Y no lo es, porque este año, este 20-N, me daría vergüenza hacerlo; porque me considero indigno y porque, en definitiva, me siento derrotado. Y siento que con esta vergüenza, con esta indignidad, con esta derrota, sólo se abre un camino.

 

"En todo caso debo advertir que así como el vencedor debe respetar al vencido y acercarlo a su victoria, así el vencido está obligado a luchar hasta el fin de sus días, sin esperar regalos ni loterías ni piñatas. Y es lo que pienso hacer con mi máquina de  escribir o como buenamente pueda, que hay quien lucha sentado y no lo hace mal del todo hasta que le dan en el sitio preciso."

 

Esto escribía el maestro Rafael García Serrano en el "prólogo a la tercera edición" de su Diccionario para un Macuto.

 

Y eso es lo que, este año, este 20-N, nos queda a los derrotados: luchar hasta el final, con la palabra, la máquina de escribir o lo que tengamos a mano. Luchar hasta que nos ultimen y vender la vida tan cara como podamos. Y que sobre nuestros huesos, un día, vuelva a reír la primavera limpiando nuestra indignidad, nuestra vergüenza y nuestra derrota.